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Hubo y había y seguiría
habiendo dos orillas. Dos orillas y dos mundos separados y distantes. Y
Mauricio Acuña apenas sabía nadar. Buceaba. Contenía la respiración. Ése
era su sino: la contención, el ahogo, la
pajarera. A veces se morría… para luego renacer. Pero ahora se estaba muriendo
de verdad, su vida era un sinsentido: la HijadePuta había crecido y recrecido
y, a malas, le podía dar dos ostias y voltearle la cabeza como hiciera mil años
antes la Bloguera Rubia. Todo jugaba a su contra: el tiempo atmosférico, imperturbablemente
benigno, y el tiempo corrido y descorrido de los meses y años que habían volado
sin que supiera a dónde ir a buscarlos.
Cuando volvió a casa
aquel día, encontró la nota sobre la mesa. Podía sentirse feliz. Volvía a estar
solo. Así que se fue a celebrarlo delante de la pantalla comulgando con el Ibex
35 que al final de la sesión era Ibex -35 y a resultas de lo cual estaba de
pronto poco menos que en la ruina. ¡Mentecato! ¡Gilipollas! ¡Lo sabía, lo
sabía…¡ ¡El carrusel de la bolsa puteaba sólo a inteligencias supremas como la
suya! Eso, a las malas, porque a las
buenas beneficiaba sólo a cuatro palmeros requetesubidos ya a la palma.
Releyó la nota con el
estómago encogido. Algo moría o acababa de morir. Algo estaba por renacer. Fue
al baño. No se gustó ante el espejo. Le habrían abandonado por feo y
desastroso. Abrió el grifo de la ducha, monomando girado al azul total, y se
metió con la ropa informal que lo mismo le servía para salir de paseo que para irse
a la cama a las cuatro de la mañana. Lanzó espumarajos y blasfemias ante la
embestida del chorro de agua fría. Se encogió en el plato de ducha. Estaba
muerto, y lo sabía. Pillar una pulmonía era sin casi un alivio.
HECHO
7: IÑAQUI ACUÑA: TOMA ANTEPENÚLTIMA:
Iñaqui Acuña y Mauricio Acuña eran
primos hermanos y estaban ambos por patalear y suicidarse y dejar de una puta vez
el pataleo y la infamia de saberse más muertos que vivos.
Esa mañana otoñal
Iñaqui Acuña está sentado a la mesa frente al ventanal de nubes y claros
repasando su vida y la de unos cuantos Acuña de su generación, vidas ya
caducas, sin horizonte ni grandeza, dejándose ganar no obstante por la pasión
porque no había otra: lo que fue, sería, y ya nadie ni nada iba a cambiarlo. Y
porque su vida o su querencia empezaba y terminaba en El Páramo. Y porque a un
esteta como él, ahora lisiado porque le gustaba darle gas al deportivo con unas
cuantas copas de más y una mujer de campeonato al lado, no había ya mejor
aventura que la de contemplar ensimismado aquellos años en que le bailaban las
dos piernas en cuanto escuchaba una música de tango o una pachanguera amorosa y
tenía cerca a alguna de sus hermosísimas primas para acompañarlo sabiendo como
sabía que él era el más guapo y el más alto y el más elegante, y, sin embargo,
no era: no era para ellas más que un amor de primo, al que confesarse, de quien
se esperaba una caricia, un beso, y poco más, porque sus ojos estaban puestos
en animales de dos patas mucho más pasionales o nada pasionales, como Mamerto y
sus primos Luis y Mauricio y Miguel, ejemplares de la caverna o de museo. Sobre
todo el primero: feo a rabiar, pero de una fealdad mal acabada que, a veces, en
días insólitos, era sorprendentemente atractiva: sin refinamiento ni cultura,
manchado de grasa hasta la coronilla porque ejercía como mecánico, que se
ayudaba del dedo índice negro de petróleo para seguir las líneas de un libro,
Mamerto tenía una miserable grandeza para poder con todo lo que le cayera
encima, y, casi siempre, Iñaqui Acuña sentía que el tipo estaba por encima
suyo, algo inexplicable, que tenía las cosas muy claras y sus circunloquios
cultos y precisos se los pasaba por la punta del rabo. En fin, un animal, y… y sólo
a veces racional.
Se había puesto a leer
las ya casi cien páginas escritas en los últimos tres años. No eran unas
Memorias, no; eran una distracción, un pasatiempo. A veces le metía algo de gas
al asunto y temía enrollarse y estrellarse. No iba con él además la mierda esa
de la pasión y el climax, tempo lento para saborear unos hechos que fueron
demasiado a prisa porque cabalgaban sobre una cabalgadura demasiado joven y
loca, como él cuando ya madurito metía gas al deportivo para cortarle la
respiración al pimpollo de al lado que iba a llevarse a la boca esa noche.
Como cada mañana,
después de una ducha en la que se sostenía de mala manera dentro del plato
corriendo el riesgo de descalabrarse, después de un afeitado igualmente
complicado, iba a sentarse a la luz del ventanal con un gin tonic y un Winston,
sin encender, sólo por el gusto de aspirar el olor de las hebras y reconocerse
en una postura y una actitud que le eran afines y queridas. Y con el taco aquel
de hojas sobre la mesa, iba leyendo desde el principio, recuperando el clima y
el sabor de un tiempo pasado, y ya estaba en el año 89, ahí se había quedado el
día anterior. ¿Qué venía a continuación?, ¿qué fue?, ¿qué hubo? Sus incontables
libretas con notas estaban a su derecha, apiladas en una mesita: la que estaba
más a mano tenía un separador, y cuando la abrió, leyó: Mediados de septiembre
del año 89, y siguió leyendo, hasta quince o veinte notas después. Ya tenía
material. Al cabo de un rato se puso a escribir:
Volvía de tomar el
vermut. Un desinflado bolsón de viaje estaba aparcado a la entrada de mi portal.
Mientras metía la llave eché una mirada alrededor. Quise por lo pronto atajar
la sorpresa, desmentir su parecido, alejar de mí a aquel sujeto parado junto al
quiosco de prensa. De ninguna manera podía ser él. No sé si llegué a abrir la
puerta, si me detuve, un instante, y me volví y coincidió que aquél también se
había vuelto. Era Mauricio.
Tres años sin noticias
suyas, así que poco podía esperar que cayese de pronto en mi casa con la
confidencia además de que venía de El Páramo, que había estado allí cinco días,
hasta esa misma mañana en que se despidió de nuestra prima Beatriz y decidió
coger el correo de las doce y pasar a verme.
-No te has muerto de
frío -dije con sorna-. ¿Qué tiempo hacía en las mañanitas?, ¿menos diez?
-Algo de frío, sí.
-¿Y la cabaña?,
¿goteras?, ¿han reventado las tuberías?
-Se mantiene en pie,
sí.
Locuaz este Mauricio,
pensé. Locuaz y distante.
-Y bueno, cuéntame.
-Morían como los sapos
en los caminos polvorientos, despatarrados entre dos orillas, dos mundos.
Joder con la frasecita.
Hablaba con ecos de otras voces, como quien recita, en el recuerdo. Sí, era un
recitado. Volví a examinarlo, incrédulo, mientras él paseaba la mirada por las
estanterías de libros. Le había escuchado esa frase o parecida más de una vez.
Aludía al destino, al cruce de caminos, a la posibilidad de decidir, pero
también a la fatalidad. A veces Mauricio parecía dispuesto a admitir que había
cosas que venían dadas –su coraje, desaforado, y mi abulia; su estatura, a ras
de la media, y mi rampante alopecia-. Nunca en cambio a reconocer que había
otras que te las encontrabas, sin más. Sus argumentos en contra no dejaban un
resquicio a la casualidad: por el hecho de estar en un lugar y tiempo
determinados no te hacías merecedor de todo lo demás; hasta en los naipes no
era el azar tan decisivo: elegías lo primero verte sentado a una mesa, elegías
los adversarios o cuando menos los aceptabas, y elegías descartarte o no, subir
la apuesta o quedarte… Pero al día siguiente desempolvaba la imagen de los sapos
y uno no sabía a qué estaba jugando.
-Me pierdo –manifesté.
Echó la cabeza para
atrás y hundió una mano en el pelo.
No había cambiado
apenas; algunas cana y la mirada endurecida, la cicatriz que le partía la ceja
y una delgadez reseca. La única novedad era su inquietud. Parecía tratarse de
algo orgánico, nervioso; le temblaban las manos, y cuando vino a sentarse a la
mesa y cruzó las piernas, también el pie sin apoyo. Quería dominar aquel
temblor y descruzaba las piernas o apoyaba las manos en los brazos de la
butaca.
-Ya sabes –dijo: todo
estaba entonces a medio camino.
Sin mirarme apenas,
empezó a hablar de su visita a El Páramo. Tres o cuatro años sin pisarlo, iba
para dos días apenas y… y se quedó cinco. Al segundo apareció ella, Bea, y sus
referencias al pasado le parecieron delitos o bromas. Todo acabó por
entremezclarse: lo viejo, lo nuevo; el desencanto y la promesa de embriaguez.
Pudo haber hecho lo que más apetecía: sembrar y recoger. Amarla unos días y
marcharse. Ella se complacía en decirle que lo amaba desde niña. Fue
definitivo: así sólo se ama una vez.
No me explicaba todavía
a qué había vuelto, si no había sido para vengarse. Antes de que cobrara la
libertad los sucesos se habían atropellado: la misiva de nuestra prima Elena,
las muertes de Juan Manuel y la abuela, el arresto de Mamerto… En esos tres
años nadie lo habíamos visto, ni siquiera la intentona de Elena consiguió
sacarlo de su inapariencia: No recibe visitas, le dijo el celador.
Iñaqui Acuña revisa
algunas libretas y abre un paréntesis: (Nota59: La Novia de El Páramo: Elena
Acuña: No había cumplido los trece cuando empezamos a desearla. Refugiados en
lo más hondo del pajar, Luis, Mauricio y yo vimos asomar su cabeza por lo alto
de la escalera, vimos, sobre todo, sus ojos de gata brillando en la penumbra.
Allá arriba nos hacíamos invisibles. Aquel único ventano con un cristal
astillado y tupido de mierda del que limpiábamos dos o tres círculos como el
culo de un vaso nos permitía ver lo de fuera; a través del portón abierto de
las cuadras nos llegaba la voz de los que estaban en el patio. Nos habíamos
aficionado a esa penumbra cerrada con mirador: divisábamos la laguna Negra y el
camino de carros, sorprendíamos retazos de conversación que nunca deberían
haber llegado a nuestros oídos y posturas y abandonos irreverentes de quienes
se creían a salvo de todas las miradas. “Eh, vosotros…. Sé que estáis ahí”.
Delgada y esbelta, con un molinete de pelo crespo sobre la nuca, su rostro
entero y sus andares eran los de un felino. También la pachorra para hacer y no
hacer. “Sabía que os iba a encontrar aquí. ¿Qué hacéis a oscuras? Deberíamos
limpiarlo un poco. Hasta podíamos subir unas mantas y dormir una noche”.
Hablaba con una seguridad desenfocada, arbitraria, sin querer reparar en la
atención que nosotros le prestábamos, tres pares de ojos que la miraban sólo a
ella. “Esta mañana he estado en casa del boticario”, dijo, sin más, y luego de
robarnos quince segundos, añadió-: “¿Sabéis qué es la Inercia?” Venga, niña,
suelta ya, se hartó Luis. Se puso en cuclillas, nos examinó, hizo una mueca y
estiró del borde de la falda: “Tenía que haberme puesto pantalón para subir
aquí, pero no tengo”. Está hecho; tú quítate la falda, y Luis se puso de pie y
se desabrochó el primer botón. “No te esfuerces”, lo desairó Elena sacudiendo
una mano, “uso calzones, como tú”. Te las hemos visto, niña. “Ya.
Imaginaciones. A ver…”, alzó las manos y las colocó delante de la cara: “¿De
qué color tengo los ojos?” Azules, patinó Luis. “Suspenso. Otro. Vale, se acabó
el tiempo”. Despejó la cara: “Nunca me habéis mirado a los ojos”, protestó, y
se arrodilló y abrió los brazos, colocó dos dedos en las sienes y paseó la cara
erguida a un palmo de la nuestra, los ojos cenizos agrandados y la boca
entreabierta. Se puso de pie: “Vais a ver”, dijo, y se levantó la falda: “Yo
nunca miento, son calzones, como los vuestros”. Intimidados, mirábamos a ciegas
lo improbable o lo imposible. “Os habéis quedado lelos. Si es que vivís de
imaginaciones”. Creo que desde ese momento supimos que Elena nos pertenecía,
que sería nuestra o de nadie. Aquella boca pequeña pero abultada nos tradujo el
deseo: “Desde este momento somos cuatro”, constató, “Así que voy a revelaros un
secreto, y vosotros haréis lo mismo: El boticario no cree en Dios. Me ha dicho
que su estrella se apagó el día en que nació su hijo. Me ha hecho pasar a una
habitación oscura donde había alguien espantoso atado a una silla: La última
señal del poder y la gloria de Dios, ha dicho con un dedo. Me iba a acercar a
mirarlo y me ha sujetado: ¡Cuidado, niña! ¡Muerde!”).
La misiva de nuestra
prima Elena había sido la primera noticia. Luego llegó la muerte de Juan
Manuel, sobrino del bisabuelo, por quien Mauricio sentía una devoción demasiado
caótica. Aquel viejo, a quien yo apreciaba, entre otras cosas porque a sus
noventa años era capaz de levantar un pedrusco de cincuenta kilos y llevarlo a
cuestas una buena andada, seguía siendo un rojo represaliado que había sufrido
las injurias de sus vecinos durante demasiado tiempo y las calamidades
inherentes a su condición de republicano y ateo. Yo lo apreciaba, ya digo,
incluso algo más: por sus huevos, por haberle echado tantos huevos a la vida teniéndolo
todo en contra, me parecía un gigante. Algo así debió de ver en él mi primo
Mauricio: el futuro de El Páramo, llegó a decir, estaba en sus manos. Aquello
era demasiado decir, no lo compartía en absoluto: el viejo podía tal vez
echarnos una mano -o las dos- para levantar un muro que cortase aquel viento
helado que soplaba del norte, pero el futuro era nuestro, y de nadie más.
El viejo había muerto
en la primavera que sucedió a la invernal carta de Elena. ¿Un presagio?
Mauricio dejó el penal de Vigo, se pasó por casa de sus padres, y desapareció.
El día en que se había decidido a volver tenía asumida la nueva realidad.
Detrás dejaba un larguísimo retiro y una pila de cadáveres: irreconocibles y
abiertos en canal, los recuerdos más imperecederos eran sólo ya un expediente
sobre la mesa del forense. Sólo quedaba ir allí y matar hasta su sombra.
Ninguna emoción lo
asaltó durante el viaje. Recorría un paisaje distante. Incluso si no hubieran
desviado la carretera en algunos tramos y suprimido buena parte de las curvas y
talado los chopos para cimentar el arcén, incluso si la brisa hubiera podido
entrar a través de las ventanas herméticas, con todo y con eso se habría
mantenido aquel paisaje tan distante y fantasmal como las ermitas que presidían
aún las atalayas. Tampoco se emocionó al descender del autocar. Ni durante el
trayecto a pie hasta la cabaña. Esta vez no se guió por el camino de la vía,
sino que cogió carretera adelante –tres kilómetros de un inmaculado asfalto-
hasta la casa de los Fabianes, de cuya ventana baja creyó ver descorrerse los
visillos y asomar un par de ojos mientras tomaba el camino carretero. Los dos
primeros días se había limitado a unos paseos circulares alrededor de la casa.
El resto de tiempo lo gastaba sentado en el poyete, como un viejo, como veíamos
hacer a nuestros padres y tíos en los mágicos veranos cuando éramos unos
chavales. Delante suyo, a lo lejos, el risco, desdibujado ahora, volado en mil
pedazos para levantar un esqueleto: el futuro hotel o parador…
Iñaqui Acuña abre otro
paréntesis: (Dejar la Nota233 para más adelante: Hablar de Carlos Ochoa, el
promotor y responsable de aquel embrión de hotel, y de su desgraciada
aventura).
En todo momento Mauricio
tenía presente la misiva de Elena que había recibido en el penal de Vigo, y
tanto por la mañana como al atardecer desplegaba aquella caligrafía ya borrosa
y leía la partitura de su música envenenada: “Querido Mauricio: He estado en El
Páramo este último fin de semana. Me encontraba aburrida y me había puesto a
pensar en algún lugar donde pasar unos días, donde no hubiera ruidos ni riadas
de gente pero donde a un tiempo se dejara sentir la presencia de los ‘otros’.
Ese lugar me estaba esperando desde siempre. Sin pensármelo metí cuatro cosas
en una bolsa… Qué sorpresa. Qué desagradable y triste sorpresa me llevé.
Mauricio: ¿te sientes dispuesto a que te descubra lo que vi y sentí en aquellos
primeros momentos recién apeada del autocar? No debería herirte de esta forma,
¿verdad? Y no lo pensaba hacer, te lo aseguro; pero de pronto me acordé de que
tú habías estado allí en invierno más de una vez, y me entró coraje. No podía
entenderlo; si incluso en verano se salvan apenas diez días. Con unos cuantos
más como tú, me dije, el desierto o Alaska pronto se convertirían en un paraíso
para el turismo. Voluntariamente hice por extraer un mínimo de color en el
paisaje gris, neblinoso, desolador. Querido mío: ni así, nada de nada. El grandioso
roble que plantó el bisabuelo ofrecía una imagen lacerante con sus ramas
desnudas, la mitad tronchadas o podridas. Y los caminos, embarrados; y los
pastos, desiertos, sin una vaca, potro, yegua o cualquier otro ganado de
aquella bucólica ternura que se te disparaba a veces a mi lado. Y empecé a
desesperar. Entonces pensé en nuestra mesa y en el instante mismo de traspasar
el umbral del restaurante “La Cabaña” me fui hacia ella como imantada. Saqué
unos papeles del bolso; traté, por lo menos, de hacer emerger el paisaje íntimo
(más tuyo que mío). Era la misma mesa de tus sinsabores embriagados y tus
miradas hacia mí, la misma en la que a última hora volcabas toda tu rabia por
el futuro de El Páramo. Los dedos, ateridos, acercaron el vaso de cubata a mis
labios. Un trago y… y cogí el portante. Buscaba sólo enterrarme bajo las
mantas. Eran las diez de la noche y no me podía dormir. Entretanto me venía el
sueño daba vueltas a los recuerdos, indecisa sobre si marcharme a la mañana
siguiente o esperar un día más, a ver qué resultaba. Me quedé por ti. Me juraba
mil veces que cómo ibas a engañarte tan a conciencia, y que un mal día lo tiene
cualquiera. Segundo día: ídem de ídem. Mucho peor. Así como el primer día me
había entregado a revivir las mil y una sensaciones que llevaba grabadas,
decapitándolas acto seguido, no yo, la realidad, y de haberme marchado esa
misma mañana quizá todo hubiera quedado como una pesadilla, el segundo día (el
recuerdo que guardo de él, me corregirás tú), fue un paseo delante de una
exposición de cadáveres. Imposible olvidarlo. La confirmación, fuera de dudas,
de la pesadilla del día anterior. Mauricio: Juan Manuel (a quien hubieras
querido como padre genuino, “no el del canuto y la orla”, como decías), sigue
allí, muriéndose, de frío, y miseria, y
soledad. Como te va a pasar a ti, si un día llevas a cabo la locura de
encerrarte entre esas cuatro paredes. Y qué decir de Mamerto, que parece ya un
viejo y con el que no se puede cruzar dos palabras sin que se abisme en un
silencio que pone los pelos de punta. Nunca más, Mauricio, nunca más me mezcles
en tus vuelos visionarios. Me gustaría, por qué no, seguir siendo tu amiga,
pero lejos de conservarme como un amor inspirado…, inspirado en novela barata.
Te lo digo de todo corazón: no contengas por más tiempo el mismo aire rancio en
tus pulmones, procura tomar otros aires cuando salgas, deja que la cabañuela se
pudra (como le va a suceder de todos modos porque no está en tu mano el
evitarlo). Se despide: Elena”
¿La podía tachar de
vulgar?, ¿de rencorosa? ¿De necia? ¿No tenía presente aquella primera lectura
en su celda y la sensación de que le flojeaban las piernas y que la saliva no
le llegaba a la boca? Dobló aquellos folios ajados y los guardó de nuevo en el
sobre. Un sentimiento de triunfo le martilleaba el paladar, haciéndosele
difícil respirar mientras caminaba despacio junto a los tapiales ruinosos.
Tenía la convicción de que le quedaba ya muy poco por hacer, la total
aniquilación del mito estaba cercana, lo presentía. Bisabuelo, aquí está tu hijo, susurró, inconsciente, mientras
observaba el abandono de las tierras y la cerrazón de unas cabañas a punto de
venirse a pique. Prosiguió adelante por el camino carretero. Supo que tras el
siguiente recodo iba a aparecer un tajo en la tierra que en línea recta iba a
dar al paso a nivel a la altura de las vías. Recordó la conmoción del día
anterior, la certeza de su coincidencia con el sendero curvilíneo que llevaba a
la estación. Pensó que donde había recuerdos, había vida también. Y tomó el
tajo. Y cuando alcanzó el paso a nivel pudo divisar la partida del autocar de
línea. Eran las tres y cuarto y no se veía un alma en toda la extensión que
alcanzaba la vista. Rodeaba la estación desierta cuando de la esquina que estaba
a punto de doblar salió una joven. Ambos se sobresaltaron. Él dudó si saludar.
¡Dios mío! ¡Mauricio!, exclamó ella, y se le echó en los brazos. Mauricio
envolvió con frialdad su cintura. Ella lo sacudió al notar su extrañeza: ¿No me
reconoces? ¿De verdad? Rígido, él arqueó las cejas apenas un milímetro para
indicar que seguía como al principio: no, no sabía quién era. Pero ahora
mentía, la agitación lo empezaba a corroer, aquella piel blanca, aquellos ojos
negros, enormes, lo llamaban desde algún lugar. A ver si esto te dice algo,
dijo ella, y movió una ceja, y luego la otra. ¡Si me lo enseñaste tú! ¡Soy
Beatriz!
Camino de la cabaña
parecían tío y sobrina; él todo serio, recto, y ella que lo tomaba del brazo
para preguntarle si no le parecía increíble aquel encuentro; que le removía el
pelo y se asombraba de lo poco que había cambiado, porque seguramente que
Mauricio era ya mayor, a ver, que edad tenía, y se ratificaba, un viejo, ella
sólo tenía diecinueve; que lo hacía detenerse y entre feliz y compungida le
decía que, después de preguntar a unos y otros, le había dado casi por muerto,
y que podía reírse si quería pero que le lloró tanto como si hubiera fallecido
el padre; que extendía el brazo señalando la cabaña ruinosa de Juan Manuel y el
colmenar y el chamizo del tío Demetrio y comentaba que ella era la única que no
había dejado de volver en los últimos años, que a su padre le habían concedido
un traslado a Santander, así que cuando disponía de unos días libres echaba
unas cosas en la mochila y se bajaba, sola, sí, no tenía miedo.
Esa tarde ella barrió
el suelo del dormitorio de los abuelos y abrió la puerta de las cuadras y del
pajar para que se ventilaran. Esa tarde ella se ocupó de partir leña y encender
la cocina. Esa tarde, después de sacar una mesa y dos sillas al patio, apareció
con un par de cervezas y quiso celebrar con un brindis la aparición de
Mauricio, lo obligó a entrechocar los vasos, lo maniató con su sonrisa, su
proximidad, y lo empujó hasta dentro de las cuadras para que viera la limpieza
que había hecho: ¿no era hermoso aquel espacio? Lo empujó escaleras arriba,
hasta el pajar: ¿cómo iban a dejar echar a perder aquello?, y se acercó hasta
el ventanuco y lo abrió y se inclinó sobre el alféizar: ¿qué sabía Mauricio del
bisabuelo?, ¿por qué nadie le habló nunca de él?, siempre imaginó que había
sido el abuelo quien eligió ese lugar preciso y levantó el tinglado de la
cabaña. ¿Qué clase de olvido era ése?
Detrás de ella se movía una sombra
delgada, fatigada de presencias, ecos, a punto de naufragar entre el vendaval
de preguntas y sonrisas y roces. La sombra se aproximó y columpió sobre el
ventano, miró y, por primera vez desde su llegada, se fijó en las hojas
arremolinadas a los dos lados de la verja bajo la luz otoñal que bañaba el portalón,
en el curvilíneo camino de carros entre el ramaje de las hayas, en la neblinosa
superficie de la laguna en su inmensidad inabarcable. Entonces, como un
relámpago, vio la columna de humo que salía de la chimenea: otra vez ardía la
vida, allí, dentro de la cabañuela.
¿Eran o no unas Memorias? Aquel Iñaqui
Acuña se empecinaba en que no. Pero eran, claro que sí, las Memorias de un
lisiado esteta con muletas al que le quedaba un cuartillo de mala vida. ¿Qué se
podía esperar de alguien así? Pajas mentales. Lo que fue no había sido e Iñaqui
Acuña había adornado y contado lo que le pareció, a su vez trasunto del cuento
que el otro Acuña le había contado. Dos más dos no eran cuatro sino menos
cuatro cuando uno se ha gastado los cuartos y los ojos en irse por las ramas y
ver florecer un bonsái al que un cambio de perspectiva convierte en lo que es:
un enanísimo infinitesimal árbol de cuyas ramas puedes colgar a lo sumo unos
condones por si llega la primavera y florece la vida y aquello se empina e
inflama y estalla… hasta cierto punto. ¿Había Dios? Entonces lo había o lo hubo
durante tres días, lo que dura la sensatez de Dios, que no estaba para tirar
cohetes y prolongar la fiesta.