jueves, 3 de noviembre de 2016

Iñaqui Acuña


                                                         5
Hubo y había y seguiría habiendo dos orillas. Dos orillas y dos mundos separados y distantes. Y Mauricio Acuña apenas sabía nadar. Buceaba. Contenía la respiración. Ése era  su sino: la contención, el ahogo, la pajarera. A veces se morría… para luego renacer. Pero ahora se estaba muriendo de verdad, su vida era un sinsentido: la HijadePuta había crecido y recrecido y, a malas, le podía dar dos ostias y voltearle la cabeza como hiciera mil años antes la Bloguera Rubia. Todo jugaba a su contra: el tiempo atmosférico, imperturbablemente benigno, y el tiempo corrido y descorrido de los meses y años que habían volado sin que supiera a dónde ir a buscarlos.
Cuando volvió a casa aquel día, encontró la nota sobre la mesa. Podía sentirse feliz. Volvía a estar solo. Así que se fue a celebrarlo delante de la pantalla comulgando con el Ibex 35 que al final de la sesión era Ibex -35 y a resultas de lo cual estaba de pronto poco menos que en la ruina. ¡Mentecato! ¡Gilipollas! ¡Lo sabía, lo sabía…¡ ¡El carrusel de la bolsa puteaba sólo a inteligencias supremas como la suya!  Eso, a las malas, porque a las buenas beneficiaba sólo a cuatro palmeros requetesubidos ya a la palma.
Releyó la nota con el estómago encogido. Algo moría o acababa de morir. Algo estaba por renacer. Fue al baño. No se gustó ante el espejo. Le habrían abandonado por feo y desastroso. Abrió el grifo de la ducha, monomando girado al azul total, y se metió con la ropa informal que lo mismo le servía para salir de paseo que para irse a la cama a las cuatro de la mañana. Lanzó espumarajos y blasfemias ante la embestida del chorro de agua fría. Se encogió en el plato de ducha. Estaba muerto, y lo sabía. Pillar una pulmonía era sin casi un alivio.

HECHO 7: IÑAQUI ACUÑA: TOMA ANTEPENÚLTIMA:
Iñaqui Acuña y Mauricio Acuña eran primos hermanos y estaban ambos por patalear y suicidarse y dejar de una puta vez el pataleo y la infamia de saberse más muertos que vivos.
Esa mañana otoñal Iñaqui Acuña está sentado a la mesa frente al ventanal de nubes y claros repasando su vida y la de unos cuantos Acuña de su generación, vidas ya caducas, sin horizonte ni grandeza, dejándose ganar no obstante por la pasión porque no había otra: lo que fue, sería, y ya nadie ni nada iba a cambiarlo. Y porque su vida o su querencia empezaba y terminaba en El Páramo. Y porque a un esteta como él, ahora lisiado porque le gustaba darle gas al deportivo con unas cuantas copas de más y una mujer de campeonato al lado, no había ya mejor aventura que la de contemplar ensimismado aquellos años en que le bailaban las dos piernas en cuanto escuchaba una música de tango o una pachanguera amorosa y tenía cerca a alguna de sus hermosísimas primas para acompañarlo sabiendo como sabía que él era el más guapo y el más alto y el más elegante, y, sin embargo, no era: no era para ellas más que un amor de primo, al que confesarse, de quien se esperaba una caricia, un beso, y poco más, porque sus ojos estaban puestos en animales de dos patas mucho más pasionales o nada pasionales, como Mamerto y sus primos Luis y Mauricio y Miguel, ejemplares de la caverna o de museo. Sobre todo el primero: feo a rabiar, pero de una fealdad mal acabada que, a veces, en días insólitos, era sorprendentemente atractiva: sin refinamiento ni cultura, manchado de grasa hasta la coronilla porque ejercía como mecánico, que se ayudaba del dedo índice negro de petróleo para seguir las líneas de un libro, Mamerto tenía una miserable grandeza para poder con todo lo que le cayera encima, y, casi siempre, Iñaqui Acuña sentía que el tipo estaba por encima suyo, algo inexplicable, que tenía las cosas muy claras y sus circunloquios cultos y precisos se los pasaba por la punta del rabo. En fin, un animal, y… y sólo a veces racional.
Se había puesto a leer las ya casi cien páginas escritas en los últimos tres años. No eran unas Memorias, no; eran una distracción, un pasatiempo. A veces le metía algo de gas al asunto y temía enrollarse y estrellarse. No iba con él además la mierda esa de la pasión y el climax, tempo lento para saborear unos hechos que fueron demasiado a prisa porque cabalgaban sobre una cabalgadura demasiado joven y loca, como él cuando ya madurito metía gas al deportivo para cortarle la respiración al pimpollo de al lado que iba a llevarse a la boca esa noche.
Como cada mañana, después de una ducha en la que se sostenía de mala manera dentro del plato corriendo el riesgo de descalabrarse, después de un afeitado igualmente complicado, iba a sentarse a la luz del ventanal con un gin tonic y un Winston, sin encender, sólo por el gusto de aspirar el olor de las hebras y reconocerse en una postura y una actitud que le eran afines y queridas. Y con el taco aquel de hojas sobre la mesa, iba leyendo desde el principio, recuperando el clima y el sabor de un tiempo pasado, y ya estaba en el año 89, ahí se había quedado el día anterior. ¿Qué venía a continuación?, ¿qué fue?, ¿qué hubo? Sus incontables libretas con notas estaban a su derecha, apiladas en una mesita: la que estaba más a mano tenía un separador, y cuando la abrió, leyó: Mediados de septiembre del año 89, y siguió leyendo, hasta quince o veinte notas después. Ya tenía material. Al cabo de un rato se puso a escribir:
Volvía de tomar el vermut. Un desinflado bolsón de viaje estaba aparcado a la entrada de mi portal. Mientras metía la llave eché una mirada alrededor. Quise por lo pronto atajar la sorpresa, desmentir su parecido, alejar de mí a aquel sujeto parado junto al quiosco de prensa. De ninguna manera podía ser él. No sé si llegué a abrir la puerta, si me detuve, un instante, y me volví y coincidió que aquél también se había vuelto. Era Mauricio.
Tres años sin noticias suyas, así que poco podía esperar que cayese de pronto en mi casa con la confidencia además de que venía de El Páramo, que había estado allí cinco días, hasta esa misma mañana en que se despidió de nuestra prima Beatriz y decidió coger el correo de las doce y pasar a verme.
-No te has muerto de frío -dije con sorna-. ¿Qué tiempo hacía en las mañanitas?, ¿menos diez?
-Algo de frío, sí.
-¿Y la cabaña?, ¿goteras?, ¿han reventado las tuberías?
-Se mantiene en pie, sí.
Locuaz este Mauricio, pensé. Locuaz y distante.
-Y bueno, cuéntame.
-Morían como los sapos en los caminos polvorientos, despatarrados entre dos orillas, dos mundos.
Joder con la frasecita. Hablaba con ecos de otras voces, como quien recita, en el recuerdo. Sí, era un recitado. Volví a examinarlo, incrédulo, mientras él paseaba la mirada por las estanterías de libros. Le había escuchado esa frase o parecida más de una vez. Aludía al destino, al cruce de caminos, a la posibilidad de decidir, pero también a la fatalidad. A veces Mauricio parecía dispuesto a admitir que había cosas que venían dadas –su coraje, desaforado, y mi abulia; su estatura, a ras de la media, y mi rampante alopecia-. Nunca en cambio a reconocer que había otras que te las encontrabas, sin más. Sus argumentos en contra no dejaban un resquicio a la casualidad: por el hecho de estar en un lugar y tiempo determinados no te hacías merecedor de todo lo demás; hasta en los naipes no era el azar tan decisivo: elegías lo primero verte sentado a una mesa, elegías los adversarios o cuando menos los aceptabas, y elegías descartarte o no, subir la apuesta o quedarte… Pero al día siguiente desempolvaba la imagen de los sapos y uno no sabía a qué estaba jugando.
-Me pierdo –manifesté.
Echó la cabeza para atrás y hundió una mano en el pelo.
No había cambiado apenas; algunas cana y la mirada endurecida, la cicatriz que le partía la ceja y una delgadez reseca. La única novedad era su inquietud. Parecía tratarse de algo orgánico, nervioso; le temblaban las manos, y cuando vino a sentarse a la mesa y cruzó las piernas, también el pie sin apoyo. Quería dominar aquel temblor y descruzaba las piernas o apoyaba las manos en los brazos de la butaca.
-Ya sabes –dijo: todo estaba entonces a medio camino.

Sin mirarme apenas, empezó a hablar de su visita a El Páramo. Tres o cuatro años sin pisarlo, iba para dos días apenas y… y se quedó cinco. Al segundo apareció ella, Bea, y sus referencias al pasado le parecieron delitos o bromas. Todo acabó por entremezclarse: lo viejo, lo nuevo; el desencanto y la promesa de embriaguez. Pudo haber hecho lo que más apetecía: sembrar y recoger. Amarla unos días y marcharse. Ella se complacía en decirle que lo amaba desde niña. Fue definitivo: así sólo se ama una vez.
No me explicaba todavía a qué había vuelto, si no había sido para vengarse. Antes de que cobrara la libertad los sucesos se habían atropellado: la misiva de nuestra prima Elena, las muertes de Juan Manuel y la abuela, el arresto de Mamerto… En esos tres años nadie lo habíamos visto, ni siquiera la intentona de Elena consiguió sacarlo de su inapariencia: No recibe visitas, le dijo el celador.
Iñaqui Acuña revisa algunas libretas y abre un paréntesis: (Nota59: La Novia de El Páramo: Elena Acuña: No había cumplido los trece cuando empezamos a desearla. Refugiados en lo más hondo del pajar, Luis, Mauricio y yo vimos asomar su cabeza por lo alto de la escalera, vimos, sobre todo, sus ojos de gata brillando en la penumbra. Allá arriba nos hacíamos invisibles. Aquel único ventano con un cristal astillado y tupido de mierda del que limpiábamos dos o tres círculos como el culo de un vaso nos permitía ver lo de fuera; a través del portón abierto de las cuadras nos llegaba la voz de los que estaban en el patio. Nos habíamos aficionado a esa penumbra cerrada con mirador: divisábamos la laguna Negra y el camino de carros, sorprendíamos retazos de conversación que nunca deberían haber llegado a nuestros oídos y posturas y abandonos irreverentes de quienes se creían a salvo de todas las miradas. “Eh, vosotros…. Sé que estáis ahí”. Delgada y esbelta, con un molinete de pelo crespo sobre la nuca, su rostro entero y sus andares eran los de un felino. También la pachorra para hacer y no hacer. “Sabía que os iba a encontrar aquí. ¿Qué hacéis a oscuras? Deberíamos limpiarlo un poco. Hasta podíamos subir unas mantas y dormir una noche”. Hablaba con una seguridad desenfocada, arbitraria, sin querer reparar en la atención que nosotros le prestábamos, tres pares de ojos que la miraban sólo a ella. “Esta mañana he estado en casa del boticario”, dijo, sin más, y luego de robarnos quince segundos, añadió-: “¿Sabéis qué es la Inercia?” Venga, niña, suelta ya, se hartó Luis. Se puso en cuclillas, nos examinó, hizo una mueca y estiró del borde de la falda: “Tenía que haberme puesto pantalón para subir aquí, pero no tengo”. Está hecho; tú quítate la falda, y Luis se puso de pie y se desabrochó el primer botón. “No te esfuerces”, lo desairó Elena sacudiendo una mano, “uso calzones, como tú”. Te las hemos visto, niña. “Ya. Imaginaciones. A ver…”, alzó las manos y las colocó delante de la cara: “¿De qué color tengo los ojos?” Azules, patinó Luis. “Suspenso. Otro. Vale, se acabó el tiempo”. Despejó la cara: “Nunca me habéis mirado a los ojos”, protestó, y se arrodilló y abrió los brazos, colocó dos dedos en las sienes y paseó la cara erguida a un palmo de la nuestra, los ojos cenizos agrandados y la boca entreabierta. Se puso de pie: “Vais a ver”, dijo, y se levantó la falda: “Yo nunca miento, son calzones, como los vuestros”. Intimidados, mirábamos a ciegas lo improbable o lo imposible. “Os habéis quedado lelos. Si es que vivís de imaginaciones”. Creo que desde ese momento supimos que Elena nos pertenecía, que sería nuestra o de nadie. Aquella boca pequeña pero abultada nos tradujo el deseo: “Desde este momento somos cuatro”, constató, “Así que voy a revelaros un secreto, y vosotros haréis lo mismo: El boticario no cree en Dios. Me ha dicho que su estrella se apagó el día en que nació su hijo. Me ha hecho pasar a una habitación oscura donde había alguien espantoso atado a una silla: La última señal del poder y la gloria de Dios, ha dicho con un dedo. Me iba a acercar a mirarlo y me ha sujetado: ¡Cuidado, niña! ¡Muerde!”).
La misiva de nuestra prima Elena había sido la primera noticia. Luego llegó la muerte de Juan Manuel, sobrino del bisabuelo, por quien Mauricio sentía una devoción demasiado caótica. Aquel viejo, a quien yo apreciaba, entre otras cosas porque a sus noventa años era capaz de levantar un pedrusco de cincuenta kilos y llevarlo a cuestas una buena andada, seguía siendo un rojo represaliado que había sufrido las injurias de sus vecinos durante demasiado tiempo y las calamidades inherentes a su condición de republicano y ateo. Yo lo apreciaba, ya digo, incluso algo más: por sus huevos, por haberle echado tantos huevos a la vida teniéndolo todo en contra, me parecía un gigante. Algo así debió de ver en él mi primo Mauricio: el futuro de El Páramo, llegó a decir, estaba en sus manos. Aquello era demasiado decir, no lo compartía en absoluto: el viejo podía tal vez echarnos una mano -o las dos- para levantar un muro que cortase aquel viento helado que soplaba del norte, pero el futuro era nuestro, y de nadie más.
El viejo había muerto en la primavera que sucedió a la invernal carta de Elena. ¿Un presagio? Mauricio dejó el penal de Vigo, se pasó por casa de sus padres, y desapareció. El día en que se había decidido a volver tenía asumida la nueva realidad. Detrás dejaba un larguísimo retiro y una pila de cadáveres: irreconocibles y abiertos en canal, los recuerdos más imperecederos eran sólo ya un expediente sobre la mesa del forense. Sólo quedaba ir allí y matar hasta su sombra.
Ninguna emoción lo asaltó durante el viaje. Recorría un paisaje distante. Incluso si no hubieran desviado la carretera en algunos tramos y suprimido buena parte de las curvas y talado los chopos para cimentar el arcén, incluso si la brisa hubiera podido entrar a través de las ventanas herméticas, con todo y con eso se habría mantenido aquel paisaje tan distante y fantasmal como las ermitas que presidían aún las atalayas. Tampoco se emocionó al descender del autocar. Ni durante el trayecto a pie hasta la cabaña. Esta vez no se guió por el camino de la vía, sino que cogió carretera adelante –tres kilómetros de un inmaculado asfalto- hasta la casa de los Fabianes, de cuya ventana baja creyó ver descorrerse los visillos y asomar un par de ojos mientras tomaba el camino carretero. Los dos primeros días se había limitado a unos paseos circulares alrededor de la casa. El resto de tiempo lo gastaba sentado en el poyete, como un viejo, como veíamos hacer a nuestros padres y tíos en los mágicos veranos cuando éramos unos chavales. Delante suyo, a lo lejos, el risco, desdibujado ahora, volado en mil pedazos para levantar un esqueleto: el futuro hotel o parador…
Iñaqui Acuña abre otro paréntesis: (Dejar la Nota233 para más adelante: Hablar de Carlos Ochoa, el promotor y responsable de aquel embrión de hotel, y de su desgraciada aventura).
En todo momento Mauricio tenía presente la misiva de Elena que había recibido en el penal de Vigo, y tanto por la mañana como al atardecer desplegaba aquella caligrafía ya borrosa y leía la partitura de su música envenenada: “Querido Mauricio: He estado en El Páramo este último fin de semana. Me encontraba aburrida y me había puesto a pensar en algún lugar donde pasar unos días, donde no hubiera ruidos ni riadas de gente pero donde a un tiempo se dejara sentir la presencia de los ‘otros’. Ese lugar me estaba esperando desde siempre. Sin pensármelo metí cuatro cosas en una bolsa… Qué sorpresa. Qué desagradable y triste sorpresa me llevé. Mauricio: ¿te sientes dispuesto a que te descubra lo que vi y sentí en aquellos primeros momentos recién apeada del autocar? No debería herirte de esta forma, ¿verdad? Y no lo pensaba hacer, te lo aseguro; pero de pronto me acordé de que tú habías estado allí en invierno más de una vez, y me entró coraje. No podía entenderlo; si incluso en verano se salvan apenas diez días. Con unos cuantos más como tú, me dije, el desierto o Alaska pronto se convertirían en un paraíso para el turismo. Voluntariamente hice por extraer un mínimo de color en el paisaje gris, neblinoso, desolador. Querido mío: ni así, nada de nada. El grandioso roble que plantó el bisabuelo ofrecía una imagen lacerante con sus ramas desnudas, la mitad tronchadas o podridas. Y los caminos, embarrados; y los pastos, desiertos, sin una vaca, potro, yegua o cualquier otro ganado de aquella bucólica ternura que se te disparaba a veces a mi lado. Y empecé a desesperar. Entonces pensé en nuestra mesa y en el instante mismo de traspasar el umbral del restaurante “La Cabaña” me fui hacia ella como imantada. Saqué unos papeles del bolso; traté, por lo menos, de hacer emerger el paisaje íntimo (más tuyo que mío). Era la misma mesa de tus sinsabores embriagados y tus miradas hacia mí, la misma en la que a última hora volcabas toda tu rabia por el futuro de El Páramo. Los dedos, ateridos, acercaron el vaso de cubata a mis labios. Un trago y… y cogí el portante. Buscaba sólo enterrarme bajo las mantas. Eran las diez de la noche y no me podía dormir. Entretanto me venía el sueño daba vueltas a los recuerdos, indecisa sobre si marcharme a la mañana siguiente o esperar un día más, a ver qué resultaba. Me quedé por ti. Me juraba mil veces que cómo ibas a engañarte tan a conciencia, y que un mal día lo tiene cualquiera. Segundo día: ídem de ídem. Mucho peor. Así como el primer día me había entregado a revivir las mil y una sensaciones que llevaba grabadas, decapitándolas acto seguido, no yo, la realidad, y de haberme marchado esa misma mañana quizá todo hubiera quedado como una pesadilla, el segundo día (el recuerdo que guardo de él, me corregirás tú), fue un paseo delante de una exposición de cadáveres. Imposible olvidarlo. La confirmación, fuera de dudas, de la pesadilla del día anterior. Mauricio: Juan Manuel (a quien hubieras querido como padre genuino, “no el del canuto y la orla”, como decías), sigue allí, muriéndose, de frío, y miseria, y  soledad. Como te va a pasar a ti, si un día llevas a cabo la locura de encerrarte entre esas cuatro paredes. Y qué decir de Mamerto, que parece ya un viejo y con el que no se puede cruzar dos palabras sin que se abisme en un silencio que pone los pelos de punta. Nunca más, Mauricio, nunca más me mezcles en tus vuelos visionarios. Me gustaría, por qué no, seguir siendo tu amiga, pero lejos de conservarme como un amor inspirado…, inspirado en novela barata. Te lo digo de todo corazón: no contengas por más tiempo el mismo aire rancio en tus pulmones, procura tomar otros aires cuando salgas, deja que la cabañuela se pudra (como le va a suceder de todos modos porque no está en tu mano el evitarlo). Se despide: Elena”
¿La podía tachar de vulgar?, ¿de rencorosa? ¿De necia? ¿No tenía presente aquella primera lectura en su celda y la sensación de que le flojeaban las piernas y que la saliva no le llegaba a la boca? Dobló aquellos folios ajados y los guardó de nuevo en el sobre. Un sentimiento de triunfo le martilleaba el paladar, haciéndosele difícil respirar mientras caminaba despacio junto a los tapiales ruinosos. Tenía la convicción de que le quedaba ya muy poco por hacer, la total aniquilación del mito estaba cercana, lo presentía. Bisabuelo, aquí está tu hijo, susurró, inconsciente, mientras observaba el abandono de las tierras y la cerrazón de unas cabañas a punto de venirse a pique. Prosiguió adelante por el camino carretero. Supo que tras el siguiente recodo iba a aparecer un tajo en la tierra que en línea recta iba a dar al paso a nivel a la altura de las vías. Recordó la conmoción del día anterior, la certeza de su coincidencia con el sendero curvilíneo que llevaba a la estación. Pensó que donde había recuerdos, había vida también. Y tomó el tajo. Y cuando alcanzó el paso a nivel pudo divisar la partida del autocar de línea. Eran las tres y cuarto y no se veía un alma en toda la extensión que alcanzaba la vista. Rodeaba la estación desierta cuando de la esquina que estaba a punto de doblar salió una joven. Ambos se sobresaltaron. Él dudó si saludar. ¡Dios mío! ¡Mauricio!, exclamó ella, y se le echó en los brazos. Mauricio envolvió con frialdad su cintura. Ella lo sacudió al notar su extrañeza: ¿No me reconoces? ¿De verdad? Rígido, él arqueó las cejas apenas un milímetro para indicar que seguía como al principio: no, no sabía quién era. Pero ahora mentía, la agitación lo empezaba a corroer, aquella piel blanca, aquellos ojos negros, enormes, lo llamaban desde algún lugar. A ver si esto te dice algo, dijo ella, y movió una ceja, y luego la otra. ¡Si me lo enseñaste tú! ¡Soy Beatriz!
Camino de la cabaña parecían tío y sobrina; él todo serio, recto, y ella que lo tomaba del brazo para preguntarle si no le parecía increíble aquel encuentro; que le removía el pelo y se asombraba de lo poco que había cambiado, porque seguramente que Mauricio era ya mayor, a ver, que edad tenía, y se ratificaba, un viejo, ella sólo tenía diecinueve; que lo hacía detenerse y entre feliz y compungida le decía que, después de preguntar a unos y otros, le había dado casi por muerto, y que podía reírse si quería pero que le lloró tanto como si hubiera fallecido el padre; que extendía el brazo señalando la cabaña ruinosa de Juan Manuel y el colmenar y el chamizo del tío Demetrio y comentaba que ella era la única que no había dejado de volver en los últimos años, que a su padre le habían concedido un traslado a Santander, así que cuando disponía de unos días libres echaba unas cosas en la mochila y se bajaba, sola, sí, no tenía miedo.
Esa tarde ella barrió el suelo del dormitorio de los abuelos y abrió la puerta de las cuadras y del pajar para que se ventilaran. Esa tarde ella se ocupó de partir leña y encender la cocina. Esa tarde, después de sacar una mesa y dos sillas al patio, apareció con un par de cervezas y quiso celebrar con un brindis la aparición de Mauricio, lo obligó a entrechocar los vasos, lo maniató con su sonrisa, su proximidad, y lo empujó hasta dentro de las cuadras para que viera la limpieza que había hecho: ¿no era hermoso aquel espacio? Lo empujó escaleras arriba, hasta el pajar: ¿cómo iban a dejar echar a perder aquello?, y se acercó hasta el ventanuco y lo abrió y se inclinó sobre el alféizar: ¿qué sabía Mauricio del bisabuelo?, ¿por qué nadie le habló nunca de él?, siempre imaginó que había sido el abuelo quien eligió ese lugar preciso y levantó el tinglado de la cabaña. ¿Qué clase de olvido era ése?
Detrás de ella se movía una sombra delgada, fatigada de presencias, ecos, a punto de naufragar entre el vendaval de preguntas y sonrisas y roces. La sombra se aproximó y columpió sobre el ventano, miró y, por primera vez desde su llegada, se fijó en las hojas arremolinadas a los dos lados de la verja bajo la luz otoñal que bañaba el portalón, en el curvilíneo camino de carros entre el ramaje de las hayas, en la neblinosa superficie de la laguna en su inmensidad inabarcable. Entonces, como un relámpago, vio la columna de humo que salía de la chimenea: otra vez ardía la vida, allí, dentro de la cabañuela.
¿Eran o no unas Memorias? Aquel Iñaqui Acuña se empecinaba en que no. Pero eran, claro que sí, las Memorias de un lisiado esteta con muletas al que le quedaba un cuartillo de mala vida. ¿Qué se podía esperar de alguien así? Pajas mentales. Lo que fue no había sido e Iñaqui Acuña había adornado y contado lo que le pareció, a su vez trasunto del cuento que el otro Acuña le había contado. Dos más dos no eran cuatro sino menos cuatro cuando uno se ha gastado los cuartos y los ojos en irse por las ramas y ver florecer un bonsái al que un cambio de perspectiva convierte en lo que es: un enanísimo infinitesimal árbol de cuyas ramas puedes colgar a lo sumo unos condones por si llega la primavera y florece la vida y aquello se empina e inflama y estalla… hasta cierto punto. ¿Había Dios? Entonces lo había o lo hubo durante tres días, lo que dura la sensatez de Dios, que no estaba para tirar cohetes y prolongar la fiesta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario