martes, 20 de diciembre de 2016

El Nacimiento compartido sin Facebook


Todo empezó… al ser engullido por la luz y el agua sucia del rebosadero.
-Ya le tengo buscado nombre -dijo el padre a Perejil, su hijo mayor y único varón-: se va a llamar como mi abuelo: Mauricio.
-Joer, papá, eso no es nuevo, lo llevas diciendo… -Y el padre dudó entre darle un cachete o quedarse mudo.
Ya la manija de la puerta giró y la hoja empezó a abanicarse. Iba a ser el sexto. Hasta ese momento su hermana gemela lo había tenido protegido y alimentado, era ella la fuerte, y de pronto sentía pánico: no quería ser la primera. Así que en lugar de buscar la puerta y adelantarse, meneó a su gemelo, sal tú el primero, y trató de sacarlo del plácido rincón de la cueva lacustre donde convivían felices.
Y cuando un resquicio de luz penetró hasta aquel fondo, ella, de espaldas a la salida, volvió a menearlo, y él, que tampoco quería salir, que no, que no no no…, y la puerta se abrió ya entera y la gemela fue succionada por la corriente de aire. Salió de culo, y los gritos de dolor de la mujer resonaron en la antesala. ¡Niña! ¡Ha sido niña! Y ya iban cinco seguidas, y el padre, que se había acercado a última hora con el hijo mayor, Perejil, se resignó:
-¡Otra niña!
-¿Otra niña? Papá, ponle Mauricia, que se joda.
Y el médico, señora, usted ha parido una ratita, no pesa ni dos kilos, pero, no se preocupe, está sana, y, dicho eso, se dio la vuelta y fue a lavarse las manos mientras el futurible Mauricio permanecía de incógnito en el fondo de la cueva. Al cabo de quince minutos la mujer ya se incorporaba, y la comadrona la ayudó y acompañó al servicio, y según se sentaba sobre la taza le vino un fuerte dolor y se le escapó un grito y él salió escupido y fue engullido por la luz y el agua del rebosadero. No había dicho ni pío. He echado algo, dijo la parturienta en estado de trance. Enseguida la comadrona la levantó y rescató del agua sucia una cosa diminuta y silente. Señora, dijo el médico de vuelta, vaya parejita, ahora un ratón, éste no pesa ni kilo y medio, ¿qué hacemos con él? Perdone, era una broma; está vivo, que ya es mucho, veremos…
-¡Un niño!, ¡un niño!
-¿Qué? –el padre de la criatura-. ¿Es mi mujer? Pero ¿no decían que era una niña?
-Papá -Perejil, que ya tenía sus ocho años y medía casi uno cincuenta y seis porque de niño se había tragado quince chupetes y todavía seguía mamando del pecho de la madre-, eso es que no se la han visto porque la tiene muy corta. Papá: un mariquita.
Y el padre al fin le dio el cachete: -¡Que te calles!
-¡Dos! –una voz desconocida-. ¡Es que han sido dos!
-Ah, bueno. Ya era hora de que hubiera otro hombre en la casa. Ah, ya le tengo buscado el nombre, Mauricio, como mi abuelo.
-Papá, joer, qué pesao. Yo le llamaría Cojoncio -y otro cachete a Perejil-. Pero, papá, míralo, no tiene ni cara, o le echa cojines o no llega a mañana.
Y ya no un cachete, una patada en el culo: -¡Vete de mi lado!
Ah, Mauricio, pensaba el padre, por fin voy a reconciliarme con el abuelo, ese misántropo al que no hay Dios que le aguante, le va a gustar, mañana mismo le envío un telegrama: “Querido Abuelo, te ha nacido otro hijo, guapo y grande y no ha dicho ni pío al nacer (de tu índole y talla, querido abuelo), así que le pongo tu nombre”. Y de pronto se oyó otro grito, ¡La niña habla! ¿Qué?, ¿qué ha dicho? “Miá… miá…” Hasta ese momento ni padre ni hijo habían hecho puto caso de la niña. ¿Que ha dicho qué? ¡Ha dicho ‘Miá…miá…’.
-No se lo creen ni ellos –Perejil.
Y tenía toda la de razón, porque la precoz oratoria nunca pudo confirmarse y en los siguientes cinco años la gemela no dijo ni miau.
Y por días barajaron ponerle de nombre ‘Miamiá’ o ‘Minina’ porque decía la enfermera (única oidora del sobrenatural balbuceo) que aquello semejaba el llanto pausado de una gatita. Pero aquello estaba prohibido por la Iglesia, y le buscaron otro nombre muy parecido elegido por la mujer: Micheline.
-¿Y eso, papá?
- Mi jefe de Cristalería Francesa, que le ha dicho a tu madre que es bonito.
-Joer, papá, ¿tú no serás gabacho?
-¡Vete!, ¡Sal de aquí, ya, ya…!
Y también estaba prohibido. Así que buscaron en el santoral del día y le pusieron Aniceta.
-Joer, papá, qué cojinetes le echas, qué maravilla. Si sale marimacho van a llamarla Ano, y si no Zeta. O Eta. Papá, tú fuiste a la Legión, eras fascista ¿no?
Y todo acabó… cuando la luz fue engullida por la oscuridad.

¿Y eso cuándo fue?, ¿cuándo iba a ser?

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