martes, 27 de diciembre de 2016

La Resurrección de Beatriz





Beatriz había muerto en el otoño de 2009. Un suicidio triunfal pero sin nada de glamour, un chorreo de sangre que iba del cuarto de baño a su dormitorio. Seguro que se había mirado por última vez en el espejo y no se había gustado (aquella chusca decepción habría sido la gota que colmaba el vaso). 
Habían transcurrido once meses desde ese asesinato, tan propio de gente tierna pero descabalada que busca una miaja de paz en un mundo en guerra. Once meses. Mau Acu andaba olvidado de aquella penúltima cosecha de la parca. La muy puta le había arrebatado al ser más querido dentro de su pequeño mundo de la cabañuela, pero también, como consuelo, le había ahorrado el distanciarse de la última persona que no le despreciaba y le quería sin condiciones (era de imaginar que tarde o temprano habrían peleado y, al fin, él se habría quedado huérfano, tan sin habla, tan sin gestos humanos como un gato un perro o una vaca). Once meses para doce a falta de tres días. A los doce, al cumplirse el año, era su obligación y devoción sentarse a celebrarlo, homenajear a la difunta con una solemne borrachera cuyo inicio rememoraría el primer beso y la primera caricia, y luego se abismaría en la contemplación de su cuerpo de leche, de su boca maliciosa que cada poco vomitaba palabras obscenas ante su absoluta incredulidad. 
Once para doce a falta de tres días. Así que Mau Acu andaba distraído en su minúsculo mundo de la cabañuela, trajinando con maderas y raíces, fabricando pequeñas cajas de muerto. No lo sabía. No aún. Trabajaba a destajo, se levantaba a eso de las tres de la madrugada y ya se ponía a colocar raíces desenterradas y lavadas por las aguas de la Laguna Negra en viejas cajas de vino o brandy o cajones destartalados; colocaba uno o dos objetos que eran como destellos de vida en un mundo que seguido lo poblaba de la oscuridad retorcida de esas raíces humosas porque tenían el color de la ceniza. A media mañana solía pasearse por las anchurosas orillas para recolectar nuevas flores con que adornar esos diminutos ataúdes o panteones. Ya no leía. La fiebre de hacedor de cajas o féretros consumía todo su tiempo y sus energías. Ya no comía. Dos cafeteras según se levantaba y, a última hora, un trozo de pan entre duro y revenido acompañado de un pedazo de carne de añojo que tomaba de la cazuela con dos dedos. Apenas cinco minutos con las dos manos ocupadas mientras observaba la puesta de sol sin sol, la llovizna, la inmensidad de la laguna, las decenas de manzanas caídas sobre la hierba, redondeces cuasi blancas sobre el verde, sin memoria, sin arrepentimiento. Y volvía al trabajo, ahora de nuevo con luz artificial, ya le faltaban cajas y destellos, sólo veía la oscuridad humosa de las raíces. Ya no se conformaba con cajitas ni cajones, ya imaginaba verdaderos ataúdes. Aún no llegaba a imaginar algo más colosal: propiciar su propio enterramiento en el cuarto de trabajo ante el apagón del último destello de vida. Ya no bebía. No bebía agua. Pero sí bebía ingentes cantidades de cerveza, y, al anochecer, chupitos de un caldo aguardentoso color esmeralda, cálido y a la vez refrigerante. Ya no había luz. Ya dejó de consumir un solo vatio. Buscaba las sombras y luces de un pequeño fuego dispuesto sobre un viejo barreño de zinc. De mañana el cuarto de trabajo se llenaba de humo: aquellas viejas raíces almacenadas empezaban a respirar, y también él respiraba y tragaba humo, el pelo y la mirada tapizados de carbonilla, de filamentos fuliginosos. Veía arder carcomidas maderas, y, a menudo, se lanzaba sobre el fuego y salvaba una tablilla o una rodaja del ramón de chopo caído en la última tormenta. Los salvaba, los hacía suyos, los proyectaba en ese colosal féretro ya no cenizo, sino negrísimo, de una textura escamosa y un brillo glacial. Tres días para doce, para el año, para el aniversario y el recordatorio. Ya no meaba en la taza del baño. No perdía el tiempo ni consumía agua lavando sus orines. Salía al patio y regaba las malas hierbas. Estaba solo. No solo dentro de la cabañuela. Porque a los pocos paisanos que había kilómetros a la redonda la vida de Mau Acu les importaba una mierda. Un par de ganaderos y un mecánico y cuatro viejos a punto de cascarla. Solo dentro y fuera. Sin memoria a falta de tres días para una muerte de la que se podía consolar pensando que peor habría sido si la hubiera perdido en vida, por aquello de la pelea, de querer que nadie le quisiera. Pero que ahora, visto lo visto, le dejaba más solo, ya nunca iba a imaginar que llegaba el fin de semana y ella podía aparecer por el sendero y vocear su nombre al traspasar la verja:
-¿Mauricio, estás ahí?, ¡Mauricio, Mauricio! 
Se hizo la mañana. Ya a dos días sólo del recordatorio. Le vinieron ganas de mear. Salió al patio. Como de costumbre volvió la cabeza hacia el sendero, por ver que algún impresentable no le viera mientras se desabrochaba la bragueta. ¿El putas de Demetrio con el recibo del agua?, ¿el putas turista montado en el 4x4 a todo gas para darse el gusto de recorrer espacios invisibles? Nadie. Sólo media docena de vacas paciendo a poco menos de cien metros junto al peral, que ese año desfloró más de cien peras de peral salvaje. Mau Acu enfocó la picha a unos hierbajos ordinarios a los que a diario regaba con la orina para catapultarlos a la nada donde salieron. En cuanto las vacas oyeron… No eran vacas, sino terneras. Por eso las tenían aparte, para cebarlas y llevarlas al poco al matadero. En cuanto las terneras oyeron el chorreo, se volvieron a mirar, observaron, un segundo, dos segundos… La animalidad: despiertas y atentas al mundo de los sentidos. El pito de Mau Acu no se debía parecer ni poco ni mucho al de un toro. Descartado el enigma de aquel sonido líquido, volvieron a pacer. Todas, menos una. Esa una levantó la testuz, la irguió mirándolo de arriba abajo, no sabía si a los ojos o al pito. Aún no lo sabía. Todavía era grande la distancia. Levantó más y más la cabeza. Como reconociéndolo. A él o a su pito. Desde luego que sería un reconocimiento bastardo porque el frío y su envergadura tenían aquel pingajo en tamaño diminuto. Y la muy puta dio un paso. ¡Hostias! Y seguido meneó la testuz arriba abajo y dio otro paso. ¡Hostias! Prosiguió, ya al trote y afirmando y negando, ya su testuz arriba abajo izquierdas y derechas. ¡Hostias con la ternera loca! A dos días de. 
La puerta de la antigua bodega estaba abierta y por un momento Mau Acu observó la docena de cajas y cajones que no sabía aún que eran enterramientos o féretros. Le vino. De pronto le vino a la cabeza esa vieja idea de la transmigración de las almas, ese antiquísimo querer de no querer la muerte, ese caduco querer de querer ver renacer la vida que se ha muerto. ¿Y cuánto tardaba en parir una vaca?, ¿podía ser Beatriz esa putísima ternera que del trote había pasado al galope con la cabeza alzada y algo como…? Una vaca no sonríe. Imposible. Pero su boca se abría con una mueca horizontal mientras galopaba con desenfreno, y, orgullosa o feliz, le enseñaba las encías manchadas de hierbajos. Se le cortó el chorreo y, con la picha goteando, corrió hacia la verja a tiempo de echar el cierre. La ternera echó el frenó. Mau Acu se había arrojado a tierra temiendo la embestida. Se levantó y se guardó la picha manchada de tierra y orines mientras observaba a la ternera, aquella sonrisa, aquellos gestos de reconocimiento. ¿Qué iba a hacer?, ¿qué tenía que hacer?, y ¿qué podía hacer? Podía reconocerla mamando de sus tetillas, porque era tierna, y, cuando le llegara la erección, pues a dos manos, con una pajearse y con la otra…, sin querer saber que lo hacía con una muerta.

martes, 20 de diciembre de 2016

La Laguna Chica 


La Muerte hacía tiempo que había saldado sus deudas.
Las nuevas lagunas -lagunitas- tenían encanto y cierto empaque. Eran meros aliviaderos de La Laguna Negra, y ahí, en espacio tan chico, las muertes eran producto de la seca o de los pescadores de carpas y cangrejos. Mau Acu visitaba esos espacios y constataba la reducción de las aguas hasta límites jamás conocidos. 
A mediados de diciembre la vida ya casi se había retirado del agua: las aves viajaban hacia regiones más cálidas, y el ganado, perezoso, no tenía necesidad de recorrer más de tres kilómetros para saciar la sed: la humedad alcanzaba la cota 89% y el frío y las cuatro gotas de las últimas lluvias alimentaban las charcas que en primavera desaguaban en la laguna. 
El retiro, en su pleno sentido, estaba a punto de alcanzar la cota máxima: cielos azules que absorbían todo el calor de la tierra, y ésta escarchada de frío a lo largo de casi todo el día. Y los hombres y animales, quietos.

Carpa descomunal en la seca

Así la muerte, por asfixia, por falta de espacio vital, empezó a mostrarse a las claras.También reaparecieron los cimientos de puentes y caminos, y torres de iglesias sumergidas y nunca vistas desde hacía decenios. Mau Acu pudo entonces rescatar la empuñadura de una espada romana, una talla de arcángel con un resto de policromía, y, sobre todo, redescubrió su amor por los paseos en solitario, el fuego al aire libre, y, la cruz de la gloria, la templanza y la soberbia: "Se acabaron las contemplaciones".  


El Arcángel se desahoga



El Arcángel bajó los veinte metros de la cuesta al garaje y se desabrochó los botones del pantalón y sacó la picha y meó. Su estampa era negra, salvo el cráneo menguante y blanco vestido con sombrero también negro. Sacó la picha del ataúd y orinó por largos 30 segundos. Había una luz extraña frente a él, Había una firma dibujada en el muro frontero en lo alto de la tapia. Lo vi darse la vuelta... Reconocí al arcángel cuando observé el dibujo de su boca sonriendo:labios y dientes tan negros como la noche.

El Nacimiento compartido sin Facebook


Todo empezó… al ser engullido por la luz y el agua sucia del rebosadero.
-Ya le tengo buscado nombre -dijo el padre a Perejil, su hijo mayor y único varón-: se va a llamar como mi abuelo: Mauricio.
-Joer, papá, eso no es nuevo, lo llevas diciendo… -Y el padre dudó entre darle un cachete o quedarse mudo.
Ya la manija de la puerta giró y la hoja empezó a abanicarse. Iba a ser el sexto. Hasta ese momento su hermana gemela lo había tenido protegido y alimentado, era ella la fuerte, y de pronto sentía pánico: no quería ser la primera. Así que en lugar de buscar la puerta y adelantarse, meneó a su gemelo, sal tú el primero, y trató de sacarlo del plácido rincón de la cueva lacustre donde convivían felices.
Y cuando un resquicio de luz penetró hasta aquel fondo, ella, de espaldas a la salida, volvió a menearlo, y él, que tampoco quería salir, que no, que no no no…, y la puerta se abrió ya entera y la gemela fue succionada por la corriente de aire. Salió de culo, y los gritos de dolor de la mujer resonaron en la antesala. ¡Niña! ¡Ha sido niña! Y ya iban cinco seguidas, y el padre, que se había acercado a última hora con el hijo mayor, Perejil, se resignó:
-¡Otra niña!
-¿Otra niña? Papá, ponle Mauricia, que se joda.
Y el médico, señora, usted ha parido una ratita, no pesa ni dos kilos, pero, no se preocupe, está sana, y, dicho eso, se dio la vuelta y fue a lavarse las manos mientras el futurible Mauricio permanecía de incógnito en el fondo de la cueva. Al cabo de quince minutos la mujer ya se incorporaba, y la comadrona la ayudó y acompañó al servicio, y según se sentaba sobre la taza le vino un fuerte dolor y se le escapó un grito y él salió escupido y fue engullido por la luz y el agua del rebosadero. No había dicho ni pío. He echado algo, dijo la parturienta en estado de trance. Enseguida la comadrona la levantó y rescató del agua sucia una cosa diminuta y silente. Señora, dijo el médico de vuelta, vaya parejita, ahora un ratón, éste no pesa ni kilo y medio, ¿qué hacemos con él? Perdone, era una broma; está vivo, que ya es mucho, veremos…
-¡Un niño!, ¡un niño!
-¿Qué? –el padre de la criatura-. ¿Es mi mujer? Pero ¿no decían que era una niña?
-Papá -Perejil, que ya tenía sus ocho años y medía casi uno cincuenta y seis porque de niño se había tragado quince chupetes y todavía seguía mamando del pecho de la madre-, eso es que no se la han visto porque la tiene muy corta. Papá: un mariquita.
Y el padre al fin le dio el cachete: -¡Que te calles!
-¡Dos! –una voz desconocida-. ¡Es que han sido dos!
-Ah, bueno. Ya era hora de que hubiera otro hombre en la casa. Ah, ya le tengo buscado el nombre, Mauricio, como mi abuelo.
-Papá, joer, qué pesao. Yo le llamaría Cojoncio -y otro cachete a Perejil-. Pero, papá, míralo, no tiene ni cara, o le echa cojines o no llega a mañana.
Y ya no un cachete, una patada en el culo: -¡Vete de mi lado!
Ah, Mauricio, pensaba el padre, por fin voy a reconciliarme con el abuelo, ese misántropo al que no hay Dios que le aguante, le va a gustar, mañana mismo le envío un telegrama: “Querido Abuelo, te ha nacido otro hijo, guapo y grande y no ha dicho ni pío al nacer (de tu índole y talla, querido abuelo), así que le pongo tu nombre”. Y de pronto se oyó otro grito, ¡La niña habla! ¿Qué?, ¿qué ha dicho? “Miá… miá…” Hasta ese momento ni padre ni hijo habían hecho puto caso de la niña. ¿Que ha dicho qué? ¡Ha dicho ‘Miá…miá…’.
-No se lo creen ni ellos –Perejil.
Y tenía toda la de razón, porque la precoz oratoria nunca pudo confirmarse y en los siguientes cinco años la gemela no dijo ni miau.
Y por días barajaron ponerle de nombre ‘Miamiá’ o ‘Minina’ porque decía la enfermera (única oidora del sobrenatural balbuceo) que aquello semejaba el llanto pausado de una gatita. Pero aquello estaba prohibido por la Iglesia, y le buscaron otro nombre muy parecido elegido por la mujer: Micheline.
-¿Y eso, papá?
- Mi jefe de Cristalería Francesa, que le ha dicho a tu madre que es bonito.
-Joer, papá, ¿tú no serás gabacho?
-¡Vete!, ¡Sal de aquí, ya, ya…!
Y también estaba prohibido. Así que buscaron en el santoral del día y le pusieron Aniceta.
-Joer, papá, qué cojinetes le echas, qué maravilla. Si sale marimacho van a llamarla Ano, y si no Zeta. O Eta. Papá, tú fuiste a la Legión, eras fascista ¿no?
Y todo acabó… cuando la luz fue engullida por la oscuridad.

¿Y eso cuándo fue?, ¿cuándo iba a ser?

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Iñaqui Acuña: Final




Iñaqui Acuña celebra el final: vacía el vaso tallado sobre el tiesto de una orquídea en flor que le trae a menudo ecos de mujeresflor con el sexo desnudo y abierto y perfumado, y se sirve tres hielos y un largo chorro de ginebra MG y toma un Winston y lo prende con el Zippo y bebe un trago largo… Cerca de veinte minutos permanece reposando, un pitillo tras otro, un trago y otro trago. Luego se levanta medio mareado, va al baño y retoma la navaja con autoridad, inapelable ahora ante su imagen barbada. Hasta ahí podíamos llegar, se dice, despreciativo. Terminada la faena vuelve a cambiar el gesto: se ve la calvicie: no sé de quién habré heredado este puñetero pelo, refunfuña, no es de la familia, desde luego, parezco de clase obrera o un hospiciano años cincuenta. Crecepelo, frotación y cepillado. Un último chequeo frente al espejo lo sorprende con la caricatura de un conocido al que no veía desde hacía semanas.
Vuelve al dormitorio, alcanza una maleta mediana bajo la cama. Ni la abre. Dentro del vestidor, entre el revoltijo de ropa, elige una camisa de doble puño para usar con gemelos, un par de zapatos negros y lustrosos y unos tejanos con la raya torcida. La puta de la asistenta, maldice. Los pantalones se los pone  tumbado en la cama, no porque fuera vago, que lo es, sino por las putas piernas. Vive en un bajo y tiene hasta un ascensor privado para bajar al trastero y garaje también privados. Todo a la medida de un señorito tullido. Allá vamos, se dice. Es el coche de la hija, que está de viaje y utiliza la plaza desocupada desde el accidente. Una vez a la semana Iñaqui Acuña baja y se sienta al volante y enciende el motor. Son sólo tres o cuatro minutos para recargar la batería. Pero hoy, aun en punto muerto, pedalea, y ve curvas y rectas delante. Dale gas, Iñaqui Acuña, dale. Una curva, Iñaqui Acuña, freno, a poquitos, no, esta vez no, freno a fondo, qué más da si quemas los neumáticos, ahora una recta, la de El Páramo, kilométrica, dale gas, cuatro mil revoluciones, has cogido ya los 140, dale más gas, Iñaqui Acuña, cinco mil revoluciones, 166, un poco más de gas… Ahora abre el portón y conduce, como Dios, porque eras un mago conduciendo, hasta que la cagaste.
Como hay Dios que te ibas, que te salías. Como hay Dios que Dios estaba reconviniéndote con soplete de carburo. Dale gas, Iñaqui Acuña, plántate y dile que estás ya de vuelta y consientes que te diga lo que quiera decirte pero que no vas a cambiar de idea, que el Paraíso estuvo en El Páramo y allí los vivos no tenían ni campo santo ni copón bendito, así que, por más cielo que te pinte el capullo…, y que si se ponía tonto, ibas a gasearlo y mandarlo al infierno. Como hay Dios que te fuiste y desapareciste. Esta vez sin estrellarte. Y llegaste a El Páramo, Iñaqui Acuña, visto y no visto.

     






lunes, 28 de noviembre de 2016







HECHO 9: IÑAQUI ACUÑA: TOMA PRIMERA:
Retirado de la circulación antes de agotar sus cuarenta páginas, el álbum familiar exhibía a modo de conclusión una foto en blanco y negro de cantos recortados. La perspectiva era sin duda halagüeña: aquel verano del 76 tres generaciones de los Acuña celebran y festejan. Los celebrantes posan delante del portón de la cabaña; se llega a ver un tramo del cercado de piedra y cuatro retales de la pradera que circunda la casa; sobre la línea quebrada de los tejados, emborronado por la fronda de un par de hayas centenarias, asoma un cielo inadecuado, sin una nube.

Iñaqui Acuña la compara luego con aquella otra, cuatro años después, en que posan ante la cámara los cinco Acuñas más jóvenes, y se recuesta en el sillón articulado, un Winston sin encender en la mano, a ratos en la boca, para aspirar el sabor de las hebras, y también a mano la botella de ginebra MG y la cubitera y la tónica Heritage de Schweppes, a ratos moja los labios en el vaso y casi que  logra recomponer una imagen, un mundo, que ya le están vedados, los hielos al cabo se derriten y aquello sabe más a agua que otra cosa y la boquilla del Winston tiene ya saliva suya y no le gusta. Pero él pasa de casi todo: además ahora se ha vuelto a medio enamorar: fluye por sus venas un aliento que no deja lugar a dudas: aquellos veranos, apenas mes y medio en El Páramo, lo catapultan a la tibieza y hasta calor de una familia: todos le apreciaban, e iba creciendo enamorado de unas primas que le querían para confesarse y enamorado también de un futuro retiro en la cabañuela que estaban resucitando, volviéndola verde y naranja y azul, porque había mil ojos que la contemplaban y te daban una versión distinta.


martes, 22 de noviembre de 2016

EL FRÍO




 30 de marzo de 2016: He llegado a la cabañuela. Al frío. Traigo conmigo la estación meteorológica Oregón. Cuelgo la exterior de una escarpia en el muro del patio. Al cabo de unos minutos marca menos tres graditos. La interior, en el dormitorio pegado a la antigua bodega, marca más uno. El pronóstico para mañana es nevada copiosa. A eso venía. Descargo las mil cosas –una barandilla de 3 metros que pillamos mi amigo y yo cuando estaban deshaciendo la añeja taberna Los Gabrieles, un somier de 105, tres butacas, cajas de herramientas, maleta, bolsas, dos tableros, una mesa de roble abatible… ¿Para?, ¿qué me mueve a traer y traer mil cosas a este cementerio de elefantes? Hace cuatro meses arrastré con una veintena de esculturas madereras, levantadas como por arte y magia del sueño que me alimenta cuando pongo un pie en este espacio remoto y fósil. Hoy vienen de vuelta, casi irreconocibles, deshechas por los mil trajines y la perentoria necesidad de meter en el coche hasta lo imposible. Perecerán en su lugar de origen. Alimentarán, así lo creo, el último fuego en el patio. También traigo una maleta llena de papeles. En la última noche atizarán ese mismo fuego. O lo apagarán. Porque son papeles. Mejor enterrarlos o volcar la maleta en el contenedor de papel situado a sólo 18 kilómetros, Torres de Arriba, algo como un pueblo, aunque en invierno no mantenga más que una población de 27 habitantes.

¿Heraldo o Hereje?

En la noche sin estrellas en Madrid de un final de abril de 1996 Mauricio Acuña atisbó los encuentros y desencuentros de unos pocos electrones y unos cuantos neutrinos y unas putas golfas neutronas. En sueños, tan vívidos que le dejaron la impronta de un pasado y un presente, visualizó con los ojos abiertos el clima y la orografía de la viciada cabañuela en el altiplano, en los altos de la paramera, y se trasladó y ascendió a las peñas y vio llegar el nuevo día envuelto en nieblas y con el frío metido en los huesos y la calambre de no saber qué hacer. Ese cielo desestrellado se venía arriba. El prodigio era sobrenatural y hasta escatológico (porque a las veces Mauricio Acuña se cagaba en los pantalones de purita diarrea mental, porque a diario diblaba con los muertos y con los vivos y cambiaba de bando según las circunstancias y la formación del equipo. El resultado final estaba cantado. Lo sabía, y se entregaba sin embargo con todo el alma a ganar o perder. Era mareante estar un día a favor y el siguiente en contra. Aquello le provocaba vértigo y a menudo tropezaba con las sillas o la esquina de la mesa o el aparador y tenía que ponerse firme y preguntarse quién era o si estaba muerto o acababa de resucitar).

¡Dios! ¡Dios mío…! ¡Maldita sea, sí que había herejes! ¡Y apóstatas! ¡Y hasta herejes requeteapóstatas!  Sí: Él le visitó esa noche, llevaba una blanquísima camisola de Zara extra grande y le dijo: “Tú eres la elegida; acorde con los nuevos  tiempos, el Cristo se ha renovado y ahora será Crista”. Y Mauricio Acuña fue corriendo a mirarse en el espejo. Dios era medio sordo pero tenía buen ojo. Esa misma mañana me había levantado algo espesito y me había metido en la ducha fría –imposible encender el calentador lleno de telarañas- y maldecido a mi creador y había renovado los calzones extra largos y la ropa de vestir que llevaba puesta cinco días seguidos -desde que aterricé en la cabañuela y el frío incondicional hizo florecer las capas de cebolla- y me había afeitado con una cuchilla mellada y puesto una docena de apósitos pellizcando el rollo de papel higiénico, y luego había buscado alguna crema en la bandeja de las féminas y me la había aplicado para disimular el destrozo porque iba a visitar a mi tía abuela Carmina Acuña y preguntarle quién cojones éramos o de dónde veníamos (llevaba semanas metido en el MyHeritage y pagado 230 euros y entubado unas gotas de saliva y otras de esperma para unas pruebas de ADN y había recibido la confirmación de que teníamos más rastros de Homo Neanderthalensis que de Homo Sapiens. ¿Rastros?, ¿o rastrojos?), Y recién afeitado y maquillado y con la braga del Cuello colocada a modo de diadema o coletero me miré y remiré en el espejo. Joer, dios sí que sabía, aunque fuera ciego y sordo. Si no fémina, sí era candidato ganador a mariquita del año. Y entonces adiviné lo que Dios adivinaba: me estaba recetando un cambio, que me transgenerara e hiciera de mi cuerpo…

-¿Te gustan los coños, Mauricio?  Pues hala, a tenerlo a mano para el resto de tu vida, te podrás mirar de ombligo para abajo y conturbarte y excitarte para el resto de tus días.

- Pero, Dios, no me llego, no alcanzo a. Sí con la mano, pero no con la lingua. No llego a parlare y salivare.

-¡Ah, Crista! La elasticidad. Tienes que hacer estiramientos.

 Y me acordé de Antony, el de Antony & The Jhonsons, aquel muchachote de 150 kilos y 2 metros, sus gorgoritos, aquellas letras a las que su voz acompañaba con deliciosos trinos… Por fin él iba a tener un coño a guisa de capitulaciones. Pero un servidor era algo fino, en todos los sentidos. Así que, aunque me provocaba tener un coño en la entrepierna, no alcanzaba a entender cómo iba ese cambio a materializarse en mi cerebro: mariquitamente hembra (porque cocinaba y planchaba y fregaba y limpiaba y pulía como la mejor ama de casa) y cojunadamente macho porque oler a eso, a macho, me provocaba rechazo inmediato y porque no admitía más pelo que el de la cabeza y la entrepierna y porque hasta mi madre de 83 en su lecho de muerte me había provocado subidones de testosterona y porque…

-¡Dios, no puedo ser Crista! Quiero ser tu elegido y llevar la cruz de tu gloria pero, please, recétame algo diferente, un postizo, algo que pueda quitar y ponerme a conveniencia, así podré entrar en los lavabos de mujeres y averiguar qué coño hacen ahí dos horas largas, o apáñame un catalizador en la entrepierna que provoque mareas de entendimiento entre mi vecina y yo, y, si aparece el marido de la vecina, también entre él y yo y ella y… y si es menester, también toda la comunidad de vecinos.


martes, 15 de noviembre de 2016

IÑAQUI ACUÑA: TOMA PENÚLTIMA III





-Mañana entra el otoño –dijo-. Parece un contrasentido: mañana estaré allí, y será como si estuviera de nuevas.
Apenas una hora antes había sonado el teléfono. Era Beatriz. A ninguno de ambos le alcanzaba la sospecha de que aquel viaje a El Páramo iba a ser acaso el último (quise hablar, quise pensar en voz alta, quise que nos planteáramos en serio irnos a vivir al Caribe o a la Chimbamba… Decir: Vivir es jodido, tío. Me siento superado, soy débil. A veces he pensado en entrar en una iglesia y confesarme. Como eso no puede ser, trasnocho y bebo y de vuelta a casa echo fuera hasta la comida del día anterior. Debe de ser lo mismo. Confesar: también yo tengo noticias, tío: no tengo voluntad, a la carrera la he mandado al cuerno, me he divorciado y vivo una vida prestada, sólo mis pen-samientos son autónomos; de lo demás, parte es tuyo, hijo de puta, lo siento, te lo mereces, no se puede corregir la vida cada dos por tres y la mía y la tuya llevan camino de tener más tachaduras que renglones. No era eso. Perdona, tío: se me ha acabado el gintonic, enseguida estoy contigo… Ya. Decía que si tienes una idea clara de quién eres y de dónde vienes –Confucio-, pues entonces puedes concederte hasta la duda y pecar y ser débil por un día y levantarte y volver a caer y continuar, sin empezar desde cero cada vez. Somos muchos, el árbol no es el tronco; las ramas te dan sombra, sonido, magia; sin ellas, el tronco encallece y cosifica. Tenía razón Lidia. ¿Y qué? Pues, eso. Tenía que habar hablado, pero no había bebido lo suficiente. En lugar de eso…) pregunté:
-Y Beatriz ¿qué piensa? 
Yo sentía celos, desde luego. Pero también mucha reserva. También a mí me habían alcanzado los rumores y me preguntaba qué podría pasar si un día Mamerto hablaba o si lo hacía cualquier otro que lo quisiera comprometer. La familia ya poca importaba; la emigración había conseguido cerrar un capítulo de la vida de muchos; la ciudad los había acogido, en la ciudad había acabado por apagarse el rumor de la sangre y había nacido el culto banal a la tierra y la familia. Imposible que las cosas retornaran.
-¿Que qué piensa de lo nuestro? Buena pregunta. No tengo ni idea, la verdad. Pero es que tampoco puedo responder por mí.
Se acercó hasta la mesa, volteó la silla, se sentó y cruzó los brazos sobre el respaldo y me miró.
-Supón que te pido quedarme en tu casa un tiempo…
De pronto fue como si estuviera viendo dos imágenes superpuestas y coincidentes, la de Mauricio y la del bisabuelo; su expresión, demasiado la misma, me producía inquietud: era la de un hombre capaz de cualquier cosa -por nada, y por todo-, como si no supiera qué hacer de la vida y buscara desesperadamente algo que le llevara en una u otra dirección. (Cómo explicarlo: conocí al bisabuelo, me creo que mucho mejor que Mauricio, puesto que él apenas tuvo oportunidad de cruzar cuatro palabras en los tres días que estuvo por primera vez en El Páramo cuando tenía siete u ocho años y la Eta explosionó varios artefactos junto a su casa de Madrid, y ya nunca más; conocía al bisabuelo mejor que él y desde luego buena parte de la historia de la familia, porque mi madre, una Acuña de rango, le había contado a mi padre, que era un advenedizo en aquel mundo de Acuñas, y él, cuando bebía -porque le era necesidad, porque su mujer le superaba en todo, salvo en edad, porque la familia de ella también superaba con creces a la suya, tanto en miembros como en misterios y devociones-, cuando bebía, digo, se abismaba siempre en su mujer y el padre de su mujer y el abuelo de su mujer, era así, tenía que ser así, porque todos los veranos no salía de allí, y mi madre, sociable como era, le contaba mil chismes, porque para mi padre aquel mágico mundo de El Páramo era un extravío, una confusión y enredo tan grandes que, o pasabas o te absorbía, y mi madre le explicaba o trataba de explicarle aquellos lazos de sangre tan solidarios y hasta fraternos, y mi padre, achispado, me contaba a mí. Y una vez, una sola vez, vi al bisabuelo delante de mí, a solas, sentado a horcajadas sobre un silla de respaldo alto en la cuadra y mal respirando como si acabara de matar a alguien o fuera a cometer cualquier otra barbaridad). 
-Supón que me quedo en tu casa, que la veo los fines de semana y terminamos agotando esos encuentros idílicos. Supón que ella me pide otra cosa, otro tipo de relación, y que llegamos a pensar en vivir juntos… Supón que me lío la manta a la cabeza y acepto. Y después ¿qué?
En ese momento supe que Mauricio se debatía entre matar el deseo o perderl a Beatriz, ambas equiparables, ambas suicidas. ¿Qué futuro había? ¿Qué iba a hacer ella? ¿Romper con la familia? Y porqué: ¿por él? Y cuánto podía durar lo suyo. ¿Iba él a vivir toda la vida pegado a su culo, como un chulo? ¿Qué sabía hacer él? Si mataba el deseo, la realidad aparecía de pronto desnuda: la vida le empujaba ya en una sola dirección.
 Se levantó, se acercó hasta el balcón y quedó apoyado contra el quicio, las manos en los bolsillos, observando tal vez el cauce del río, sus orillas infestadas de juncos, el estancamiento de aquella agua que procedía en parte de la Laguna Negra.
-A veces pienso que fue ayer cuando abrí la jaula –dijo, sin volverse-. Desde entonces poco o nada tengo que contar si no quiero repetirme.
-Apostar por ‘el todo o nada’ es una locura - dije con un tono de confianza-. ¿Amigo de las medias tintas? Quizás. Una piedra de tamaño medio es para mí una pared; rechazo el esfuerzo de moverla o pasar por encima. Tú, en cambio, ni que se te ponga delante un muro, o lo tiras a la primera o te dejas la cabeza en el intento. De acuerdo, ni lo tuyo ni lo mío; lo propio sería coger una maza y darle dos o cuatro golpes ¿Qué nos iba en ello? Recuerda las palabras de Lidia y Elena: El Páramo no iba a estar esperándonos siempre. Con Bea te puede pasar lo mismo si no cambias.
De manera brusca se dio la vuelta:
-¿Cambiar? –agitaba el puño cerrado-. Esa palabra debe daros de comer a unos cuantos. Cambiar… Es fácil: sólo hay que poner la memoria a buen recaudo y vivir el día a día. Entonces claro que pasan cosas, te dejas sorprender por el chorro de agua de la fuente o por la factura del teléfono, y cambias, hasta cuatro veces al día.
-No, me refería…
-Calla. Deja que acabe. Cambiar. Sí, lo sé; te refieres a evolucionar, en un sentido personal, a la liquidación periódica de una actitud vital con fecha de caducidad, al reconocimiento de que las cosas que te afectan a los veinte son y deben ser diferentes de las que te afectan a los treinta. A los veinte te dan por el culo los atascos, los impuestos, la subida de la gasolina: no tienes coche, no tienes nada, sólo tus santos cojones para hacer tu vida o dejar de hacerla; a los treinta tienes además un piso, quizás por pagar, y una lavadora estropeada y dos críos que se te escurren hasta por debajo de la puerta. Vives en el sobresalto permanente. Un día al año, vas, vienes: cuatro paseítos por la memoria; es tú cumpleaños y eres un afortunado porque te acuerdas todavía de lo que una vez hiciste o pensaste o de la tentativa de aquel proyecto grandioso pero estúpido. El espejo te devuelve una imagen cambiada pero sólo notas que te sienta mal la chaqueta y lo primero que se te viene a la cabeza es: tengo que cambiar… Cambiar ¿qué? ¿o de qué? Te tumbas en el sofá; coges un libro, enciendes el televisor; te gusta y no te gusta lo que ves alrededor: la casa, pequeña o grande, qué más da, te faltan muebles o te sobran, siempre la verás medio vacía o medio llena; el televisor anticuado o quizás nuevo pero excesivo, alguien puede llegar a pensar que no haces otra cosa que estar frente a la pantalla…. Del libro ya no te acuerdas y lo primero que te dices es: tengo que cambiar… ¿Qué?, ¿o de qué? Mala conciencia, primo. No; ni eso es cambiar ni vas a cambiar ya nada. Has olvidado algo fundamental: un día, en un instante, en una decisión, cambiaste. Fue una desafección radical. Y a lo peor sólo cambiaste de chaqueta. A partir de ese día te puedes cambiar hasta el color de los ojos, vas a seguir siendo el mismo. Pero ¿quién?
Dejé pasar unos segundos. Me levanté, coloqué un disco sobre el plato. Volví a la mesa.
-No cambies -dije.
La luz que filtraba la pantalla parecía concentrarse en las hilachas de humo de su pitillo y en los ecos de la voz rota de Tom Waits.


martes, 8 de noviembre de 2016





El verano llegaba a su fin y la Laguna Negra se había convertido en un estanque. Mau Acu pudo contemplar las zapatas del viejo puente que unía las dos orillas de dos mundos distantes pero afines. El cielo era tan azul... Y el viento Norte no rizaba la superficie y aquella lisura tan plana... ¿Un espejismo? Casi que era posible ser Dios y andar sobre las aguas y llegar a la otra orilla. 


Pero Dios estaba de vuelta de todo. Y Mau Acu le correspondía: de vuelta también él de dioses mudos y caminos destronados del Reino de los Cielos: sus cimientos eran sus raíces, y el desaguadero de la Laguna permitía ahora desenterrarlas, descubrir los bosquetes muertos con la subida de las aguas, plantarse en el cenagal y remover aquellos muñones que asomaban apenas medio palmo.


Aquella raíz era como una estrella, y Mau Acu la había colocado en la apertura del soportal de la vivienda, frente a la polea del pozo: el día en que le llegara la hora y abatiera la trampilla y colgara la soga en la polea, vería de frente aquella raíz sobre el fondo de unos robles desnudos y un cielo... gris.

IÑAQUI ACUÑA, TOMA PENÚLTIMA II



La Quema del pasado carcomido
Un banco de niebla cubría la laguna e iba ganando la pradera cuando a última hora de la tarde salieron a dar un paseo. Mauricio sentía como un avispero en la cabeza; en apenas horas había rescatado un buen número de imágenes antiguas: trastadas, caminatas, bailes y planes, muchos planes para un futuro… Aquel futuro por supuesto que había quedado estrangulado, pero su sueño de enterrar El Páramo empezaba a parecerle un imposible. Quizás ya era lo de menos. Lo que de verdad resultaba inconcebible era la falta absoluta de previsión de lo que estaba sucediendo. Había contado con la posibilidad de ver a Mamerto, a Lidia tal vez, a mí, claro, y sabía perfectamente con qué se iba a encontrar: algunas referencias al pasado, la novedad tal vez de un marido o una mujer estupendos y algún hijo piando por la teta o el biberón (en mi caso un divorcio al cabo de dos años de matrimonio y una hija, a la que entregué, por supuesto sin ninguna lucha, a su madre, feliz de volver a verme solo y con mil novias presuntas y leales). Para ejemplo, ahí estaba Mamerto, qué nerviosismo y qué sincero, no se podía imaginar cuánto lo había echado de menos, y lo había cogido del brazo el mismo día en que llegó y se lo había llevado: había que celebrarlo. Durante el primer cuarto de hora lo había estado observando, sin parar de hacerle brindis, rellenando su copa, que dejaran allí la botella. Al final había dejado caer los brazos a la espera de que Mauricio dijera algo, y media hora después seguía con los brazos caídos.
Contaba con llegar a tener que ser despiadado con el que menos culpa tenía, pero nunca con encontrarse con Bea, y no quería ahora volverse a mirarla, a decirle que por favor le soltara la mano, que a saber quién los podía ver. No, no quería soltar su mano, y quería volver a escuchar su voz que le acariciaba los oídos con expresiones que pensaba pasadas de moda, “Te quiero”, “Amor mío”, quizás sólo porque le parecía lejanísimo el tiempo en que él las había pronunciado, o susurrado, una vez, o quizá alguna más, y sorprenderse, un segundo y otro también, de que ella no fuera un fantasma.
Ahora de nuevo ella le reprochaba que fuera a su lado como quien va con un palo, ¿en qué pensaba?, habla, di, no todo iba a ser darse besos, abrazos, y… y poco más, un reprimido es lo que era, pero a la noche ella le iba a atar las manos, que se fuera preparando.
Llegaban a casa de los Fabianes y Albertín apareció de pronto a la puerta de la cochera. Beatriz sintió una opresión en el estómago. Todo había ido tan aprisa, que no había pensado siquiera en la posibilidad de ese encuentro. Mauricio tal vez no se diera cuenta de que ella le soltó la mano, o no quiso darse cuenta. Cruzaron un saludo y con naturalidad siguió adelante.
Iñaqui Acuña no rebusca entre las libretas pero abre otro paréntesis: (Nota: Alberto Fabián: Para nosotros se trataba del hijo mayor de los Fabianes, unos advenedizos que en sólo una década han llegado a hacerse dueños de tres cuartas partes de El Páramo. Federico, el patriarca, ha hecho ya proposiciones a la abuela. Ya le ha ido también con quejas: “Entre nosotros, señora Aurelia: anteayer sus nietos me tiraron la alambrada, sí, la que coloqué junto al portillo para que el ganado no se me desmandase.” Trabajaba catorce horas y arreglar la alambrada le iba a suponer dos horas extras. Para nuestra conciencia impía esa maldad estaba más que justificada: Federico nunca iba a llegar a aceptar que nosotros, unosveraneantes’, tuviésemos nuestro propio punto de vista. Al contrario que Vicente, el dueño del restaurante ‘La Cabaña’, Federico alentaba la ruina de las cabañas y la despoblación; cuanta menos gente hubiese menos problemas y más terreno y más ganado y más dinero. Federico estaba equivocado y nosotros también: él era bruto, ambicioso, trabajador; nosotros, ociosos, jugábamos a ser mayores al tiempo que soñábamos con una tierra que no sólo alimentaba al ganado y a su dueño, sino que también era un lugar donde se derramaba el vino y de noche palabras en torno a un fuego, más aún, un lugar al que volveríamos un día para quedarnos, por gusto, por placer, porque era digno y había allí algo nuestro que nos llamaba desde siempre. Pero Albertín, el hijo, no parecía mal tipo, tampoco había que hacerle pagar la ambición de su familia. Mostraba incluso cierta querencia por nosotros).
 Yendo por la carretera Bea le preguntó si lo había visto ya antes. La respuesta de Mauricio la tranquilizó apenas unos instantes. Se detuvo; sin mirarle a los ojos, dijo que quería irse, al mar o a cualquier otro sitio, no mañana, no, hoy mismo, El Páramo le iba a traer a él recuerdos… Qué metedura de pata, que olvidara lo que había dicho. Por cierto ¿había hablado ya con Mamerto?


…Iba a hacer una semana ya que Mauricio estaba viviendo en mi casa. Trasnochábamos y bebíamos y hablábamos. Siempre, a última hora de la noche, Mauricio rescataba entre las sombras alguna escena de aquel encuentro. Juntos, él y Beatriz, por el camino de la excomunión y el rito de exhumación de la cabañuela y El Páramo.

domingo, 6 de noviembre de 2016

La Ratonera





Tablilla con los mortuorios restos de un roedor



¿Qu'est que ce?

Este cuadro meirvelleuse es el dibujo de una muerte requeteconsumida.

La Ratocracia -ese poder omnímodo de unos seres ínfimos, su virulenta reproducción y su invasiva presencia en el mundo hastiado y cuasi difunto de los Acuña-, catapultó el que Mau Acu buscara los recursos más novedosos contra la plaga: un pegamento silicónico colocado sobre tablilla en el presumible paso de los invasores. 
Una semana después de instalado el invento -y ya olvidado de la presencia del roedor- encontró lo que se ve: el pegamento aún fresco sobre la tablilla y... y un rebuño de pelos junto al rabito: se echaba en falta la cabeza, el tronco y las extremidades del roedor. ¿Habría sido abducido?

Mau Acu, con la complicidad y sabiduría de su primo hermano, Miguel Acuña, resolvieron que aquella muerte era o había sido terrible, que mejor el garrote-vil, la trampa de toda la vida. Así que nunca más se sabrá de ese animalito atado a un pegamento y esperando la muerte por horas y días.

Ya no existe la tablilla: pero quien quiera la fotografía de los restos de esa muerte agónica e indescriptible, el último dibujo de ese pequeño roedor que correteaba por la puta cabañuela como un ser autónomo, pues que pregunte a Mau Acu: ¿50€?, ¿500€? ¿Eso valía la foto del ultimátum?, ¿eso vale el flash casi urgente y espamódico de un humano ante la presencia de un rebuño de pelos? ¡Que te aspen, Mau Acu!

Iñaqui Acuña: Toma Penúltima

HECHO  8: IÑAQUI ACUÑA: TOMA PENÚLTIMA:
Despierto desde las cinco de la madrugada Iñaqui Acuña sigue tumbado y recapitulando, pasando página tras página de aquella  tacada de hojas por las que ha empezado a sentir un afecto ciertamente preocupante. No es tanto lo que dice, que eso está y estará siempre en su cabeza, sino cómo lo dice, de qué manera se siente implicado, y cómo le va ganando la sensación de que esas hojas son su vida –tan presente como pasado y futuro-, de que vive y respira por ellas. Y eso le preocupa, porque genética y biográficamente jamás se le ha ido la mano un solo centímetro, jamás ha sentido que nada ni nadie estuviera por encima de, digamos, un buen filete de ternera o un buen gintonic  o un buen polvo. Se le está yendo de la mano, tiene que reducir la marcha y no dejarse llevar por la excitación subida de revoluciones que protagonizan Bea y Mauricio y que ha empezado a redactar mentalmente. Y le jode, porque nadie quiso tanto a su prima Bea como él. Y le jode decir lo que sabe pero que hasta ahora maldita la gracia de decirlo con palabras, una a una, blanco sobre negro:
Tumbado, sin deshacer la cama, Mauricio quiso cerrar la puerta para no llegar a oír los movimientos de ella mientras se quitaba la ropa en la pieza vecina. Aún escuchó el inevitable crujido del gastado tejido de muelles bajo su peso. De pronto otra vez el relámpago, de pronto la voz de Beatriz: “¡Eh, Mauricio! Te despierto en cuanto me levante ¿me oyes?” Y aún al cabo de media hora seguía escuchando el resorte de muelles de esa frase, de esa invocación que lo proyectaba hacia el día siguiente.
Debía de parecerle una ficción. Ya entonces no sabía lo que era una cita, había olvidado la sensación de tener un pie adelantado, de estar esperando o dirigirse hacia algo. Una cita, trataría de imaginar: alguien y él. O para ser más exactos: ella y él mañana, mañana. Ella, él y El Páramo.
Estuvo a un paso de levantarse y preguntarle quién era ella o quién era él, para que su silencio o su tontería hicieran evidentes que no existía mañana. Ella por su lado y él por el suyo. Sólo primos. Sólo parientes. Sólo la engañosa familiaridad y dos o tres recuerdos comunes.
Y ya estaba entredormido, y aún seguía, mañana, mañana, como si la sola mención de esa palabra le abriera a un mundo desconocido, y retador, ante cuya perspectiva tenía que ponerse en guardia.
A la mañana ella se presentó en pijama en el dormitorio de Mauricio (imaginar a Bea en pijama, sin sostén, con esos pechos que son la gloria de Dios, si lo hay, imaginarme a mí en la posición de tumbado y sus pechos sobre mis napias…): “¡Arriba, holgazán!”, pero, bueno, si dormía vestido, ¿por qué? Ya, luego se lo contaba. Venga, venga; había una luz para morirse, un día precioso, verás.
Todavía la luz no se había despeñado desde el risco. Todavía el rocío. Todavía la sensación de la noche anterior, multiplicada ahora ante la perspectiva de la jornada entera por delante a su lado, sin certezas, sin planes, seguro de ser él, quién si no, seguro de estar bordeando el final, un día más, y se iría, para siempre.
Sólo que ahora ella se lo llevaba hacia el monte, no te pares, anda, antes de que asomara el sol por las peñas tenían que llegar a la casa del minero, verás.
De pronto ya no tan seguro, empantanado entre dos orillas, dos mundos, aplomado con el lastre de recuerdos de una vida ya perdida.
Alcanzaban la casa del minero y no eran las nueve. Allá arriba el verde de los prados estaba sembrado de manzanilla y las telas de araña entre las árgomas parecían pañuelos de seda húmedos. No se divisaba la carretera. Tampoco la laguna. El horizonte era un plegamiento de laderas pinas aptas sólo para pastar el ganado.
-La casa del minero, qué ironía.
Apoyada sobre el murete que rodeaba la cabaña, Bea se volvió hacia Mauricio.
-Pero si tienes lengua, quién lo diría. A ver, cuéntame.
-No ha existido nunca el minero. Sólo su sombra; un hombre fatigado y silicótico que se retiró aquí a vivir el final. No duró medio año. Nosotros preguntamos por él. No estaba muerto, pagaba aún la contribución, la luz, el agua. Volvería. O quién sabe, quizás ya había vuelto; no era amigo de hablar mucho ni poco, irse a vivir él solo aquí arriba decía bastante. Sólo cuatro veces había pisado el pueblo; bajó con una carretilla que cargó hasta los topes y a la ida y a la vuelta dejó un reguero de esputos ácidos.
-¿Quién lo encontró?
Mauricio se despegó del murete y se volvió un instante hacia ella:
-Está dentro –señaló-. Todavía paga la luz, el agua…
-Me tomas el pelo. ¿Tú cómo sabes eso? No, que te crees tú que voy a dejar irte así.
Ella lo retenía con ambas manos mientras Mauricio la miraba con las suyas en los bolsillos. Por qué ella se le aproximaba tanto. Por qué ponía su boca a un palmo. Por qué su mirada tan clara. Y no preguntárselo sino buscar primero la forma de abrirse paso, de llegar hasta ella, o de arrollarla.
Pronto ella tomó la delantera y lo condujo hasta el barranco, hasta la vía. Caminaba resuelta, a buen paso. Persiguieron aquel camino de hierro que bordeaba la laguna durante cerca de dos horas, hasta Montoto. Allí ella se lo llevó a una tasca y pidió una botella de vino del país y unas tapas de cecina. Ella gastaba a veces el día en ir y volver andando; paraba siempre en esa tasca, sacaba un libro, comía algo. Le emocionaba la sensación de regresar a El Páramo, era superior a ella, como volver a su verdadera casa después de un viaje muy largo, y todo aquel agua parecía no acabarse nunca, y a veces llovía y aquel camino sin un alma se hacía eterno, y siempre la niebla en la orilla de allá, siempre a un paso de imaginar que El Páramo y la cabañuela habían dejado de existir.
A su vuelta él persistía callado pero volvía cada poco los ojos hacia ella. De pronto consentía que ella rebasara la distancia mínima, que lo tomase del brazo mientras señalaba el viejo depósito de agua sobre aquel otero, que lo hiciera detenerse y volverse a mirar el apeadero ruinoso de la fábrica, que lo empujase hacia el banco de arena orillada en la vía y que bromeara con revolcarse allí con él.
Ahora él ya consentía. Quizás fuera por los cuatro vasos de vino, que la absolvían. O quizás él la miraba ya sin otra reserva que la de su propio crédito: ¿se podía creer que fuera él, allí, haciendo chiquilladas?
Y ella que proseguía con anécdotas y recuerdos tan enredados con las sensaciones del momento que no parecían sino ecos del día anterior. Que le pasaba la mano por la cara y le decía que cambiase de gesto, que ella no estaba para pasearse con un viejo y encima cascarrabias aunque viniesen como de molde. Y cuando le vio la media sonrisa se arrimó y le dijo al oído que con él se lo pensaría. Que se paraba en seco y lo volteaba como a un muñeco: que se fijara en ella, que viera que ya era una mujer, que ella se acordaba muy bien del poco caso que le había hecho Mauricio, sí, ya sabía que entonces Elena le traía por el camino de la locura, pero ¿de verdad que él no se había dado cuenta de que ella sólo tenía ojos para él?, menos se iba a acordar entonces de la tarde en que lo acompañó hasta Perales y por el camino les cayó una tormenta, ¿qué tenía que decir ahora, eh?, y en las fiestas, esperando que la sacara a bailar, suplicándoselo… Por  cierto, que había traído una cinta de Bruce Springsteen, ¿no lo conocía?, pues iba a ver qué maravilla, según llegaran la iba a poner y él la iba a sacar a ella a bailar quisiera  o no.
Mauricio la escuchaba, indefenso. No quería negarse a reconocer a la mujer que era ahora, sólo quería negarle esa voz que con tanta inmediatez y frescura hablaba de lo pasado: o ella no había vivido el drama, o éste estaba aún por reescribirse, o era una simple, una gilipollas.
 Y de pronto se veía bailando con ella en el patio de la cabaña bajo los acordes rítmicos de un saxo, unas guitarras eléctricas y una voz que era un trueno
Someday, girl, I don’t know when
entonces él no pudo menos que volverse y mirarla y el deseo le nubló los ojos. Y de pronto entraron los acordes de un piano y aquella voz se volvía un susurro
With  that smile on her lips
y ella se pegó a él, o quizás él se pegó a ella
Oh-o she’s the one, she’s the one
 y ya llegaban a la cabaña y ya ambos seguían abrazados y olvidados de la nueva y explosiva melodía que estaba sonando, entonces él abrió la verja y ella sacando el casete le dijo que lo primero era lo primero, que no olvidaba su promesa, y se acabó la música y él se preguntó dónde estaban, trazó unos círculos de borracho y se fue a sentar junto al brocal del pozo esperanzado con la posibilidad de que el aparato estuviera averiado o se hubiera ido la luz, el deseo sin embargo le crecía, un aguijón clavado en la nuca que había que quitarse como fuera, y ella se apretaba a él…
y de pronto estaban sentados los dos en el borde del pilón, ella le hacía burla y le toqueteaba mientras él trataba de sujetarle las manos, que se estuviera quieta, narices, y ella, vaya, el mismo que hacía cuatro años, él la sujetó con fuerza y se entregó a examinar su mirada con una pasión minuciosa, pero, bésame, tonto, dijo ella, si lo estaba deseando, a él no le costó reconocer entonces que el deseo lo abrasaba, que no había derrota ni sumisión ni huida en volver a amar al cabo de los años a una mujer, de veras, y ella, que no la comparase con Elena, que la soltase, que se acabó, ella lo amaba, desde siempre, de pronto se puso a besarlo, sus manos recorrían la espalda de Mauricio, a tirones le sacaba la camisa, demonios, si estaba hecho un flaco, sería tonto, vaya que salía ganando con ella, que lo comprobase, pero, bueno, ¿iba a resultar que era manco?, adelante, era toda suya (estoy seguro de que Mauricio no llegó más lejos, así que jamás llegaré a saber qué volcán hay dentro de mi prima más querida, qué coño tiene, si se lo afeita o no, si le gusta hacer el pino o que la amarren a la cama…)