30 de marzo
de 2016: He llegado a la cabañuela. Al frío. Traigo conmigo la estación
meteorológica Oregón. Cuelgo la exterior de una escarpia en el muro del patio.
Al cabo de unos minutos marca menos tres graditos. La interior, en el dormitorio
pegado a la antigua bodega, marca más uno. El pronóstico para mañana es nevada
copiosa. A eso venía. Descargo las mil cosas –una barandilla de 3 metros que
pillamos mi amigo y yo cuando estaban deshaciendo la añeja taberna Los
Gabrieles, un somier de 105, tres butacas, cajas de herramientas, maleta,
bolsas, dos tableros, una mesa de roble abatible… ¿Para?, ¿qué me mueve a traer
y traer mil cosas a este cementerio de elefantes? Hace cuatro meses arrastré
con una veintena de esculturas madereras, levantadas como por arte y magia del
sueño que me alimenta cuando pongo un pie en este espacio remoto y fósil. Hoy
vienen de vuelta, casi irreconocibles, deshechas por los mil trajines y la
perentoria necesidad de meter en el coche hasta lo imposible. Perecerán en su
lugar de origen. Alimentarán, así lo creo, el último fuego en el patio. También
traigo una maleta llena de papeles. En la última noche atizarán ese mismo
fuego. O lo apagarán. Porque son papeles. Mejor enterrarlos o volcar la maleta
en el contenedor de papel situado a sólo 18 kilómetros, Torres de Arriba, algo
como un pueblo, aunque en invierno no mantenga más que una población de 27
habitantes.
¿Heraldo o Hereje?
En la noche sin estrellas en Madrid de un final de
abril de 1996 Mauricio Acuña atisbó los encuentros y desencuentros de unos
pocos electrones y unos cuantos neutrinos y unas putas golfas neutronas. En
sueños, tan vívidos que le dejaron la impronta de un pasado y un presente,
visualizó con los ojos abiertos el clima y la orografía de la viciada cabañuela
en el altiplano, en los altos de la paramera, y se trasladó y ascendió a las
peñas y vio llegar el nuevo día envuelto en nieblas y con el frío metido en los
huesos y la calambre de no saber qué hacer. Ese cielo desestrellado se venía
arriba. El prodigio era sobrenatural y hasta escatológico (porque a las veces Mauricio
Acuña se cagaba en los pantalones de purita diarrea mental, porque a diario diblaba
con los muertos y con los vivos y cambiaba de bando según las circunstancias y
la formación del equipo. El resultado final estaba cantado. Lo sabía, y se
entregaba sin embargo con todo el alma a ganar o perder. Era mareante estar un
día a favor y el siguiente en contra. Aquello le provocaba vértigo y a menudo
tropezaba con las sillas o la esquina de la mesa o el aparador y tenía que
ponerse firme y preguntarse quién era o si estaba muerto o acababa de resucitar).
¡Dios! ¡Dios mío…! ¡Maldita sea, sí que había
herejes! ¡Y apóstatas! ¡Y hasta herejes requeteapóstatas! Sí: Él le visitó esa noche, llevaba una
blanquísima camisola de Zara extra grande y le dijo: “Tú eres la elegida; acorde
con los nuevos tiempos, el Cristo se ha
renovado y ahora será Crista”. Y Mauricio Acuña fue corriendo a mirarse en el
espejo. Dios era medio sordo pero tenía buen ojo. Esa misma mañana me había
levantado algo espesito y me había metido en la ducha fría –imposible encender
el calentador lleno de telarañas- y maldecido a mi creador y había renovado los
calzones extra largos y la ropa de vestir que llevaba puesta cinco días
seguidos -desde que aterricé en la cabañuela y el frío incondicional hizo
florecer las capas de cebolla- y me había afeitado con una cuchilla mellada y
puesto una docena de apósitos pellizcando el rollo de papel higiénico, y luego
había buscado alguna crema en la bandeja de las féminas y me la había aplicado
para disimular el destrozo porque iba a visitar a mi tía abuela Carmina Acuña y
preguntarle quién cojones éramos o de dónde veníamos (llevaba semanas metido en
el MyHeritage y pagado 230 euros y entubado unas gotas de saliva y otras de esperma
para unas pruebas de ADN y había recibido la confirmación de que teníamos más
rastros de Homo Neanderthalensis que de Homo Sapiens. ¿Rastros?, ¿o rastrojos?),
Y recién afeitado y maquillado y con la braga del Cuello colocada a modo de
diadema o coletero me miré y remiré en el espejo. Joer, dios sí que sabía,
aunque fuera ciego y sordo. Si no fémina, sí era candidato ganador a mariquita
del año. Y entonces adiviné lo que Dios adivinaba: me estaba recetando un
cambio, que me transgenerara e hiciera de mi cuerpo…
-¿Te gustan los coños,
Mauricio? Pues hala, a tenerlo a mano
para el resto de tu vida, te podrás mirar de ombligo para abajo y conturbarte y
excitarte para el resto de tus días.
- Pero, Dios, no me
llego, no alcanzo a. Sí con la mano, pero no con la lingua. No llego a parlare
y salivare.
-¡Ah, Crista! La
elasticidad. Tienes que hacer estiramientos.
Y me acordé de Antony, el de Antony & The
Jhonsons, aquel muchachote de 150 kilos y 2 metros, sus gorgoritos, aquellas
letras a las que su voz acompañaba con deliciosos trinos… Por fin él iba a
tener un coño a guisa de capitulaciones. Pero un servidor era algo fino, en
todos los sentidos. Así que, aunque me provocaba tener un coño en la
entrepierna, no alcanzaba a entender cómo iba ese cambio a materializarse en mi
cerebro: mariquitamente hembra (porque cocinaba y planchaba y fregaba y
limpiaba y pulía como la mejor ama de casa) y cojunadamente macho porque oler a
eso, a macho, me provocaba rechazo inmediato y porque no admitía más pelo que
el de la cabeza y la entrepierna y porque hasta mi madre de 83 en su lecho de
muerte me había provocado subidones de testosterona y porque…
-¡Dios, no puedo ser
Crista! Quiero ser tu elegido y llevar la cruz de tu gloria pero, please,
recétame algo diferente, un postizo, algo que pueda quitar y ponerme a
conveniencia, así podré entrar en los lavabos de mujeres y averiguar qué coño
hacen ahí dos horas largas, o apáñame un catalizador en la entrepierna que
provoque mareas de entendimiento entre mi vecina y yo, y, si aparece el marido
de la vecina, también entre él y yo y ella y… y si es menester, también toda la
comunidad de vecinos.


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