jueves, 5 de enero de 2017

La Poza de los Ahogados a 4 de enero de 2017

4/1/2017
Son  la una y treinta y tres de la madrugada.
Hace  como media hora que Mau Acu ha llegado a la cabañuela.
Ahora mismo la temperatura en el interior del dormitorio marca 8’8 grados.
Cuando llegó y sacó la estación meteorológica de la bolsa marcaba 16’5 grados. Enseguida se desplomó hasta los 5’3. Ahora 8’8. Eso a pesar de que ha conseguido arrancar la catalítica y la mantiene al máximo. Siente las extremidades congeladas. Lleva puesto un pasamontañas y en los pies dos pares de calcetines de lana y encima cuatro capas de abrigo: la chaqueta de pijama con la que se levantó el día anterior, un jersey de lana, más un polar y el tres cuartos. Estornudos, moqueos… Las ideas se le empiezan a helar. Siente escalofríos. Pero no se va a meter en la cama. Lleva levantado desde las tres y veinte del día anterior, y está sin desayunar, sin comer, sin cenar… El cuerpo le pide a gritos que se tumbe y recupere. Algo de calor tampoco le vendría mal. Pero no va a ser. Si ha llegado hasta aquí, si ha recorrido trescientos cincuenta kilómetros de noche sin hacer una sola parada –los últimos 85 sin cruzarse con un solo coche y sin ver un alma-, si se ha atrevido a dar este paso y hace como cuatro horas bajó al garaje con 5 pesadas bolsas y una silla y la mochila y la maleta, si se subió al coche y lo arrancó siendo consciente de que llevaba en el cuerpo tan sólo el líquido espumoso de una docena de cervezas Mahou, si a veinte kilómetros de Madrid se desvió para cargar en el pueblo de la familia de la Dueña una montaña pesada de bártulos y herramientas, si ya entonces el cuerpo le pedía descanso –el pie y la rodilla de la pierna derecha le dolían una barbaridad por culpa de no sabe qué, imagina una patada a la pared del pasillo del apartamento o algo así-, si ha llegado hasta aquí sin que un puto coche lo adelantara en todo el recorrido hasta Burgos, si en Burgos ya se resentía de la pesada carga del viaje de dos horas a 140 con la cabeza jugando a pares y nones, pendiente de la carretera y a la vez dibujando el mapa de las horas anteriores y de las del porvenir -aquello que lo ha lanzado a buscar la cabañuela como último refugio-, si paró dos minutos en Burgos para hacer un par de llamadas, la primera a su primo Iñaqui Acuña, que no cogió el teléfono, y lo mismo con su prima Beatriz (eran las doce pasadas y estaba muerto de cansancio, y supuso que ellos en el primer sueño porque quería olvidar que estaban verdaderamente muertos), si recorrió los últimos 85 kilómetros a ciento veinte por hora en una carretera estrecha de doble sentido trazando curvas como un mago, si no volcó ni se salió de la carretera para salvar la vida de un conejo y un zorro que se le cruzaron y quedaron pasmados porque llevaba puestas las largas, si en el momento en que detuvo el coche frente a la verja y miró en la pantalla del salpicadero la temperatura en el exterior marcaba -4 grados, si cuando abrió la portezuela y se bajó y se paró un momento a observar las ramas iluminadas del viejo chopo que se entrelazaban con las del haya y vio colgadas en ellas un rosario de luces blancas y se quedó atónito, si tardó unos segundos en darse cuenta de que aquella serpentina de brillantes estrellas que iluminaban la noche prendidas entre las ramas no eran las luces de un árbol de navidad cualquiera, si ahora está aquí, sentado frente a esta puta computadora que ha tenido que reiniciar cuatro veces para que no se quedara colgada... Y sí, sin condiciones, fue entonces que supo que había hecho el viaje de su vida, y volvió a recordar de dónde venía y cuál era su designio.
Todo empezó hace muchos años por un trozo de rama de eucalipto mientras las niñas y él estaban sentados a la mesa pendientes de que la Dueña hiciera lo propio y gustaran el guiso y mataran el hambre. Todo empezó a eso de las dos de la tarde de aquel lejano día, cuando ella encontró ese desecho en el tacho de la basura. Encontró la Dueña ese despojo, veinte centímetros del cabo inferior de la rama que Mau Acu había cortado para ella el día anterior en el transcurso de un paseo por la Ruta Foramontana de la Cantabria interior: era un despojo, seco e inservible. Y ella, la Dueña, puso el grito en el cielo, y le maldijo, y lo tildó de inútil, dijo que se acabó, que ella lo quería todo, lo seco y lo no seco, que quién era él para decidir qué estaba sano, y que ya estaba bien, que se fuera de casa. Era la décimo novena vez en los últimos doce meses que ella se daba el gusto de pedirle lo mismo. Mau Acu sabía perfectamente que no se lo exigía, que era sólo una petición, una sugerencia de quien posee todas las prerrogativas por tener un trabajo y un sueldo. Así que estuvo esperando una hora y otra hora, y, mientras tanto, tomaba una cerveza Mahou cinco estrellas, una tras otra, incrédulo. Y cuando al fin ella volvió a dirigirle la palabra y lo acusó de dictador –por el pedazo de rama que había tirado al tacho-, y seguido lo tildó de incapaz y ocioso y señorito, Mau Acu supo el camino que tenía que tomar.
Y ahora ¿qué?
Lo propio sería despedirse. Sí: era un inútil. También un dipsómano. También era él. Y eso ya no había quien lo cambiara. Y en cierta manera le enorgullecía saber que todavía era él y no el rabo o cabo de la puta rama de eucalipto.
Y ahora ¿qué?
Son las dos y cuarenta y cinco. Media hora más, y llevará veinticuatro sin dormir y sin comer. Apura lo que hay que apurar, el trago. El  trago espumoso de la copa y el trago de la mala vida. Son lo mismo. O se parecen una barbaridad. Hoy es 4 de enero. Mañana cumplirá años su hija menor. Doce añitos. Mañana ni nunca estará en el apartamento para celebrar su vida pujante, esa juventud que a ella la adorna y a él lo trastorna.
Y ahora, ¿qué?
Salvo el calzado y el tres cuartos, se mete en la cama a las cuatro y media de la mañana con el mismo vestuario. La temperatura ha descendido siete décimas: 7'9. Tarda en dormirse. Despierta a las ocho y media. Es casi de día. La niebla desdibuja la paramera: ni rastro de Laguna Negra. El coche está disfrazado de novia frígida al que un manto helado de medio centímetro lo cubre de pies a cabeza. El dispositivo exterior de la estación meteorológica marca menos ocho. Va al baño y se refresca la cara con contadas cuatro gotas y toma la vara y coge el camino carretero. Cuando llega a El Gallinero, único bar que ha sobrevivido al paso de los años, se entera de que el día de Año Nuevo la temperatura mínima alcanzó -13 grados. Mientras se toma el café con leche y abraza la taza con las manos ateridas de frío, la patrona se entera de que en la cabañuela no hay chimenea ni más calefacción que una catalítica del siglo antepasado. Lo mira con cara de pena. Pensaba que el ‘señorito’ que aparece cuando quiere en Los Altos de la Paramera y se tira cuatro o cinco días recorriendo las orillas de la Laguna Negra o perdiéndose en el monte que cierra el valle por el este, pensaba que ese señorito habitaba la cabañuela en mangas de camisa, con su lumbre y su buena calefacción de gasóleo, y que por eso cuando salía a pasearse vestía cinco y hasta seis capas de abrigo para aliviar el frío que lo asaltaba tan pronto abría la puerta de la casa. Lo mira, incrédula, ya Mau Acu no es el que ella pensaba que era. Ahora empieza a entender que el señorito nunca busque conversación con los parroquianos que toman café a su lado buscando ese calor de la complicidad de los iguales, hombres que huyen de la casa para aliviar la carga de la soledad y compartirla con otros hombres de su misma catadura. El señorito viene a calentarse, porque en la cabañuela entrar en la cocina que está fuera de la vivienda y es más gélida que un pedazo de hielo supone cruzar el patio y prepararse para lo peor: la bombona que está en el exterior a veces se queda gélida, a veces los tres minutos de hervir el agua son un infierno. La patrona se llama Pilar y cuando Mau Acu pregunta qué te debo se queda un instante dubitativa antes de responder hoy invita la casa.
Y ahora… ¿Qué?
También en El Gallinero se ha enterado Mau Acu de que el Puerto de la Lunada ya está permanentemente cerrado durante todo el invierno. Las avalanchas de nieve sobre esa  carretera zigzagueante y talada a pico en la ladera con una pendiente del setenta por ciento propiciaron la medida. Hacía ya como cuatro años que un vehículo fue arrastrado por una avalancha y se precipitó al fondo del valle. Su dueño y único ocupante no murió en el acto. La capa de nieve blanda lo salvó de aquella tremenda caída de casi cien metros. El coche quedó patas arriba. Las heridas del ocupante no eran mortales. Así que, una vez que recuperó la conciencia, lo primero que trató de hacer fue recurrir al móvil, pero lo llevaba colocado sobre el salpicadero  y después de buscarlo y rebuscarlo no fue capaz de encontrarlo. Lo iba a matar el frío. Así que trató de salir por la ventana de la portezuela trasera. Lo consiguió no se sabe cómo. Y ahí se acaba todo: sin fuerzas para escalar la pendiente, volvió a arrastrarse hasta el vehículo. Tal vez llegara a escuchar los aullidos. Tal vez llegó a ver de frente los ojos fríos de la muerte. Las huellas de la manada de lobos estaban frescas cuando la guardia civil acudió a su rescate al día siguiente. Así que a Mau Acu, tanto si estaba abierto como cerrado, se le acabaron las ganas de probar su suerte en el Puerto de la Lunada.
Y entonces ¿qué?
Después de comer, dio un largo paseo por las orillas de la Laguna Negra, que de su inmensidad había recortado tres cuartos: tres cuartos de arena desértica y un cuarto de agua. Luego se acercó hasta la pequeña laguna de Los Ahogados. No había agua. Ni una gota. Parecía un chiste. Se acordó de que siempre había imaginado verla vacía y tratar de hacer memoria de los pasos que dieron los ahogados antes de que la asfixia los precipitara al fondo. Pero estaba tan colmatada, que ya era imposible ver los fondos trazados por la pala de las escavadoras. Ahora era una superficie plana y verdinegra que había sido hollada por las vacas y caballos montaraces. Pero en el margen izquierdo de la gran olla, una diminuta charca conservaba un manto de agua oscura porque su fondo estaba absolutamente colonizado por las plantas y no era fácil adivinar su profundidad. La contorneó. No acababa de hacerlo cuando se detuvo. Entre las plantas acuáticas brillaba algo. Se acercó hasta casi meter los pies en el agua. Lo reconoció: un coche. Aquello era un coche. Los agarradores de las puertas y el perfil de las ventanas eran plateados. Era un coche grande, alargado. De pronto supo: en el año de… No se acordaba, claro. Pero sí recordaba los dos atracos en el mismo día a las sucursales bancarias de dos pueblos próximos. El coche que habían utilizado los atracadores era un Seat 131. Para aquella época era un coche especial, grande y de un perfil aerodinámico singular. Lo recuerda, porque allá dónde iban sus primos y él aquel verano se fijaban en la marca y modelo de los coches. Jamás se descubrió a los atracadores ni el paradero del vehículo. Aquella había sido la época en que Mau Acu se juntó con un par de descerebrados como él y durante días y semanas planearon algo parecido. Dejó de verlos. Y treinta años después, la memoria se lanzaba a la búsqueda de más pistas.   

Seat 131 colonizado por plantas acuáticas en la charca

Se había echado la noche y de nuevo empezó a estornudar y moquear. Los cristales chorreaban. Dejó el dormitorio y fue a la antigua bodega y sacó del armario una manta y volvió y la colocó sobre la tabla de roble que hacía de sujeta cortinas y la pinzó con cuatro pinzas de tender la ropa. Morirse de frío era casi peor que morirse de soledad o vejez. Por los altavoces de la computadora seguía y seguía sonando la mítica canción de Eric Clapton ‘River of Tears’: “It’s three miles to the river… It’s four miles to my lonely room… Oh, how long I have to running in a river of tears (¿lágrimas o mocos y escalofríos y estornudos…?)”
Entonces Mau Acu supo que la vida a partir de los cincuenta años, la suya y la de los demás, tenía un par de sentidos: recuperar el tiempo perdido –en plan monumental como Proust, o bien en plan amigable y jovial convidándose cada poco con los escasos amigos que habían sobrevivido a la plaga de la bebida y la drogadicción y el fracaso (lo último a veces lo primero). Eso para saber quién era uno frente al espejo desigual de los que envejecían con peor o mejor fortuna y mantenían la memoria de los pasos y tropiezos nunca compartidos del todo. Y el segundo sentido: la capacidad virtual de sumarse a generaciones y generaciones de hombres y mujeres que se habían ido y ya nadie sabía de ellos.
Imposible. Del todo imposible colocarse en el pellejo de los otros. Del todo imposible no vomitar o caer de rodillas ante el escalofrío de esa virtual apariencia de lo muerto y para siempre olvidado. La verdadera agonía se sufría en el ante post morten, cuando uno estaba entero y sabía ya lo que iba a suceder en el momento en que su cuerpo apareciera comido por los lobos o medio enterrado en la nieve o destrozado en la carretera en la que volcó toda su furia y todo su anhelo. 

martes, 3 de enero de 2017

Año Nuevo, Vida...




  


Soy      El Liquidador


1.     La vida perfumada y digna de unos pocos y la cloaca de la inmensa mayoría.
2.     Para quien es joven la solución pasa tal vez por ganar una miseria y conformarse con un pedacito de la indignidad que heredó y plantearse un futuro de mierda. Para quien no es tan joven pero tiene arrestos la solución pasa por morder la yugular de los pocos que con absoluta avaricia poseen la dignidad que da la riqueza y despedirse si es el caso. Su ejemplo, el miedo de los pocos a que unos cuantos de los muchos sigan su camino, puede provocar un alza en la dignidad general. Esta utopía se celebra cada 300 años: los pocos perecen y en su lugar otros pocos pertenecientes a los muchos ocupan su puesto y no sabiendo qué hacer reproducen lo que vieron como prostitutos sementales de una estirpe inacabable.
3.     Pero yo no me ocupo de los dignos, mi papel es el de liquidador de indignidades, de esas que no tienen vuelta de hoja: vejestorios, enfermos malhumoradamente incurables y, sobre todo, me ocupo de los indignos de la peor calaña: los que han traicionado su vida y no se quieren acordar y si lo hacen es para lamentarse con la satisfacción de quien ve el tiempo pasar y huye de su mejor pasado porque tiene el mismo futuro que el de una monja preñada que huye del convento donde oró y pernoctó y vio a Cristo crucificado en su cama. 
    Y ahora, después de unos años de oficio, me toca: sí, me toca ejercer el oficio conmigo mismo porque soy un indigno. Porque yo no estaba llamado para esto. Pero hace unos años sufrí la crisis de los cuarenta y qué importa y mi dignidad empezó a naufragar. Recuerdo el buen día en que estaba sentado en un banco en el parque debajo de casa, estaba leyendo para distraer o disfrazar mi indignidad, para no creérmela, y vino un señor ya madurito y sentó sus reales en el otro extremo habiendo más bancos vacíos, y al poco soltó en voz alta "¡Puta vida!". Levanté la vista y lo vi mirarme: "Joven", dijo (el muy cabrón quería halagar mi vanidad y forzar la puerta de mi silencio y mi rechazo): "Joven, ¿te das cuenta de a dónde vamos?, tú… tú no te acuerdas…, claro que no te acuerdas". Y dijo más, todo más o menos de la misma estúpida y satisfecha rebeldía comida por la polilla. Aquella indignidad no sólo era suprema, sino que también vi reflejada en ella la mía propia (la suya no me llegaba ni al ombligo). Decir por ejemplo que leo y hacerlo a escondidas, decir que tampoco pinto –o que pinto sólo monas- y emborracharme de gozo al meterme en el estudio y recuperar la muñeca con la copa pincelada con la marca Mahou cinco estrellas.
-¿Eh? Ahora tengo nuevas ideas...
-Has perdido el vigor. Media hora sentado aguantas como mucho. Enseguida tienes que cambiar de tercio, darte a la decoración, a los mensajitos por ordenador…
-Esta vez es distinto.
-No hay plazo. Tengo una liquidación pendiente. Luego vienes tú. Puede ser de hoy a mañana o a la semana que viene.¿Qué pasa? Te has puesto lívido. Estás pensando en el cuándo, en el cómo y en el dónde. Ya sabes, en El Puerto de La Lunada. Ya sé, tienes alguien que te herede, alguien a quien traspasar el milagro de la vida.
-Estoy Muerto…
-La cantinela de todos los días, la frasecita con que tratas de exorcizar lo inexorable. La lanzas cuando estoy distraído y quieres darte el gusto de saborear el escollo y besarte  el culo.
-Pensemos…
-Piensas mientras te miras en el espejo, ¡que no se cumpla la profecía! Tres años ya que murió el amigo ausente.
-¿Y mi hermano Perejil? Alguien pensará que lo liquidé yo...
-Es jodido despedirse, ¿eh, compañero? Venga esas últimas lágrimas, esos últimos mensajitos:
a. Las cuentas que dejas, los seguros y demás para que los que te sobrevivan después de haberte sufrido tengan algo de lo que alegrarse.
b. Las malditas recomendaciones: ¡Cuidadín, el grifo de la bañera gotea, el lavaplatos tiene la puerta descolgada, la luz del salón se regula…!
c. Los secretitos: detrás de la rejilla de la cocina hay 100 euros, detrás del radiador del salón, sujeto por un hilo invisible hay un fajo de billetes: 1000 euros; el collar de oro de madre está detrás del gavetero...
-Me estás jodiendo..
-Sigue:

           "Hola Campeón: Empiezo a sufrir de Alzheimer y va siendo hora de proyectarse: Será el 15 de enero si los hados y las circunstancias no modifican el proyecto. De hoy en adelante no recibirás ningún comunicado (me anticipo, seguro de que el Seguro contratado con el banco montará sus inspecciones en su momento, me anticipo, digo, a ese coloso capaz de dar al traste con mis designios). Por último: ¡olvídame! (ya sé que te será imposible porque he sido una mala compañía, y lo malo perdura, se diga lo que se diga, y mira ahora que lo siento). Y ya: Borra este correo según lo leas, mándalo al limbo porque me compromete. No me voy, Campeón: Todo está por hacer y estoy más nunca volcado en la novela de ‘El Liquidador’. Mismamente este que te escribo es parte de la novela: el futuro ya no entrevisto, sino puesto delante, el placer de ver cumplido un designio".