miércoles, 19 de octubre de 2016

Nasceu en un feixe de pallas

                                                   
La mesa de los Acuña en los tiempos del bisabuelo

‘Nasceu en un feixe de pallas / … Morreu un dia calqueira / Quén sabe cómo morreu’ dicen los versos de Rosalía, y Mauricio Acuña los escuchaba en la voz de Amancio Prada y se emocionaba a morrir, sin morrir del todo, porque se había puesto una fecha de caducidad, 13 de enero, que había ya caducado nueve veces. Ocho o diez emociones intensas había en su vida: la tercera lectura de la Biblia en la versión de Casiodoro de la Reina y la primera masturbación, la segunda…, y las dos penúltimas. También algunos sordos fracasos sensacionales: la resurrección incompleta de sus hermanos Perejil y Meritorio en el final de la campaña por una muerte digna de 2002, o el acto de fe ciega en la Divinidad a lo largo y ancho de aquella noche ventosa en que no había tabique por medio entre su vigilia y los ronquidos de la esposa de su primo hermano Miguel Acuña (requeteconocida por todo quisque como La Bloguera, a secas, o como La Bloguera Rubia, por el oro de su preciada cabellera púbica), eso en la Irlanda donde las diosas celtas no se sabe todavía que roncan y ventosean como benditas hijasdelagran…madre.
Solidario y Solipsista, Mauricio Acuña podía viajar a lo largo de su tiempo pasado y requetepasado y encontrar alguna otra emoción no causada por los propios órganos o la cabeza impropiamente dividida en dos: su siamés y él, él y su siamés: alguien decía Dios es Dios o Zapatero es o Rajoy es, y el siamés añadía: Es un mierda y un maricón, y él: ¿Un Mierda?, bueno, sí, pero neutro, por algo será Dios.
La lista de Hechos o emociones impropias que hacen que uno no sea como es y mucho menos como quiere ser es la que sigue, según un orden arbitrario y temperamental:
HECHO 0: EL PÁRAMO:
Enterrado en nieblas, El Páramo subyugaba de noche a los clarividentes, profetas de un destino y un lugar sin estrellas, y, de día, a unos cuantos pobres ilusos que tanteaban el cielo en aquel fondo sin fondo. A mediados del siglo pasado los dos conos de luz de algún vehículo moderno trataban de arañar el velado camino que nunca más perseguiría el insomne bisabuelo Acuña, clavado ahora a un asiento de tres patas y a las cuatro mil y pico piedras que levantó de joven y que ya, más que viejo, habitaba a oscuras, encerrado en la cuadra, víctima de un nublado que lo retrotraía a la luminosidad paradisíaca de una isla de negros cuyas coordenadas aún recordaba de memoria: 1°25′56″S 5°38′20.58″E: Annobón.
Muerto en vida, el bisabuelo Acuña seguía oficiando de paterfamilias (Dios y Señor de sus hijos y nietos y biznietos en cuanto ponían un pie en su reducido e inculto territorio), pero consagrado sobre todo a la política del cariño y del amor: su apuesta era no llegar a merecer nunca un solo recuerdo. Bastante tenía con los suyos. Le apestaban, le hablaban de que llevaba muerto mucho tiempo.


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