El verano llegaba a su fin y la Laguna Negra se había convertido en un estanque. Mau Acu pudo contemplar las zapatas del viejo puente que unía las dos orillas de dos mundos distantes pero afines. El cielo era tan azul... Y el viento Norte no rizaba la superficie y aquella lisura tan plana... ¿Un espejismo? Casi que era posible ser Dios y andar sobre las aguas y llegar a la otra orilla.
Pero Dios estaba de vuelta de todo. Y Mau Acu le correspondía: de vuelta también él de dioses mudos y caminos destronados del Reino de los Cielos: sus cimientos eran sus raíces, y el desaguadero de la Laguna permitía ahora desenterrarlas, descubrir los bosquetes muertos con la subida de las aguas, plantarse en el cenagal y remover aquellos muñones que asomaban apenas medio palmo.
Aquella raíz era como una estrella, y Mau Acu la había colocado en la apertura del soportal de la vivienda, frente a la polea del pozo: el día en que le llegara la hora y abatiera la trampilla y colgara la soga en la polea, vería de frente aquella raíz sobre el fondo de unos robles desnudos y un cielo... gris.
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