martes, 25 de octubre de 2016

Las Raíces


Sobre palé, Raíz orillada en la Laguna Negra


Con ayuda del viento Norte y el deshielo, Mau Acu estaba rescatando las raíces de lo que fue y ya no era. Como hicieran su bisabuelo y tatarabuelo para alimentar el fogón y la chimenea carreteando la turba -que apilaban como ladrillos en el Portalón formando una mampara, turba que era el calor de la vida, el sustento del fuego y la comida caliente, turba producto de la putrefacción y bajo cuyo suelo estaba la arena, milagro de cristales de sílice casi puro de valor incalculable a la que ellos no prestaban ninguna atención-, ahora, como entonces, como hicieran sus antepasados para calentar una vida que era un 'páramo', Mau Acu recogía viejas raíces de árboles muertos hacía ya 90 años, y tan limpias y sólidas como cristales de carbono.


Leña del árbol caído

Como los humanos, los árboles tienen su ciclo vital: nacimiento, crecimiento, plenitud, decrecimiento y muerte. A diferencia de los humanos, cuyas muertes sirven para nada, o como mucho para recomponer la maquinaría averiada de otro humano, los árboles tenían una vida más larga y favorecían a mil especies de dos y cuatro patas y a los alados e invertebrados, y nutrían de una sombra refrescante la paramera, sombra a la que acudían a refugiarse el ganado y los hombres en los tórridos veranos. Pero, ahora, cuando morían, se hacía leña de ellos. En la tierra, no obstante, quedaba una cicatriz, un vacío, que nadie se preocupaba de volver a llenar.

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