Iñaqui Acuña celebra el
final: vacía el vaso tallado sobre el tiesto de una orquídea en flor que le
trae a menudo ecos de mujeresflor con el sexo desnudo y abierto y perfumado, y
se sirve tres hielos y un largo chorro de ginebra MG y toma un Winston y lo
prende con el Zippo y bebe un trago largo… Cerca de veinte minutos permanece
reposando, un pitillo tras otro, un trago y otro trago. Luego se levanta medio
mareado, va al baño y retoma la navaja con autoridad, inapelable ahora ante su
imagen barbada. Hasta ahí podíamos llegar, se dice, despreciativo. Terminada la
faena vuelve a cambiar el gesto: se ve la calvicie: no sé de quién habré
heredado este puñetero pelo, refunfuña, no es de la familia, desde luego,
parezco de clase obrera o un hospiciano años cincuenta. Crecepelo, frotación y
cepillado. Un último chequeo frente al espejo lo sorprende con la caricatura de
un conocido al que no veía desde hacía semanas.
Vuelve al dormitorio,
alcanza una maleta mediana bajo la cama. Ni la abre. Dentro del vestidor, entre
el revoltijo de ropa, elige una camisa de doble puño para usar con gemelos, un
par de zapatos negros y lustrosos y unos tejanos con la raya torcida. La puta
de la asistenta, maldice. Los pantalones se los pone tumbado en la cama, no porque fuera vago, que
lo es, sino por las putas piernas. Vive en un bajo y tiene hasta un ascensor
privado para bajar al trastero y garaje también privados. Todo a la medida de
un señorito tullido. Allá vamos, se dice. Es el coche de la hija, que está de
viaje y utiliza la plaza desocupada desde el accidente. Una vez a la semana
Iñaqui Acuña baja y se sienta al volante y enciende el motor. Son sólo tres o
cuatro minutos para recargar la batería. Pero hoy, aun en punto muerto,
pedalea, y ve curvas y rectas delante. Dale gas, Iñaqui Acuña, dale. Una curva,
Iñaqui Acuña, freno, a poquitos, no, esta vez no, freno a fondo, qué más da si
quemas los neumáticos, ahora una recta, la de El Páramo, kilométrica, dale gas,
cuatro mil revoluciones, has cogido ya los 140, dale más gas, Iñaqui Acuña,
cinco mil revoluciones, 166, un poco más de gas… Ahora abre el portón y
conduce, como Dios, porque eras un mago conduciendo, hasta que la cagaste.
Como hay Dios que te ibas, que te
salías. Como hay Dios que Dios estaba reconviniéndote con soplete de carburo. Dale
gas, Iñaqui Acuña, plántate y dile que estás ya de vuelta y consientes que te
diga lo que quiera decirte pero que no vas a cambiar de idea, que el Paraíso estuvo
en El Páramo y allí los vivos no tenían ni campo santo ni copón bendito, así
que, por más cielo que te pinte el capullo…, y que si se ponía tonto, ibas a
gasearlo y mandarlo al infierno. Como hay Dios que te fuiste y desapareciste.
Esta vez sin estrellarte. Y llegaste a El Páramo, Iñaqui Acuña, visto y no
visto.

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