-Ya le tengo buscado nombre -dijo
el padre a Perejil, su hijo mayor y único varón-: se va a llamar como mi
abuelo: Mauricio.
-Joer, papá, eso no es nuevo,
lo llevas diciendo… -Y el padre dudó entre darle un cachete o quedarse mudo.
Ya la manija de la puerta
giró y la hoja empezó a abanicarse. Iba a ser el sexto. Hasta ese momento su
hermana gemela lo había tenido protegido y alimentado, era ella la fuerte, y de
pronto sentía pánico: no quería ser la primera. Así que en lugar de buscar la
puerta y adelantarse, meneó a su gemelo, sal tú el primero, y trató de sacarlo
del plácido rincón de la cueva lacustre donde convivían felices.
Y cuando un resquicio de luz
penetró hasta aquel fondo, ella, de espaldas a la salida, volvió a menearlo, y
él, que tampoco quería salir, que no, que no no no…, y la puerta se abrió ya
entera y la gemela fue succionada por la corriente de aire. Salió de culo, y
los gritos de dolor de la mujer resonaron en la antesala. ¡Niña! ¡Ha sido niña!
Y ya iban cinco seguidas, y el padre, que se había acercado a última hora con
el hijo mayor, Perejil, se resignó:
-¡Otra niña!
-¿Otra niña? Papá, ponle
Mauricia, que se joda.
Y el médico, señora, usted ha
parido una ratita, no pesa ni dos kilos, pero, no se preocupe, está sana, y,
dicho eso, se dio la vuelta y fue a lavarse las manos mientras el futurible
Mauricio permanecía de incógnito en el fondo de la cueva. Al cabo de quince
minutos la mujer ya se incorporaba, y la comadrona la ayudó y acompañó al
servicio, y según se sentaba sobre la taza le vino un fuerte dolor y se le
escapó un grito y él salió escupido y fue engullido por la luz y el agua del
rebosadero. No había dicho ni pío. He echado algo, dijo la parturienta en
estado de trance. Enseguida la comadrona la levantó y rescató del agua sucia
una cosa diminuta y silente. Señora, dijo el médico de vuelta, vaya parejita,
ahora un ratón, éste no pesa ni kilo y medio, ¿qué hacemos con él? Perdone, era
una broma; está vivo, que ya es mucho, veremos…
-¡Un niño!, ¡un niño!
-¿Qué? –el padre de la
criatura-. ¿Es mi mujer? Pero ¿no decían que era una niña?
-Papá -Perejil, que ya tenía
sus ocho años y medía casi uno cincuenta y seis porque de niño se había tragado
quince chupetes y todavía seguía mamando del pecho de la madre-, eso es que no
se la han visto porque la tiene muy corta. Papá: un mariquita.
Y el padre al fin le dio el
cachete: -¡Que te calles!
-¡Dos! –una voz desconocida-.
¡Es que han sido dos!
-Ah, bueno. Ya era hora de
que hubiera otro hombre en la casa. Ah, ya le tengo buscado el nombre,
Mauricio, como mi abuelo.
-Papá, joer, qué pesao. Yo le
llamaría Cojoncio -y otro cachete a Perejil-. Pero, papá, míralo, no tiene ni cara,
o le echa cojines o no llega a mañana.
Y ya no un cachete, una
patada en el culo: -¡Vete de mi lado!
Ah, Mauricio, pensaba el
padre, por fin voy a reconciliarme con el abuelo, ese misántropo al que no hay
Dios que le aguante, le va a gustar, mañana mismo le envío un telegrama:
“Querido Abuelo, te ha nacido otro hijo, guapo y grande y no ha dicho ni pío al
nacer (de tu índole y talla, querido abuelo), así que le pongo tu nombre”. Y de
pronto se oyó otro grito, ¡La niña habla! ¿Qué?, ¿qué ha dicho? “Miá… miá…”
Hasta ese momento ni padre ni hijo habían hecho puto caso de la niña. ¿Que ha
dicho qué? ¡Ha dicho ‘Miá…miá…’.
-No se lo creen ni ellos –Perejil.
Y tenía toda la de razón,
porque la precoz oratoria nunca pudo confirmarse y en los siguientes cinco años
la gemela no dijo ni miau.
Y por días barajaron ponerle
de nombre ‘Miamiá’ o ‘Minina’ porque decía la enfermera (única oidora del
sobrenatural balbuceo) que aquello semejaba el llanto pausado de una gatita.
Pero aquello estaba prohibido por la Iglesia, y le buscaron otro nombre muy
parecido elegido por la mujer: Micheline.
-¿Y eso, papá?
- Mi jefe de Cristalería
Francesa, que le ha dicho a tu madre que es bonito.
-Joer, papá, ¿tú no serás
gabacho?
-¡Vete!, ¡Sal de aquí, ya,
ya…!
Y también estaba prohibido.
Así que buscaron en el santoral del día y le pusieron Aniceta.
-Joer, papá, qué cojinetes le
echas, qué maravilla. Si sale marimacho van a llamarla Ano, y si no Zeta. O
Eta. Papá, tú fuiste a la Legión, eras fascista ¿no?
Y todo acabó… cuando la luz
fue engullida por la oscuridad.

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