lunes, 28 de noviembre de 2016







HECHO 9: IÑAQUI ACUÑA: TOMA PRIMERA:
Retirado de la circulación antes de agotar sus cuarenta páginas, el álbum familiar exhibía a modo de conclusión una foto en blanco y negro de cantos recortados. La perspectiva era sin duda halagüeña: aquel verano del 76 tres generaciones de los Acuña celebran y festejan. Los celebrantes posan delante del portón de la cabaña; se llega a ver un tramo del cercado de piedra y cuatro retales de la pradera que circunda la casa; sobre la línea quebrada de los tejados, emborronado por la fronda de un par de hayas centenarias, asoma un cielo inadecuado, sin una nube.

Iñaqui Acuña la compara luego con aquella otra, cuatro años después, en que posan ante la cámara los cinco Acuñas más jóvenes, y se recuesta en el sillón articulado, un Winston sin encender en la mano, a ratos en la boca, para aspirar el sabor de las hebras, y también a mano la botella de ginebra MG y la cubitera y la tónica Heritage de Schweppes, a ratos moja los labios en el vaso y casi que  logra recomponer una imagen, un mundo, que ya le están vedados, los hielos al cabo se derriten y aquello sabe más a agua que otra cosa y la boquilla del Winston tiene ya saliva suya y no le gusta. Pero él pasa de casi todo: además ahora se ha vuelto a medio enamorar: fluye por sus venas un aliento que no deja lugar a dudas: aquellos veranos, apenas mes y medio en El Páramo, lo catapultan a la tibieza y hasta calor de una familia: todos le apreciaban, e iba creciendo enamorado de unas primas que le querían para confesarse y enamorado también de un futuro retiro en la cabañuela que estaban resucitando, volviéndola verde y naranja y azul, porque había mil ojos que la contemplaban y te daban una versión distinta.


martes, 22 de noviembre de 2016

EL FRÍO




 30 de marzo de 2016: He llegado a la cabañuela. Al frío. Traigo conmigo la estación meteorológica Oregón. Cuelgo la exterior de una escarpia en el muro del patio. Al cabo de unos minutos marca menos tres graditos. La interior, en el dormitorio pegado a la antigua bodega, marca más uno. El pronóstico para mañana es nevada copiosa. A eso venía. Descargo las mil cosas –una barandilla de 3 metros que pillamos mi amigo y yo cuando estaban deshaciendo la añeja taberna Los Gabrieles, un somier de 105, tres butacas, cajas de herramientas, maleta, bolsas, dos tableros, una mesa de roble abatible… ¿Para?, ¿qué me mueve a traer y traer mil cosas a este cementerio de elefantes? Hace cuatro meses arrastré con una veintena de esculturas madereras, levantadas como por arte y magia del sueño que me alimenta cuando pongo un pie en este espacio remoto y fósil. Hoy vienen de vuelta, casi irreconocibles, deshechas por los mil trajines y la perentoria necesidad de meter en el coche hasta lo imposible. Perecerán en su lugar de origen. Alimentarán, así lo creo, el último fuego en el patio. También traigo una maleta llena de papeles. En la última noche atizarán ese mismo fuego. O lo apagarán. Porque son papeles. Mejor enterrarlos o volcar la maleta en el contenedor de papel situado a sólo 18 kilómetros, Torres de Arriba, algo como un pueblo, aunque en invierno no mantenga más que una población de 27 habitantes.

¿Heraldo o Hereje?

En la noche sin estrellas en Madrid de un final de abril de 1996 Mauricio Acuña atisbó los encuentros y desencuentros de unos pocos electrones y unos cuantos neutrinos y unas putas golfas neutronas. En sueños, tan vívidos que le dejaron la impronta de un pasado y un presente, visualizó con los ojos abiertos el clima y la orografía de la viciada cabañuela en el altiplano, en los altos de la paramera, y se trasladó y ascendió a las peñas y vio llegar el nuevo día envuelto en nieblas y con el frío metido en los huesos y la calambre de no saber qué hacer. Ese cielo desestrellado se venía arriba. El prodigio era sobrenatural y hasta escatológico (porque a las veces Mauricio Acuña se cagaba en los pantalones de purita diarrea mental, porque a diario diblaba con los muertos y con los vivos y cambiaba de bando según las circunstancias y la formación del equipo. El resultado final estaba cantado. Lo sabía, y se entregaba sin embargo con todo el alma a ganar o perder. Era mareante estar un día a favor y el siguiente en contra. Aquello le provocaba vértigo y a menudo tropezaba con las sillas o la esquina de la mesa o el aparador y tenía que ponerse firme y preguntarse quién era o si estaba muerto o acababa de resucitar).

¡Dios! ¡Dios mío…! ¡Maldita sea, sí que había herejes! ¡Y apóstatas! ¡Y hasta herejes requeteapóstatas!  Sí: Él le visitó esa noche, llevaba una blanquísima camisola de Zara extra grande y le dijo: “Tú eres la elegida; acorde con los nuevos  tiempos, el Cristo se ha renovado y ahora será Crista”. Y Mauricio Acuña fue corriendo a mirarse en el espejo. Dios era medio sordo pero tenía buen ojo. Esa misma mañana me había levantado algo espesito y me había metido en la ducha fría –imposible encender el calentador lleno de telarañas- y maldecido a mi creador y había renovado los calzones extra largos y la ropa de vestir que llevaba puesta cinco días seguidos -desde que aterricé en la cabañuela y el frío incondicional hizo florecer las capas de cebolla- y me había afeitado con una cuchilla mellada y puesto una docena de apósitos pellizcando el rollo de papel higiénico, y luego había buscado alguna crema en la bandeja de las féminas y me la había aplicado para disimular el destrozo porque iba a visitar a mi tía abuela Carmina Acuña y preguntarle quién cojones éramos o de dónde veníamos (llevaba semanas metido en el MyHeritage y pagado 230 euros y entubado unas gotas de saliva y otras de esperma para unas pruebas de ADN y había recibido la confirmación de que teníamos más rastros de Homo Neanderthalensis que de Homo Sapiens. ¿Rastros?, ¿o rastrojos?), Y recién afeitado y maquillado y con la braga del Cuello colocada a modo de diadema o coletero me miré y remiré en el espejo. Joer, dios sí que sabía, aunque fuera ciego y sordo. Si no fémina, sí era candidato ganador a mariquita del año. Y entonces adiviné lo que Dios adivinaba: me estaba recetando un cambio, que me transgenerara e hiciera de mi cuerpo…

-¿Te gustan los coños, Mauricio?  Pues hala, a tenerlo a mano para el resto de tu vida, te podrás mirar de ombligo para abajo y conturbarte y excitarte para el resto de tus días.

- Pero, Dios, no me llego, no alcanzo a. Sí con la mano, pero no con la lingua. No llego a parlare y salivare.

-¡Ah, Crista! La elasticidad. Tienes que hacer estiramientos.

 Y me acordé de Antony, el de Antony & The Jhonsons, aquel muchachote de 150 kilos y 2 metros, sus gorgoritos, aquellas letras a las que su voz acompañaba con deliciosos trinos… Por fin él iba a tener un coño a guisa de capitulaciones. Pero un servidor era algo fino, en todos los sentidos. Así que, aunque me provocaba tener un coño en la entrepierna, no alcanzaba a entender cómo iba ese cambio a materializarse en mi cerebro: mariquitamente hembra (porque cocinaba y planchaba y fregaba y limpiaba y pulía como la mejor ama de casa) y cojunadamente macho porque oler a eso, a macho, me provocaba rechazo inmediato y porque no admitía más pelo que el de la cabeza y la entrepierna y porque hasta mi madre de 83 en su lecho de muerte me había provocado subidones de testosterona y porque…

-¡Dios, no puedo ser Crista! Quiero ser tu elegido y llevar la cruz de tu gloria pero, please, recétame algo diferente, un postizo, algo que pueda quitar y ponerme a conveniencia, así podré entrar en los lavabos de mujeres y averiguar qué coño hacen ahí dos horas largas, o apáñame un catalizador en la entrepierna que provoque mareas de entendimiento entre mi vecina y yo, y, si aparece el marido de la vecina, también entre él y yo y ella y… y si es menester, también toda la comunidad de vecinos.


martes, 15 de noviembre de 2016

IÑAQUI ACUÑA: TOMA PENÚLTIMA III





-Mañana entra el otoño –dijo-. Parece un contrasentido: mañana estaré allí, y será como si estuviera de nuevas.
Apenas una hora antes había sonado el teléfono. Era Beatriz. A ninguno de ambos le alcanzaba la sospecha de que aquel viaje a El Páramo iba a ser acaso el último (quise hablar, quise pensar en voz alta, quise que nos planteáramos en serio irnos a vivir al Caribe o a la Chimbamba… Decir: Vivir es jodido, tío. Me siento superado, soy débil. A veces he pensado en entrar en una iglesia y confesarme. Como eso no puede ser, trasnocho y bebo y de vuelta a casa echo fuera hasta la comida del día anterior. Debe de ser lo mismo. Confesar: también yo tengo noticias, tío: no tengo voluntad, a la carrera la he mandado al cuerno, me he divorciado y vivo una vida prestada, sólo mis pen-samientos son autónomos; de lo demás, parte es tuyo, hijo de puta, lo siento, te lo mereces, no se puede corregir la vida cada dos por tres y la mía y la tuya llevan camino de tener más tachaduras que renglones. No era eso. Perdona, tío: se me ha acabado el gintonic, enseguida estoy contigo… Ya. Decía que si tienes una idea clara de quién eres y de dónde vienes –Confucio-, pues entonces puedes concederte hasta la duda y pecar y ser débil por un día y levantarte y volver a caer y continuar, sin empezar desde cero cada vez. Somos muchos, el árbol no es el tronco; las ramas te dan sombra, sonido, magia; sin ellas, el tronco encallece y cosifica. Tenía razón Lidia. ¿Y qué? Pues, eso. Tenía que habar hablado, pero no había bebido lo suficiente. En lugar de eso…) pregunté:
-Y Beatriz ¿qué piensa? 
Yo sentía celos, desde luego. Pero también mucha reserva. También a mí me habían alcanzado los rumores y me preguntaba qué podría pasar si un día Mamerto hablaba o si lo hacía cualquier otro que lo quisiera comprometer. La familia ya poca importaba; la emigración había conseguido cerrar un capítulo de la vida de muchos; la ciudad los había acogido, en la ciudad había acabado por apagarse el rumor de la sangre y había nacido el culto banal a la tierra y la familia. Imposible que las cosas retornaran.
-¿Que qué piensa de lo nuestro? Buena pregunta. No tengo ni idea, la verdad. Pero es que tampoco puedo responder por mí.
Se acercó hasta la mesa, volteó la silla, se sentó y cruzó los brazos sobre el respaldo y me miró.
-Supón que te pido quedarme en tu casa un tiempo…
De pronto fue como si estuviera viendo dos imágenes superpuestas y coincidentes, la de Mauricio y la del bisabuelo; su expresión, demasiado la misma, me producía inquietud: era la de un hombre capaz de cualquier cosa -por nada, y por todo-, como si no supiera qué hacer de la vida y buscara desesperadamente algo que le llevara en una u otra dirección. (Cómo explicarlo: conocí al bisabuelo, me creo que mucho mejor que Mauricio, puesto que él apenas tuvo oportunidad de cruzar cuatro palabras en los tres días que estuvo por primera vez en El Páramo cuando tenía siete u ocho años y la Eta explosionó varios artefactos junto a su casa de Madrid, y ya nunca más; conocía al bisabuelo mejor que él y desde luego buena parte de la historia de la familia, porque mi madre, una Acuña de rango, le había contado a mi padre, que era un advenedizo en aquel mundo de Acuñas, y él, cuando bebía -porque le era necesidad, porque su mujer le superaba en todo, salvo en edad, porque la familia de ella también superaba con creces a la suya, tanto en miembros como en misterios y devociones-, cuando bebía, digo, se abismaba siempre en su mujer y el padre de su mujer y el abuelo de su mujer, era así, tenía que ser así, porque todos los veranos no salía de allí, y mi madre, sociable como era, le contaba mil chismes, porque para mi padre aquel mágico mundo de El Páramo era un extravío, una confusión y enredo tan grandes que, o pasabas o te absorbía, y mi madre le explicaba o trataba de explicarle aquellos lazos de sangre tan solidarios y hasta fraternos, y mi padre, achispado, me contaba a mí. Y una vez, una sola vez, vi al bisabuelo delante de mí, a solas, sentado a horcajadas sobre un silla de respaldo alto en la cuadra y mal respirando como si acabara de matar a alguien o fuera a cometer cualquier otra barbaridad). 
-Supón que me quedo en tu casa, que la veo los fines de semana y terminamos agotando esos encuentros idílicos. Supón que ella me pide otra cosa, otro tipo de relación, y que llegamos a pensar en vivir juntos… Supón que me lío la manta a la cabeza y acepto. Y después ¿qué?
En ese momento supe que Mauricio se debatía entre matar el deseo o perderl a Beatriz, ambas equiparables, ambas suicidas. ¿Qué futuro había? ¿Qué iba a hacer ella? ¿Romper con la familia? Y porqué: ¿por él? Y cuánto podía durar lo suyo. ¿Iba él a vivir toda la vida pegado a su culo, como un chulo? ¿Qué sabía hacer él? Si mataba el deseo, la realidad aparecía de pronto desnuda: la vida le empujaba ya en una sola dirección.
 Se levantó, se acercó hasta el balcón y quedó apoyado contra el quicio, las manos en los bolsillos, observando tal vez el cauce del río, sus orillas infestadas de juncos, el estancamiento de aquella agua que procedía en parte de la Laguna Negra.
-A veces pienso que fue ayer cuando abrí la jaula –dijo, sin volverse-. Desde entonces poco o nada tengo que contar si no quiero repetirme.
-Apostar por ‘el todo o nada’ es una locura - dije con un tono de confianza-. ¿Amigo de las medias tintas? Quizás. Una piedra de tamaño medio es para mí una pared; rechazo el esfuerzo de moverla o pasar por encima. Tú, en cambio, ni que se te ponga delante un muro, o lo tiras a la primera o te dejas la cabeza en el intento. De acuerdo, ni lo tuyo ni lo mío; lo propio sería coger una maza y darle dos o cuatro golpes ¿Qué nos iba en ello? Recuerda las palabras de Lidia y Elena: El Páramo no iba a estar esperándonos siempre. Con Bea te puede pasar lo mismo si no cambias.
De manera brusca se dio la vuelta:
-¿Cambiar? –agitaba el puño cerrado-. Esa palabra debe daros de comer a unos cuantos. Cambiar… Es fácil: sólo hay que poner la memoria a buen recaudo y vivir el día a día. Entonces claro que pasan cosas, te dejas sorprender por el chorro de agua de la fuente o por la factura del teléfono, y cambias, hasta cuatro veces al día.
-No, me refería…
-Calla. Deja que acabe. Cambiar. Sí, lo sé; te refieres a evolucionar, en un sentido personal, a la liquidación periódica de una actitud vital con fecha de caducidad, al reconocimiento de que las cosas que te afectan a los veinte son y deben ser diferentes de las que te afectan a los treinta. A los veinte te dan por el culo los atascos, los impuestos, la subida de la gasolina: no tienes coche, no tienes nada, sólo tus santos cojones para hacer tu vida o dejar de hacerla; a los treinta tienes además un piso, quizás por pagar, y una lavadora estropeada y dos críos que se te escurren hasta por debajo de la puerta. Vives en el sobresalto permanente. Un día al año, vas, vienes: cuatro paseítos por la memoria; es tú cumpleaños y eres un afortunado porque te acuerdas todavía de lo que una vez hiciste o pensaste o de la tentativa de aquel proyecto grandioso pero estúpido. El espejo te devuelve una imagen cambiada pero sólo notas que te sienta mal la chaqueta y lo primero que se te viene a la cabeza es: tengo que cambiar… Cambiar ¿qué? ¿o de qué? Te tumbas en el sofá; coges un libro, enciendes el televisor; te gusta y no te gusta lo que ves alrededor: la casa, pequeña o grande, qué más da, te faltan muebles o te sobran, siempre la verás medio vacía o medio llena; el televisor anticuado o quizás nuevo pero excesivo, alguien puede llegar a pensar que no haces otra cosa que estar frente a la pantalla…. Del libro ya no te acuerdas y lo primero que te dices es: tengo que cambiar… ¿Qué?, ¿o de qué? Mala conciencia, primo. No; ni eso es cambiar ni vas a cambiar ya nada. Has olvidado algo fundamental: un día, en un instante, en una decisión, cambiaste. Fue una desafección radical. Y a lo peor sólo cambiaste de chaqueta. A partir de ese día te puedes cambiar hasta el color de los ojos, vas a seguir siendo el mismo. Pero ¿quién?
Dejé pasar unos segundos. Me levanté, coloqué un disco sobre el plato. Volví a la mesa.
-No cambies -dije.
La luz que filtraba la pantalla parecía concentrarse en las hilachas de humo de su pitillo y en los ecos de la voz rota de Tom Waits.


martes, 8 de noviembre de 2016





El verano llegaba a su fin y la Laguna Negra se había convertido en un estanque. Mau Acu pudo contemplar las zapatas del viejo puente que unía las dos orillas de dos mundos distantes pero afines. El cielo era tan azul... Y el viento Norte no rizaba la superficie y aquella lisura tan plana... ¿Un espejismo? Casi que era posible ser Dios y andar sobre las aguas y llegar a la otra orilla. 


Pero Dios estaba de vuelta de todo. Y Mau Acu le correspondía: de vuelta también él de dioses mudos y caminos destronados del Reino de los Cielos: sus cimientos eran sus raíces, y el desaguadero de la Laguna permitía ahora desenterrarlas, descubrir los bosquetes muertos con la subida de las aguas, plantarse en el cenagal y remover aquellos muñones que asomaban apenas medio palmo.


Aquella raíz era como una estrella, y Mau Acu la había colocado en la apertura del soportal de la vivienda, frente a la polea del pozo: el día en que le llegara la hora y abatiera la trampilla y colgara la soga en la polea, vería de frente aquella raíz sobre el fondo de unos robles desnudos y un cielo... gris.

IÑAQUI ACUÑA, TOMA PENÚLTIMA II



La Quema del pasado carcomido
Un banco de niebla cubría la laguna e iba ganando la pradera cuando a última hora de la tarde salieron a dar un paseo. Mauricio sentía como un avispero en la cabeza; en apenas horas había rescatado un buen número de imágenes antiguas: trastadas, caminatas, bailes y planes, muchos planes para un futuro… Aquel futuro por supuesto que había quedado estrangulado, pero su sueño de enterrar El Páramo empezaba a parecerle un imposible. Quizás ya era lo de menos. Lo que de verdad resultaba inconcebible era la falta absoluta de previsión de lo que estaba sucediendo. Había contado con la posibilidad de ver a Mamerto, a Lidia tal vez, a mí, claro, y sabía perfectamente con qué se iba a encontrar: algunas referencias al pasado, la novedad tal vez de un marido o una mujer estupendos y algún hijo piando por la teta o el biberón (en mi caso un divorcio al cabo de dos años de matrimonio y una hija, a la que entregué, por supuesto sin ninguna lucha, a su madre, feliz de volver a verme solo y con mil novias presuntas y leales). Para ejemplo, ahí estaba Mamerto, qué nerviosismo y qué sincero, no se podía imaginar cuánto lo había echado de menos, y lo había cogido del brazo el mismo día en que llegó y se lo había llevado: había que celebrarlo. Durante el primer cuarto de hora lo había estado observando, sin parar de hacerle brindis, rellenando su copa, que dejaran allí la botella. Al final había dejado caer los brazos a la espera de que Mauricio dijera algo, y media hora después seguía con los brazos caídos.
Contaba con llegar a tener que ser despiadado con el que menos culpa tenía, pero nunca con encontrarse con Bea, y no quería ahora volverse a mirarla, a decirle que por favor le soltara la mano, que a saber quién los podía ver. No, no quería soltar su mano, y quería volver a escuchar su voz que le acariciaba los oídos con expresiones que pensaba pasadas de moda, “Te quiero”, “Amor mío”, quizás sólo porque le parecía lejanísimo el tiempo en que él las había pronunciado, o susurrado, una vez, o quizá alguna más, y sorprenderse, un segundo y otro también, de que ella no fuera un fantasma.
Ahora de nuevo ella le reprochaba que fuera a su lado como quien va con un palo, ¿en qué pensaba?, habla, di, no todo iba a ser darse besos, abrazos, y… y poco más, un reprimido es lo que era, pero a la noche ella le iba a atar las manos, que se fuera preparando.
Llegaban a casa de los Fabianes y Albertín apareció de pronto a la puerta de la cochera. Beatriz sintió una opresión en el estómago. Todo había ido tan aprisa, que no había pensado siquiera en la posibilidad de ese encuentro. Mauricio tal vez no se diera cuenta de que ella le soltó la mano, o no quiso darse cuenta. Cruzaron un saludo y con naturalidad siguió adelante.
Iñaqui Acuña no rebusca entre las libretas pero abre otro paréntesis: (Nota: Alberto Fabián: Para nosotros se trataba del hijo mayor de los Fabianes, unos advenedizos que en sólo una década han llegado a hacerse dueños de tres cuartas partes de El Páramo. Federico, el patriarca, ha hecho ya proposiciones a la abuela. Ya le ha ido también con quejas: “Entre nosotros, señora Aurelia: anteayer sus nietos me tiraron la alambrada, sí, la que coloqué junto al portillo para que el ganado no se me desmandase.” Trabajaba catorce horas y arreglar la alambrada le iba a suponer dos horas extras. Para nuestra conciencia impía esa maldad estaba más que justificada: Federico nunca iba a llegar a aceptar que nosotros, unosveraneantes’, tuviésemos nuestro propio punto de vista. Al contrario que Vicente, el dueño del restaurante ‘La Cabaña’, Federico alentaba la ruina de las cabañas y la despoblación; cuanta menos gente hubiese menos problemas y más terreno y más ganado y más dinero. Federico estaba equivocado y nosotros también: él era bruto, ambicioso, trabajador; nosotros, ociosos, jugábamos a ser mayores al tiempo que soñábamos con una tierra que no sólo alimentaba al ganado y a su dueño, sino que también era un lugar donde se derramaba el vino y de noche palabras en torno a un fuego, más aún, un lugar al que volveríamos un día para quedarnos, por gusto, por placer, porque era digno y había allí algo nuestro que nos llamaba desde siempre. Pero Albertín, el hijo, no parecía mal tipo, tampoco había que hacerle pagar la ambición de su familia. Mostraba incluso cierta querencia por nosotros).
 Yendo por la carretera Bea le preguntó si lo había visto ya antes. La respuesta de Mauricio la tranquilizó apenas unos instantes. Se detuvo; sin mirarle a los ojos, dijo que quería irse, al mar o a cualquier otro sitio, no mañana, no, hoy mismo, El Páramo le iba a traer a él recuerdos… Qué metedura de pata, que olvidara lo que había dicho. Por cierto ¿había hablado ya con Mamerto?


…Iba a hacer una semana ya que Mauricio estaba viviendo en mi casa. Trasnochábamos y bebíamos y hablábamos. Siempre, a última hora de la noche, Mauricio rescataba entre las sombras alguna escena de aquel encuentro. Juntos, él y Beatriz, por el camino de la excomunión y el rito de exhumación de la cabañuela y El Páramo.

domingo, 6 de noviembre de 2016

La Ratonera





Tablilla con los mortuorios restos de un roedor



¿Qu'est que ce?

Este cuadro meirvelleuse es el dibujo de una muerte requeteconsumida.

La Ratocracia -ese poder omnímodo de unos seres ínfimos, su virulenta reproducción y su invasiva presencia en el mundo hastiado y cuasi difunto de los Acuña-, catapultó el que Mau Acu buscara los recursos más novedosos contra la plaga: un pegamento silicónico colocado sobre tablilla en el presumible paso de los invasores. 
Una semana después de instalado el invento -y ya olvidado de la presencia del roedor- encontró lo que se ve: el pegamento aún fresco sobre la tablilla y... y un rebuño de pelos junto al rabito: se echaba en falta la cabeza, el tronco y las extremidades del roedor. ¿Habría sido abducido?

Mau Acu, con la complicidad y sabiduría de su primo hermano, Miguel Acuña, resolvieron que aquella muerte era o había sido terrible, que mejor el garrote-vil, la trampa de toda la vida. Así que nunca más se sabrá de ese animalito atado a un pegamento y esperando la muerte por horas y días.

Ya no existe la tablilla: pero quien quiera la fotografía de los restos de esa muerte agónica e indescriptible, el último dibujo de ese pequeño roedor que correteaba por la puta cabañuela como un ser autónomo, pues que pregunte a Mau Acu: ¿50€?, ¿500€? ¿Eso valía la foto del ultimátum?, ¿eso vale el flash casi urgente y espamódico de un humano ante la presencia de un rebuño de pelos? ¡Que te aspen, Mau Acu!

Iñaqui Acuña: Toma Penúltima

HECHO  8: IÑAQUI ACUÑA: TOMA PENÚLTIMA:
Despierto desde las cinco de la madrugada Iñaqui Acuña sigue tumbado y recapitulando, pasando página tras página de aquella  tacada de hojas por las que ha empezado a sentir un afecto ciertamente preocupante. No es tanto lo que dice, que eso está y estará siempre en su cabeza, sino cómo lo dice, de qué manera se siente implicado, y cómo le va ganando la sensación de que esas hojas son su vida –tan presente como pasado y futuro-, de que vive y respira por ellas. Y eso le preocupa, porque genética y biográficamente jamás se le ha ido la mano un solo centímetro, jamás ha sentido que nada ni nadie estuviera por encima de, digamos, un buen filete de ternera o un buen gintonic  o un buen polvo. Se le está yendo de la mano, tiene que reducir la marcha y no dejarse llevar por la excitación subida de revoluciones que protagonizan Bea y Mauricio y que ha empezado a redactar mentalmente. Y le jode, porque nadie quiso tanto a su prima Bea como él. Y le jode decir lo que sabe pero que hasta ahora maldita la gracia de decirlo con palabras, una a una, blanco sobre negro:
Tumbado, sin deshacer la cama, Mauricio quiso cerrar la puerta para no llegar a oír los movimientos de ella mientras se quitaba la ropa en la pieza vecina. Aún escuchó el inevitable crujido del gastado tejido de muelles bajo su peso. De pronto otra vez el relámpago, de pronto la voz de Beatriz: “¡Eh, Mauricio! Te despierto en cuanto me levante ¿me oyes?” Y aún al cabo de media hora seguía escuchando el resorte de muelles de esa frase, de esa invocación que lo proyectaba hacia el día siguiente.
Debía de parecerle una ficción. Ya entonces no sabía lo que era una cita, había olvidado la sensación de tener un pie adelantado, de estar esperando o dirigirse hacia algo. Una cita, trataría de imaginar: alguien y él. O para ser más exactos: ella y él mañana, mañana. Ella, él y El Páramo.
Estuvo a un paso de levantarse y preguntarle quién era ella o quién era él, para que su silencio o su tontería hicieran evidentes que no existía mañana. Ella por su lado y él por el suyo. Sólo primos. Sólo parientes. Sólo la engañosa familiaridad y dos o tres recuerdos comunes.
Y ya estaba entredormido, y aún seguía, mañana, mañana, como si la sola mención de esa palabra le abriera a un mundo desconocido, y retador, ante cuya perspectiva tenía que ponerse en guardia.
A la mañana ella se presentó en pijama en el dormitorio de Mauricio (imaginar a Bea en pijama, sin sostén, con esos pechos que son la gloria de Dios, si lo hay, imaginarme a mí en la posición de tumbado y sus pechos sobre mis napias…): “¡Arriba, holgazán!”, pero, bueno, si dormía vestido, ¿por qué? Ya, luego se lo contaba. Venga, venga; había una luz para morirse, un día precioso, verás.
Todavía la luz no se había despeñado desde el risco. Todavía el rocío. Todavía la sensación de la noche anterior, multiplicada ahora ante la perspectiva de la jornada entera por delante a su lado, sin certezas, sin planes, seguro de ser él, quién si no, seguro de estar bordeando el final, un día más, y se iría, para siempre.
Sólo que ahora ella se lo llevaba hacia el monte, no te pares, anda, antes de que asomara el sol por las peñas tenían que llegar a la casa del minero, verás.
De pronto ya no tan seguro, empantanado entre dos orillas, dos mundos, aplomado con el lastre de recuerdos de una vida ya perdida.
Alcanzaban la casa del minero y no eran las nueve. Allá arriba el verde de los prados estaba sembrado de manzanilla y las telas de araña entre las árgomas parecían pañuelos de seda húmedos. No se divisaba la carretera. Tampoco la laguna. El horizonte era un plegamiento de laderas pinas aptas sólo para pastar el ganado.
-La casa del minero, qué ironía.
Apoyada sobre el murete que rodeaba la cabaña, Bea se volvió hacia Mauricio.
-Pero si tienes lengua, quién lo diría. A ver, cuéntame.
-No ha existido nunca el minero. Sólo su sombra; un hombre fatigado y silicótico que se retiró aquí a vivir el final. No duró medio año. Nosotros preguntamos por él. No estaba muerto, pagaba aún la contribución, la luz, el agua. Volvería. O quién sabe, quizás ya había vuelto; no era amigo de hablar mucho ni poco, irse a vivir él solo aquí arriba decía bastante. Sólo cuatro veces había pisado el pueblo; bajó con una carretilla que cargó hasta los topes y a la ida y a la vuelta dejó un reguero de esputos ácidos.
-¿Quién lo encontró?
Mauricio se despegó del murete y se volvió un instante hacia ella:
-Está dentro –señaló-. Todavía paga la luz, el agua…
-Me tomas el pelo. ¿Tú cómo sabes eso? No, que te crees tú que voy a dejar irte así.
Ella lo retenía con ambas manos mientras Mauricio la miraba con las suyas en los bolsillos. Por qué ella se le aproximaba tanto. Por qué ponía su boca a un palmo. Por qué su mirada tan clara. Y no preguntárselo sino buscar primero la forma de abrirse paso, de llegar hasta ella, o de arrollarla.
Pronto ella tomó la delantera y lo condujo hasta el barranco, hasta la vía. Caminaba resuelta, a buen paso. Persiguieron aquel camino de hierro que bordeaba la laguna durante cerca de dos horas, hasta Montoto. Allí ella se lo llevó a una tasca y pidió una botella de vino del país y unas tapas de cecina. Ella gastaba a veces el día en ir y volver andando; paraba siempre en esa tasca, sacaba un libro, comía algo. Le emocionaba la sensación de regresar a El Páramo, era superior a ella, como volver a su verdadera casa después de un viaje muy largo, y todo aquel agua parecía no acabarse nunca, y a veces llovía y aquel camino sin un alma se hacía eterno, y siempre la niebla en la orilla de allá, siempre a un paso de imaginar que El Páramo y la cabañuela habían dejado de existir.
A su vuelta él persistía callado pero volvía cada poco los ojos hacia ella. De pronto consentía que ella rebasara la distancia mínima, que lo tomase del brazo mientras señalaba el viejo depósito de agua sobre aquel otero, que lo hiciera detenerse y volverse a mirar el apeadero ruinoso de la fábrica, que lo empujase hacia el banco de arena orillada en la vía y que bromeara con revolcarse allí con él.
Ahora él ya consentía. Quizás fuera por los cuatro vasos de vino, que la absolvían. O quizás él la miraba ya sin otra reserva que la de su propio crédito: ¿se podía creer que fuera él, allí, haciendo chiquilladas?
Y ella que proseguía con anécdotas y recuerdos tan enredados con las sensaciones del momento que no parecían sino ecos del día anterior. Que le pasaba la mano por la cara y le decía que cambiase de gesto, que ella no estaba para pasearse con un viejo y encima cascarrabias aunque viniesen como de molde. Y cuando le vio la media sonrisa se arrimó y le dijo al oído que con él se lo pensaría. Que se paraba en seco y lo volteaba como a un muñeco: que se fijara en ella, que viera que ya era una mujer, que ella se acordaba muy bien del poco caso que le había hecho Mauricio, sí, ya sabía que entonces Elena le traía por el camino de la locura, pero ¿de verdad que él no se había dado cuenta de que ella sólo tenía ojos para él?, menos se iba a acordar entonces de la tarde en que lo acompañó hasta Perales y por el camino les cayó una tormenta, ¿qué tenía que decir ahora, eh?, y en las fiestas, esperando que la sacara a bailar, suplicándoselo… Por  cierto, que había traído una cinta de Bruce Springsteen, ¿no lo conocía?, pues iba a ver qué maravilla, según llegaran la iba a poner y él la iba a sacar a ella a bailar quisiera  o no.
Mauricio la escuchaba, indefenso. No quería negarse a reconocer a la mujer que era ahora, sólo quería negarle esa voz que con tanta inmediatez y frescura hablaba de lo pasado: o ella no había vivido el drama, o éste estaba aún por reescribirse, o era una simple, una gilipollas.
 Y de pronto se veía bailando con ella en el patio de la cabaña bajo los acordes rítmicos de un saxo, unas guitarras eléctricas y una voz que era un trueno
Someday, girl, I don’t know when
entonces él no pudo menos que volverse y mirarla y el deseo le nubló los ojos. Y de pronto entraron los acordes de un piano y aquella voz se volvía un susurro
With  that smile on her lips
y ella se pegó a él, o quizás él se pegó a ella
Oh-o she’s the one, she’s the one
 y ya llegaban a la cabaña y ya ambos seguían abrazados y olvidados de la nueva y explosiva melodía que estaba sonando, entonces él abrió la verja y ella sacando el casete le dijo que lo primero era lo primero, que no olvidaba su promesa, y se acabó la música y él se preguntó dónde estaban, trazó unos círculos de borracho y se fue a sentar junto al brocal del pozo esperanzado con la posibilidad de que el aparato estuviera averiado o se hubiera ido la luz, el deseo sin embargo le crecía, un aguijón clavado en la nuca que había que quitarse como fuera, y ella se apretaba a él…
y de pronto estaban sentados los dos en el borde del pilón, ella le hacía burla y le toqueteaba mientras él trataba de sujetarle las manos, que se estuviera quieta, narices, y ella, vaya, el mismo que hacía cuatro años, él la sujetó con fuerza y se entregó a examinar su mirada con una pasión minuciosa, pero, bésame, tonto, dijo ella, si lo estaba deseando, a él no le costó reconocer entonces que el deseo lo abrasaba, que no había derrota ni sumisión ni huida en volver a amar al cabo de los años a una mujer, de veras, y ella, que no la comparase con Elena, que la soltase, que se acabó, ella lo amaba, desde siempre, de pronto se puso a besarlo, sus manos recorrían la espalda de Mauricio, a tirones le sacaba la camisa, demonios, si estaba hecho un flaco, sería tonto, vaya que salía ganando con ella, que lo comprobase, pero, bueno, ¿iba a resultar que era manco?, adelante, era toda suya (estoy seguro de que Mauricio no llegó más lejos, así que jamás llegaré a saber qué volcán hay dentro de mi prima más querida, qué coño tiene, si se lo afeita o no, si le gusta hacer el pino o que la amarren a la cama…)

jueves, 3 de noviembre de 2016

Iñaqui Acuña


                                                         5
Hubo y había y seguiría habiendo dos orillas. Dos orillas y dos mundos separados y distantes. Y Mauricio Acuña apenas sabía nadar. Buceaba. Contenía la respiración. Ése era  su sino: la contención, el ahogo, la pajarera. A veces se morría… para luego renacer. Pero ahora se estaba muriendo de verdad, su vida era un sinsentido: la HijadePuta había crecido y recrecido y, a malas, le podía dar dos ostias y voltearle la cabeza como hiciera mil años antes la Bloguera Rubia. Todo jugaba a su contra: el tiempo atmosférico, imperturbablemente benigno, y el tiempo corrido y descorrido de los meses y años que habían volado sin que supiera a dónde ir a buscarlos.
Cuando volvió a casa aquel día, encontró la nota sobre la mesa. Podía sentirse feliz. Volvía a estar solo. Así que se fue a celebrarlo delante de la pantalla comulgando con el Ibex 35 que al final de la sesión era Ibex -35 y a resultas de lo cual estaba de pronto poco menos que en la ruina. ¡Mentecato! ¡Gilipollas! ¡Lo sabía, lo sabía…¡ ¡El carrusel de la bolsa puteaba sólo a inteligencias supremas como la suya!  Eso, a las malas, porque a las buenas beneficiaba sólo a cuatro palmeros requetesubidos ya a la palma.
Releyó la nota con el estómago encogido. Algo moría o acababa de morir. Algo estaba por renacer. Fue al baño. No se gustó ante el espejo. Le habrían abandonado por feo y desastroso. Abrió el grifo de la ducha, monomando girado al azul total, y se metió con la ropa informal que lo mismo le servía para salir de paseo que para irse a la cama a las cuatro de la mañana. Lanzó espumarajos y blasfemias ante la embestida del chorro de agua fría. Se encogió en el plato de ducha. Estaba muerto, y lo sabía. Pillar una pulmonía era sin casi un alivio.

HECHO 7: IÑAQUI ACUÑA: TOMA ANTEPENÚLTIMA:
Iñaqui Acuña y Mauricio Acuña eran primos hermanos y estaban ambos por patalear y suicidarse y dejar de una puta vez el pataleo y la infamia de saberse más muertos que vivos.
Esa mañana otoñal Iñaqui Acuña está sentado a la mesa frente al ventanal de nubes y claros repasando su vida y la de unos cuantos Acuña de su generación, vidas ya caducas, sin horizonte ni grandeza, dejándose ganar no obstante por la pasión porque no había otra: lo que fue, sería, y ya nadie ni nada iba a cambiarlo. Y porque su vida o su querencia empezaba y terminaba en El Páramo. Y porque a un esteta como él, ahora lisiado porque le gustaba darle gas al deportivo con unas cuantas copas de más y una mujer de campeonato al lado, no había ya mejor aventura que la de contemplar ensimismado aquellos años en que le bailaban las dos piernas en cuanto escuchaba una música de tango o una pachanguera amorosa y tenía cerca a alguna de sus hermosísimas primas para acompañarlo sabiendo como sabía que él era el más guapo y el más alto y el más elegante, y, sin embargo, no era: no era para ellas más que un amor de primo, al que confesarse, de quien se esperaba una caricia, un beso, y poco más, porque sus ojos estaban puestos en animales de dos patas mucho más pasionales o nada pasionales, como Mamerto y sus primos Luis y Mauricio y Miguel, ejemplares de la caverna o de museo. Sobre todo el primero: feo a rabiar, pero de una fealdad mal acabada que, a veces, en días insólitos, era sorprendentemente atractiva: sin refinamiento ni cultura, manchado de grasa hasta la coronilla porque ejercía como mecánico, que se ayudaba del dedo índice negro de petróleo para seguir las líneas de un libro, Mamerto tenía una miserable grandeza para poder con todo lo que le cayera encima, y, casi siempre, Iñaqui Acuña sentía que el tipo estaba por encima suyo, algo inexplicable, que tenía las cosas muy claras y sus circunloquios cultos y precisos se los pasaba por la punta del rabo. En fin, un animal, y… y sólo a veces racional.
Se había puesto a leer las ya casi cien páginas escritas en los últimos tres años. No eran unas Memorias, no; eran una distracción, un pasatiempo. A veces le metía algo de gas al asunto y temía enrollarse y estrellarse. No iba con él además la mierda esa de la pasión y el climax, tempo lento para saborear unos hechos que fueron demasiado a prisa porque cabalgaban sobre una cabalgadura demasiado joven y loca, como él cuando ya madurito metía gas al deportivo para cortarle la respiración al pimpollo de al lado que iba a llevarse a la boca esa noche.
Como cada mañana, después de una ducha en la que se sostenía de mala manera dentro del plato corriendo el riesgo de descalabrarse, después de un afeitado igualmente complicado, iba a sentarse a la luz del ventanal con un gin tonic y un Winston, sin encender, sólo por el gusto de aspirar el olor de las hebras y reconocerse en una postura y una actitud que le eran afines y queridas. Y con el taco aquel de hojas sobre la mesa, iba leyendo desde el principio, recuperando el clima y el sabor de un tiempo pasado, y ya estaba en el año 89, ahí se había quedado el día anterior. ¿Qué venía a continuación?, ¿qué fue?, ¿qué hubo? Sus incontables libretas con notas estaban a su derecha, apiladas en una mesita: la que estaba más a mano tenía un separador, y cuando la abrió, leyó: Mediados de septiembre del año 89, y siguió leyendo, hasta quince o veinte notas después. Ya tenía material. Al cabo de un rato se puso a escribir:
Volvía de tomar el vermut. Un desinflado bolsón de viaje estaba aparcado a la entrada de mi portal. Mientras metía la llave eché una mirada alrededor. Quise por lo pronto atajar la sorpresa, desmentir su parecido, alejar de mí a aquel sujeto parado junto al quiosco de prensa. De ninguna manera podía ser él. No sé si llegué a abrir la puerta, si me detuve, un instante, y me volví y coincidió que aquél también se había vuelto. Era Mauricio.
Tres años sin noticias suyas, así que poco podía esperar que cayese de pronto en mi casa con la confidencia además de que venía de El Páramo, que había estado allí cinco días, hasta esa misma mañana en que se despidió de nuestra prima Beatriz y decidió coger el correo de las doce y pasar a verme.
-No te has muerto de frío -dije con sorna-. ¿Qué tiempo hacía en las mañanitas?, ¿menos diez?
-Algo de frío, sí.
-¿Y la cabaña?, ¿goteras?, ¿han reventado las tuberías?
-Se mantiene en pie, sí.
Locuaz este Mauricio, pensé. Locuaz y distante.
-Y bueno, cuéntame.
-Morían como los sapos en los caminos polvorientos, despatarrados entre dos orillas, dos mundos.
Joder con la frasecita. Hablaba con ecos de otras voces, como quien recita, en el recuerdo. Sí, era un recitado. Volví a examinarlo, incrédulo, mientras él paseaba la mirada por las estanterías de libros. Le había escuchado esa frase o parecida más de una vez. Aludía al destino, al cruce de caminos, a la posibilidad de decidir, pero también a la fatalidad. A veces Mauricio parecía dispuesto a admitir que había cosas que venían dadas –su coraje, desaforado, y mi abulia; su estatura, a ras de la media, y mi rampante alopecia-. Nunca en cambio a reconocer que había otras que te las encontrabas, sin más. Sus argumentos en contra no dejaban un resquicio a la casualidad: por el hecho de estar en un lugar y tiempo determinados no te hacías merecedor de todo lo demás; hasta en los naipes no era el azar tan decisivo: elegías lo primero verte sentado a una mesa, elegías los adversarios o cuando menos los aceptabas, y elegías descartarte o no, subir la apuesta o quedarte… Pero al día siguiente desempolvaba la imagen de los sapos y uno no sabía a qué estaba jugando.
-Me pierdo –manifesté.
Echó la cabeza para atrás y hundió una mano en el pelo.
No había cambiado apenas; algunas cana y la mirada endurecida, la cicatriz que le partía la ceja y una delgadez reseca. La única novedad era su inquietud. Parecía tratarse de algo orgánico, nervioso; le temblaban las manos, y cuando vino a sentarse a la mesa y cruzó las piernas, también el pie sin apoyo. Quería dominar aquel temblor y descruzaba las piernas o apoyaba las manos en los brazos de la butaca.
-Ya sabes –dijo: todo estaba entonces a medio camino.

Sin mirarme apenas, empezó a hablar de su visita a El Páramo. Tres o cuatro años sin pisarlo, iba para dos días apenas y… y se quedó cinco. Al segundo apareció ella, Bea, y sus referencias al pasado le parecieron delitos o bromas. Todo acabó por entremezclarse: lo viejo, lo nuevo; el desencanto y la promesa de embriaguez. Pudo haber hecho lo que más apetecía: sembrar y recoger. Amarla unos días y marcharse. Ella se complacía en decirle que lo amaba desde niña. Fue definitivo: así sólo se ama una vez.
No me explicaba todavía a qué había vuelto, si no había sido para vengarse. Antes de que cobrara la libertad los sucesos se habían atropellado: la misiva de nuestra prima Elena, las muertes de Juan Manuel y la abuela, el arresto de Mamerto… En esos tres años nadie lo habíamos visto, ni siquiera la intentona de Elena consiguió sacarlo de su inapariencia: No recibe visitas, le dijo el celador.
Iñaqui Acuña revisa algunas libretas y abre un paréntesis: (Nota59: La Novia de El Páramo: Elena Acuña: No había cumplido los trece cuando empezamos a desearla. Refugiados en lo más hondo del pajar, Luis, Mauricio y yo vimos asomar su cabeza por lo alto de la escalera, vimos, sobre todo, sus ojos de gata brillando en la penumbra. Allá arriba nos hacíamos invisibles. Aquel único ventano con un cristal astillado y tupido de mierda del que limpiábamos dos o tres círculos como el culo de un vaso nos permitía ver lo de fuera; a través del portón abierto de las cuadras nos llegaba la voz de los que estaban en el patio. Nos habíamos aficionado a esa penumbra cerrada con mirador: divisábamos la laguna Negra y el camino de carros, sorprendíamos retazos de conversación que nunca deberían haber llegado a nuestros oídos y posturas y abandonos irreverentes de quienes se creían a salvo de todas las miradas. “Eh, vosotros…. Sé que estáis ahí”. Delgada y esbelta, con un molinete de pelo crespo sobre la nuca, su rostro entero y sus andares eran los de un felino. También la pachorra para hacer y no hacer. “Sabía que os iba a encontrar aquí. ¿Qué hacéis a oscuras? Deberíamos limpiarlo un poco. Hasta podíamos subir unas mantas y dormir una noche”. Hablaba con una seguridad desenfocada, arbitraria, sin querer reparar en la atención que nosotros le prestábamos, tres pares de ojos que la miraban sólo a ella. “Esta mañana he estado en casa del boticario”, dijo, sin más, y luego de robarnos quince segundos, añadió-: “¿Sabéis qué es la Inercia?” Venga, niña, suelta ya, se hartó Luis. Se puso en cuclillas, nos examinó, hizo una mueca y estiró del borde de la falda: “Tenía que haberme puesto pantalón para subir aquí, pero no tengo”. Está hecho; tú quítate la falda, y Luis se puso de pie y se desabrochó el primer botón. “No te esfuerces”, lo desairó Elena sacudiendo una mano, “uso calzones, como tú”. Te las hemos visto, niña. “Ya. Imaginaciones. A ver…”, alzó las manos y las colocó delante de la cara: “¿De qué color tengo los ojos?” Azules, patinó Luis. “Suspenso. Otro. Vale, se acabó el tiempo”. Despejó la cara: “Nunca me habéis mirado a los ojos”, protestó, y se arrodilló y abrió los brazos, colocó dos dedos en las sienes y paseó la cara erguida a un palmo de la nuestra, los ojos cenizos agrandados y la boca entreabierta. Se puso de pie: “Vais a ver”, dijo, y se levantó la falda: “Yo nunca miento, son calzones, como los vuestros”. Intimidados, mirábamos a ciegas lo improbable o lo imposible. “Os habéis quedado lelos. Si es que vivís de imaginaciones”. Creo que desde ese momento supimos que Elena nos pertenecía, que sería nuestra o de nadie. Aquella boca pequeña pero abultada nos tradujo el deseo: “Desde este momento somos cuatro”, constató, “Así que voy a revelaros un secreto, y vosotros haréis lo mismo: El boticario no cree en Dios. Me ha dicho que su estrella se apagó el día en que nació su hijo. Me ha hecho pasar a una habitación oscura donde había alguien espantoso atado a una silla: La última señal del poder y la gloria de Dios, ha dicho con un dedo. Me iba a acercar a mirarlo y me ha sujetado: ¡Cuidado, niña! ¡Muerde!”).
La misiva de nuestra prima Elena había sido la primera noticia. Luego llegó la muerte de Juan Manuel, sobrino del bisabuelo, por quien Mauricio sentía una devoción demasiado caótica. Aquel viejo, a quien yo apreciaba, entre otras cosas porque a sus noventa años era capaz de levantar un pedrusco de cincuenta kilos y llevarlo a cuestas una buena andada, seguía siendo un rojo represaliado que había sufrido las injurias de sus vecinos durante demasiado tiempo y las calamidades inherentes a su condición de republicano y ateo. Yo lo apreciaba, ya digo, incluso algo más: por sus huevos, por haberle echado tantos huevos a la vida teniéndolo todo en contra, me parecía un gigante. Algo así debió de ver en él mi primo Mauricio: el futuro de El Páramo, llegó a decir, estaba en sus manos. Aquello era demasiado decir, no lo compartía en absoluto: el viejo podía tal vez echarnos una mano -o las dos- para levantar un muro que cortase aquel viento helado que soplaba del norte, pero el futuro era nuestro, y de nadie más.
El viejo había muerto en la primavera que sucedió a la invernal carta de Elena. ¿Un presagio? Mauricio dejó el penal de Vigo, se pasó por casa de sus padres, y desapareció. El día en que se había decidido a volver tenía asumida la nueva realidad. Detrás dejaba un larguísimo retiro y una pila de cadáveres: irreconocibles y abiertos en canal, los recuerdos más imperecederos eran sólo ya un expediente sobre la mesa del forense. Sólo quedaba ir allí y matar hasta su sombra.
Ninguna emoción lo asaltó durante el viaje. Recorría un paisaje distante. Incluso si no hubieran desviado la carretera en algunos tramos y suprimido buena parte de las curvas y talado los chopos para cimentar el arcén, incluso si la brisa hubiera podido entrar a través de las ventanas herméticas, con todo y con eso se habría mantenido aquel paisaje tan distante y fantasmal como las ermitas que presidían aún las atalayas. Tampoco se emocionó al descender del autocar. Ni durante el trayecto a pie hasta la cabaña. Esta vez no se guió por el camino de la vía, sino que cogió carretera adelante –tres kilómetros de un inmaculado asfalto- hasta la casa de los Fabianes, de cuya ventana baja creyó ver descorrerse los visillos y asomar un par de ojos mientras tomaba el camino carretero. Los dos primeros días se había limitado a unos paseos circulares alrededor de la casa. El resto de tiempo lo gastaba sentado en el poyete, como un viejo, como veíamos hacer a nuestros padres y tíos en los mágicos veranos cuando éramos unos chavales. Delante suyo, a lo lejos, el risco, desdibujado ahora, volado en mil pedazos para levantar un esqueleto: el futuro hotel o parador…
Iñaqui Acuña abre otro paréntesis: (Dejar la Nota233 para más adelante: Hablar de Carlos Ochoa, el promotor y responsable de aquel embrión de hotel, y de su desgraciada aventura).
En todo momento Mauricio tenía presente la misiva de Elena que había recibido en el penal de Vigo, y tanto por la mañana como al atardecer desplegaba aquella caligrafía ya borrosa y leía la partitura de su música envenenada: “Querido Mauricio: He estado en El Páramo este último fin de semana. Me encontraba aburrida y me había puesto a pensar en algún lugar donde pasar unos días, donde no hubiera ruidos ni riadas de gente pero donde a un tiempo se dejara sentir la presencia de los ‘otros’. Ese lugar me estaba esperando desde siempre. Sin pensármelo metí cuatro cosas en una bolsa… Qué sorpresa. Qué desagradable y triste sorpresa me llevé. Mauricio: ¿te sientes dispuesto a que te descubra lo que vi y sentí en aquellos primeros momentos recién apeada del autocar? No debería herirte de esta forma, ¿verdad? Y no lo pensaba hacer, te lo aseguro; pero de pronto me acordé de que tú habías estado allí en invierno más de una vez, y me entró coraje. No podía entenderlo; si incluso en verano se salvan apenas diez días. Con unos cuantos más como tú, me dije, el desierto o Alaska pronto se convertirían en un paraíso para el turismo. Voluntariamente hice por extraer un mínimo de color en el paisaje gris, neblinoso, desolador. Querido mío: ni así, nada de nada. El grandioso roble que plantó el bisabuelo ofrecía una imagen lacerante con sus ramas desnudas, la mitad tronchadas o podridas. Y los caminos, embarrados; y los pastos, desiertos, sin una vaca, potro, yegua o cualquier otro ganado de aquella bucólica ternura que se te disparaba a veces a mi lado. Y empecé a desesperar. Entonces pensé en nuestra mesa y en el instante mismo de traspasar el umbral del restaurante “La Cabaña” me fui hacia ella como imantada. Saqué unos papeles del bolso; traté, por lo menos, de hacer emerger el paisaje íntimo (más tuyo que mío). Era la misma mesa de tus sinsabores embriagados y tus miradas hacia mí, la misma en la que a última hora volcabas toda tu rabia por el futuro de El Páramo. Los dedos, ateridos, acercaron el vaso de cubata a mis labios. Un trago y… y cogí el portante. Buscaba sólo enterrarme bajo las mantas. Eran las diez de la noche y no me podía dormir. Entretanto me venía el sueño daba vueltas a los recuerdos, indecisa sobre si marcharme a la mañana siguiente o esperar un día más, a ver qué resultaba. Me quedé por ti. Me juraba mil veces que cómo ibas a engañarte tan a conciencia, y que un mal día lo tiene cualquiera. Segundo día: ídem de ídem. Mucho peor. Así como el primer día me había entregado a revivir las mil y una sensaciones que llevaba grabadas, decapitándolas acto seguido, no yo, la realidad, y de haberme marchado esa misma mañana quizá todo hubiera quedado como una pesadilla, el segundo día (el recuerdo que guardo de él, me corregirás tú), fue un paseo delante de una exposición de cadáveres. Imposible olvidarlo. La confirmación, fuera de dudas, de la pesadilla del día anterior. Mauricio: Juan Manuel (a quien hubieras querido como padre genuino, “no el del canuto y la orla”, como decías), sigue allí, muriéndose, de frío, y miseria, y  soledad. Como te va a pasar a ti, si un día llevas a cabo la locura de encerrarte entre esas cuatro paredes. Y qué decir de Mamerto, que parece ya un viejo y con el que no se puede cruzar dos palabras sin que se abisme en un silencio que pone los pelos de punta. Nunca más, Mauricio, nunca más me mezcles en tus vuelos visionarios. Me gustaría, por qué no, seguir siendo tu amiga, pero lejos de conservarme como un amor inspirado…, inspirado en novela barata. Te lo digo de todo corazón: no contengas por más tiempo el mismo aire rancio en tus pulmones, procura tomar otros aires cuando salgas, deja que la cabañuela se pudra (como le va a suceder de todos modos porque no está en tu mano el evitarlo). Se despide: Elena”
¿La podía tachar de vulgar?, ¿de rencorosa? ¿De necia? ¿No tenía presente aquella primera lectura en su celda y la sensación de que le flojeaban las piernas y que la saliva no le llegaba a la boca? Dobló aquellos folios ajados y los guardó de nuevo en el sobre. Un sentimiento de triunfo le martilleaba el paladar, haciéndosele difícil respirar mientras caminaba despacio junto a los tapiales ruinosos. Tenía la convicción de que le quedaba ya muy poco por hacer, la total aniquilación del mito estaba cercana, lo presentía. Bisabuelo, aquí está tu hijo, susurró, inconsciente, mientras observaba el abandono de las tierras y la cerrazón de unas cabañas a punto de venirse a pique. Prosiguió adelante por el camino carretero. Supo que tras el siguiente recodo iba a aparecer un tajo en la tierra que en línea recta iba a dar al paso a nivel a la altura de las vías. Recordó la conmoción del día anterior, la certeza de su coincidencia con el sendero curvilíneo que llevaba a la estación. Pensó que donde había recuerdos, había vida también. Y tomó el tajo. Y cuando alcanzó el paso a nivel pudo divisar la partida del autocar de línea. Eran las tres y cuarto y no se veía un alma en toda la extensión que alcanzaba la vista. Rodeaba la estación desierta cuando de la esquina que estaba a punto de doblar salió una joven. Ambos se sobresaltaron. Él dudó si saludar. ¡Dios mío! ¡Mauricio!, exclamó ella, y se le echó en los brazos. Mauricio envolvió con frialdad su cintura. Ella lo sacudió al notar su extrañeza: ¿No me reconoces? ¿De verdad? Rígido, él arqueó las cejas apenas un milímetro para indicar que seguía como al principio: no, no sabía quién era. Pero ahora mentía, la agitación lo empezaba a corroer, aquella piel blanca, aquellos ojos negros, enormes, lo llamaban desde algún lugar. A ver si esto te dice algo, dijo ella, y movió una ceja, y luego la otra. ¡Si me lo enseñaste tú! ¡Soy Beatriz!
Camino de la cabaña parecían tío y sobrina; él todo serio, recto, y ella que lo tomaba del brazo para preguntarle si no le parecía increíble aquel encuentro; que le removía el pelo y se asombraba de lo poco que había cambiado, porque seguramente que Mauricio era ya mayor, a ver, que edad tenía, y se ratificaba, un viejo, ella sólo tenía diecinueve; que lo hacía detenerse y entre feliz y compungida le decía que, después de preguntar a unos y otros, le había dado casi por muerto, y que podía reírse si quería pero que le lloró tanto como si hubiera fallecido el padre; que extendía el brazo señalando la cabaña ruinosa de Juan Manuel y el colmenar y el chamizo del tío Demetrio y comentaba que ella era la única que no había dejado de volver en los últimos años, que a su padre le habían concedido un traslado a Santander, así que cuando disponía de unos días libres echaba unas cosas en la mochila y se bajaba, sola, sí, no tenía miedo.
Esa tarde ella barrió el suelo del dormitorio de los abuelos y abrió la puerta de las cuadras y del pajar para que se ventilaran. Esa tarde ella se ocupó de partir leña y encender la cocina. Esa tarde, después de sacar una mesa y dos sillas al patio, apareció con un par de cervezas y quiso celebrar con un brindis la aparición de Mauricio, lo obligó a entrechocar los vasos, lo maniató con su sonrisa, su proximidad, y lo empujó hasta dentro de las cuadras para que viera la limpieza que había hecho: ¿no era hermoso aquel espacio? Lo empujó escaleras arriba, hasta el pajar: ¿cómo iban a dejar echar a perder aquello?, y se acercó hasta el ventanuco y lo abrió y se inclinó sobre el alféizar: ¿qué sabía Mauricio del bisabuelo?, ¿por qué nadie le habló nunca de él?, siempre imaginó que había sido el abuelo quien eligió ese lugar preciso y levantó el tinglado de la cabaña. ¿Qué clase de olvido era ése?
Detrás de ella se movía una sombra delgada, fatigada de presencias, ecos, a punto de naufragar entre el vendaval de preguntas y sonrisas y roces. La sombra se aproximó y columpió sobre el ventano, miró y, por primera vez desde su llegada, se fijó en las hojas arremolinadas a los dos lados de la verja bajo la luz otoñal que bañaba el portalón, en el curvilíneo camino de carros entre el ramaje de las hayas, en la neblinosa superficie de la laguna en su inmensidad inabarcable. Entonces, como un relámpago, vio la columna de humo que salía de la chimenea: otra vez ardía la vida, allí, dentro de la cabañuela.
¿Eran o no unas Memorias? Aquel Iñaqui Acuña se empecinaba en que no. Pero eran, claro que sí, las Memorias de un lisiado esteta con muletas al que le quedaba un cuartillo de mala vida. ¿Qué se podía esperar de alguien así? Pajas mentales. Lo que fue no había sido e Iñaqui Acuña había adornado y contado lo que le pareció, a su vez trasunto del cuento que el otro Acuña le había contado. Dos más dos no eran cuatro sino menos cuatro cuando uno se ha gastado los cuartos y los ojos en irse por las ramas y ver florecer un bonsái al que un cambio de perspectiva convierte en lo que es: un enanísimo infinitesimal árbol de cuyas ramas puedes colgar a lo sumo unos condones por si llega la primavera y florece la vida y aquello se empina e inflama y estalla… hasta cierto punto. ¿Había Dios? Entonces lo había o lo hubo durante tres días, lo que dura la sensatez de Dios, que no estaba para tirar cohetes y prolongar la fiesta.