HECHO 8: IÑAQUI ACUÑA: TOMA PENÚLTIMA:
Despierto desde las cinco de la
madrugada Iñaqui Acuña sigue tumbado y recapitulando, pasando página tras
página de aquella tacada de hojas por
las que ha empezado a sentir un afecto ciertamente preocupante. No es tanto lo
que dice, que eso está y estará siempre en su cabeza, sino cómo lo dice, de qué
manera se siente implicado, y cómo le va ganando la sensación de que esas hojas
son su vida –tan presente como pasado y futuro-, de que vive y respira por
ellas. Y eso le preocupa, porque genética y biográficamente jamás se le ha ido
la mano un solo centímetro, jamás ha sentido que nada ni nadie estuviera por
encima de, digamos, un buen filete de ternera o un buen gintonic o un buen polvo. Se le está yendo de la mano,
tiene que reducir la marcha y no dejarse llevar por la excitación subida de
revoluciones que protagonizan Bea y Mauricio y que ha empezado a redactar
mentalmente. Y le jode, porque nadie quiso tanto a su prima Bea como él. Y le
jode decir lo que sabe pero que hasta ahora maldita la gracia de decirlo con
palabras, una a una, blanco sobre negro:
Tumbado, sin deshacer
la cama, Mauricio quiso cerrar la puerta para no llegar a oír los movimientos
de ella mientras se quitaba la ropa en la pieza vecina. Aún escuchó el
inevitable crujido del gastado tejido de muelles bajo su peso. De pronto otra
vez el relámpago, de pronto la voz de Beatriz: “¡Eh, Mauricio! Te despierto en
cuanto me levante ¿me oyes?” Y aún al cabo de media hora seguía escuchando el
resorte de muelles de esa frase, de esa invocación que lo proyectaba hacia el
día siguiente.
Debía de parecerle una ficción. Ya
entonces no sabía lo que era una cita, había olvidado la sensación de tener un
pie adelantado, de estar esperando o dirigirse hacia algo. Una cita, trataría
de imaginar: alguien y él. O para ser más exactos: ella y él mañana, mañana.
Ella, él y El Páramo.
Estuvo a un paso de levantarse y
preguntarle quién era ella o quién era él, para que su silencio o su tontería
hicieran evidentes que no existía mañana. Ella por su lado y él por el suyo.
Sólo primos. Sólo parientes. Sólo la engañosa familiaridad y dos o tres
recuerdos comunes.
Y ya estaba entredormido, y aún
seguía, mañana, mañana, como si la sola mención de esa palabra le abriera a un
mundo desconocido, y retador, ante cuya perspectiva tenía que ponerse en
guardia.
A la mañana ella se presentó en
pijama en el dormitorio de Mauricio (imaginar a Bea en pijama, sin sostén, con
esos pechos que son la gloria de Dios, si lo hay, imaginarme a mí en la
posición de tumbado y sus pechos sobre mis napias…): “¡Arriba, holgazán!”,
pero, bueno, si dormía vestido, ¿por qué? Ya, luego se lo contaba. Venga,
venga; había una luz para morirse, un día precioso, verás.
Todavía la luz no se había
despeñado desde el risco. Todavía el rocío. Todavía la sensación de la noche
anterior, multiplicada ahora ante la perspectiva de la jornada entera por
delante a su lado, sin certezas, sin planes, seguro de ser él, quién si no,
seguro de estar bordeando el final, un día más, y se iría, para siempre.
Sólo que ahora ella se lo llevaba hacia
el monte, no te pares, anda, antes de que asomara el sol por las peñas tenían
que llegar a la casa del minero, verás.
De pronto ya no tan seguro,
empantanado entre dos orillas, dos mundos, aplomado con el lastre de recuerdos
de una vida ya perdida.
Alcanzaban la casa del minero y no
eran las nueve. Allá arriba el verde de los prados estaba sembrado de
manzanilla y las telas de araña entre las árgomas parecían pañuelos de seda
húmedos. No se divisaba la carretera. Tampoco la laguna. El horizonte era un plegamiento
de laderas pinas aptas sólo para pastar el ganado.
-La casa del minero, qué ironía.
Apoyada sobre el murete que rodeaba
la cabaña, Bea se volvió hacia Mauricio.
-Pero si tienes lengua, quién lo
diría. A ver, cuéntame.
-No ha existido nunca el minero.
Sólo su sombra; un hombre fatigado y silicótico que se retiró aquí a vivir el
final. No duró medio año. Nosotros preguntamos por él. No estaba muerto, pagaba
aún la contribución, la luz, el agua. Volvería. O quién sabe, quizás ya había
vuelto; no era amigo de hablar mucho ni poco, irse a vivir él solo aquí arriba
decía bastante. Sólo cuatro veces había pisado el pueblo; bajó con una
carretilla que cargó hasta los topes y a la ida y a la vuelta dejó un reguero
de esputos ácidos.
-¿Quién lo encontró?
Mauricio se despegó del murete y se
volvió un instante hacia ella:
-Está dentro –señaló-. Todavía paga
la luz, el agua…
-Me tomas el pelo. ¿Tú cómo sabes
eso? No, que te crees tú que voy a dejar irte así.
Ella lo retenía con ambas manos
mientras Mauricio la miraba con las suyas en los bolsillos. Por qué ella se le
aproximaba tanto. Por qué ponía su boca a un palmo. Por qué su mirada tan
clara. Y no preguntárselo sino buscar primero la forma de abrirse paso, de
llegar hasta ella, o de arrollarla.
Pronto ella tomó la delantera y lo
condujo hasta el barranco, hasta la vía. Caminaba resuelta, a buen paso.
Persiguieron aquel camino de hierro que bordeaba la laguna durante cerca de dos
horas, hasta Montoto. Allí ella se lo llevó a una tasca y pidió una botella de
vino del país y unas tapas de cecina. Ella gastaba a veces el día en ir y
volver andando; paraba siempre en esa tasca, sacaba un libro, comía algo. Le
emocionaba la sensación de regresar a El Páramo, era superior a ella, como
volver a su verdadera casa después de un viaje muy largo, y todo aquel agua
parecía no acabarse nunca, y a veces llovía y aquel camino sin un alma se hacía
eterno, y siempre la niebla en la orilla de allá, siempre a un paso de imaginar
que El Páramo y la cabañuela habían dejado de existir.
A su vuelta él persistía callado
pero volvía cada poco los ojos hacia ella. De pronto consentía que ella
rebasara la distancia mínima, que lo tomase del brazo mientras señalaba el
viejo depósito de agua sobre aquel otero, que lo hiciera detenerse y volverse a
mirar el apeadero ruinoso de la fábrica, que lo empujase hacia el banco de
arena orillada en la vía y que bromeara con revolcarse allí con él.
Ahora él ya consentía. Quizás fuera
por los cuatro vasos de vino, que la absolvían. O quizás él la miraba ya sin
otra reserva que la de su propio crédito: ¿se podía creer que fuera él, allí,
haciendo chiquilladas?
Y ella que proseguía con anécdotas
y recuerdos tan enredados con las sensaciones del momento que no parecían sino
ecos del día anterior. Que le pasaba la mano por la cara y le decía que
cambiase de gesto, que ella no estaba para pasearse con un viejo y encima
cascarrabias aunque viniesen como de molde. Y cuando le vio la media sonrisa se
arrimó y le dijo al oído que con él se lo pensaría. Que se paraba en seco y lo
volteaba como a un muñeco: que se fijara en ella, que viera que ya era una
mujer, que ella se acordaba muy bien del poco caso que le había hecho Mauricio,
sí, ya sabía que entonces Elena le traía por el camino de la locura, pero ¿de
verdad que él no se había dado cuenta de que ella sólo tenía ojos para él?,
menos se iba a acordar entonces de la tarde en que lo acompañó hasta Perales y
por el camino les cayó una tormenta, ¿qué tenía que decir ahora, eh?, y en las
fiestas, esperando que la sacara a bailar, suplicándoselo… Por cierto, que había traído una cinta de Bruce
Springsteen, ¿no lo conocía?, pues iba a ver qué maravilla, según llegaran la
iba a poner y él la iba a sacar a ella a bailar quisiera o no.
Mauricio la escuchaba, indefenso.
No quería negarse a reconocer a la mujer que era ahora, sólo quería negarle esa
voz que con tanta inmediatez y frescura hablaba de lo pasado: o ella no había
vivido el drama, o éste estaba aún por reescribirse, o era una simple, una
gilipollas.
Y de pronto se veía bailando con ella en el
patio de la cabaña bajo los acordes rítmicos de un saxo, unas guitarras
eléctricas y una voz que era un trueno
Someday, girl, I don’t know when
entonces él no pudo menos que
volverse y mirarla y el deseo le nubló los ojos. Y de pronto entraron los
acordes de un piano y aquella voz se volvía un susurro
With that smile
on her lips
y ella se pegó a él, o quizás él se
pegó a ella
Oh-o she’s the one, she’s the one
y ya llegaban a
la cabaña y ya ambos seguían abrazados y olvidados de la nueva y explosiva
melodía que estaba sonando, entonces él abrió la verja y ella sacando el casete
le dijo que lo primero era lo primero, que no olvidaba su promesa, y se acabó
la música y él se preguntó dónde estaban, trazó unos círculos de borracho y se
fue a sentar junto al brocal del pozo esperanzado con la posibilidad de que el
aparato estuviera averiado o se hubiera ido la luz, el deseo sin embargo le
crecía, un aguijón clavado en la nuca que había que quitarse como fuera, y ella
se apretaba a él…
y de pronto estaban sentados los
dos en el borde del pilón, ella le hacía burla y le toqueteaba mientras él
trataba de sujetarle las manos, que se estuviera quieta, narices, y ella, vaya,
el mismo que hacía cuatro años, él la sujetó con fuerza y se entregó a examinar
su mirada con una pasión minuciosa, pero, bésame, tonto, dijo ella, si lo
estaba deseando, a él no le costó reconocer entonces que el deseo lo abrasaba,
que no había derrota ni sumisión ni huida en volver a amar al cabo de los años
a una mujer, de veras, y ella, que no la comparase con Elena, que la soltase,
que se acabó, ella lo amaba, desde siempre, de pronto se puso a besarlo, sus
manos recorrían la espalda de Mauricio, a tirones le sacaba la camisa,
demonios, si estaba hecho un flaco, sería tonto, vaya que salía ganando con
ella, que lo comprobase, pero, bueno, ¿iba a resultar que era manco?, adelante,
era toda suya (estoy seguro de que Mauricio no llegó más lejos, así que jamás
llegaré a saber qué volcán hay dentro de mi prima más querida, qué coño tiene,
si se lo afeita o no, si le gusta hacer el pino o que la amarren a la cama…)
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