3
Se le estaba acabando
la vida a Mauricio Acuña y estaba feliz y encoñadamente arrejuntado con una soprima
tercera o terciaria porque hubo sus más y sus manos sobre quién era quién y
ella tenía una mala hostia que vaya. Él, de los Acuña, y ella de los Acuña Cuña
Uña. ¿Significados?, ¿polivalencias de aquella regresión?, ¿química
algorítmica?
Podía pensarse que ella era retrasada y que él se había
aprovechado al volver de su último viaje con media dentadura y cuarto y mitad
de pelo y dos cucharillas de sífilis y un sugar de malaria. Él se estaba
pensando dejar su apartamento en Madrid e irse a vivir a El Páramo, a la casa
familiar que le pertenecía por derecho y porque sus otros dos hermanos habían
emigrado, Meritorio a Panamá, a un jesuítico colegio ya con grado de doctor en
Filosofía, y Perejil a un pueblo de las afueras de Granada donde su casa pegaba
casi puerta con puerta con la tumba presunta de Lorca a la que se podía entrar
sin llamar antes al administrador de la finca. La prima terciaria era un
monumento y él entendió que a las dos semanas de arrejuntados empezara a
flirtear con un vecino gañán de cuerpo recio y toril y edad indefinida –entre
los veinte y los veintidós-: sin meditarlo mucho deliberó que aquel gañán
bautizado Lucas como el evangelista estaba en su derecho y cuasi su deber de
follar con aquel monumental joyón relicario al que le quedaban dos Semanas
Santas para empezar a sentir el calvario del derrumbe físico y anímico. Lo
comprendía y aprobaba, pero por mediación de Dios se puso entonces a redactar
las “27 Reglas para suicidarse por gusto y con gusto” que tenía pergeñadas
desde hace cuatro quinquenios.
Lo hizo pensando en ella, Mercedes Acuña Cuña
Uña, y en una hija imaginaria que había aprendido a gatear y trataba ahora de
izarse sobre los cuartos traseros para reclamarle una pensión y un máster en
Biotecnología en la Universidad de Stanford, una hija preciosa y aplicada a la
que había inculcado el ahorro, el aseo, la caridad con los más necesitados y el
compromiso con una vida honesta. Ya le había buscado otro nombre: HijadePuta.
Por las mañanas, antes de que amaneciera, él estaba ya en pie y había preparado
un desayuno suculento para sus dos mujeres a base de huevos, zumo y cereales y
café y tostadas. Mientras ellas dos se duchaban y aseaban y la niña preparaba
la mochila, él recogía la cocina y hacía las camas y ponía en marcha la
lavadora y luego se cambiaba a toda prisa y llevaba a su pareja a la parada del
bus y continuaba conduciendo hasta dejar a la pequeña futura Hjadeputa en el
colegio. Veinte minutos después y tan pronto cruzaba la puerta de la casa
familiar se producía un descenso vertiginoso a un espacio ignoto pero real: el desempleado
desdentado y febril con ínfulas de escritor encendía el ordenador y se servía
una Mahou 5 estrellas en una copa de balón y, después de meter la contraseña y
esperar media hora tres cuartos a que el maltrecho electrodoméstico se
calentara sin hacer otra cosa que monear con el plumero quitando la ceniza del
teclado, pulsaba donde el anagrama de Internet Explorer y abría tres o cuatro
páginas de la Bolsa en pestañas diferentes tales como Invertia, Infobolsa y
Ladrones.com y con la calculadora en la mano le daban las 12 de la mañana y ya
iba por la quinta Mahou: “Primera Regla”, escribe: “Si estás muerto pero no
suicidado, adquiere hábitos que te comprometan y te lleven a la ruina”.
HECHO
6: NACIMIENTO DE AFRODITA:
La Bloguera Rubia
esposa de Miguel Acuña habla de cuando tomaba las aguas en el Atlántico Norte
(Irlanda) y dice:
-Y digo yo: “¡JOOODER!”
Lo digo ¿y?
Nada. Nada de nada.
Pero lo dice Fulanito de Tal que tiene 123.456 seguidores en su blog y al
momento hay otros tantos jodiendo como locos. Ya sé, ya sé que la RAE dice que
hay que emplear el imperativo para sugerir o dar órdenes. Había que decir
“¡Joded!”. Es lo correcto, pero que no me vengan con esas, todo el mundo dice
Joder, Voy a joder, Joder con este con el otro, A joder o joderse…, ¡Que te
jodan RAE! Yo ronco por las noches. Hace un par de años era un silbido. Y yo
creí que la cosa seguía así, hasta que mi vecino de abajo me apuñaló el suelo
porque mi apartamento debe estar construido con papel prensado, y, cuando abrí
una pestaña, oí: ¡Puta mierda, cómo ronca la tía! ¿Iba por mí? Volvió a
apuñalarme el suelo y la mirada cuando nos cruzamos en el ascensor a los dos
días. Total: recurrí a my Iphone y me grabé el sueño. A la mañana siguiente
todo lo que oí fueron ronquidos (¡Joder, cómo roncaba el bicho!, algunos tan
delicados que casi que me salgo corriendo de casa). Total: que cambié de dormitorio:
del principal al de los niños que ya se me habían ido a la China o a saber.
Digo esto porque soy bloguera de oficio: me gusta divulgar mi voz y mis gustos
y hasta mis pajas mentales. Y también porque estoy jodida del verbo Joder, ¿se
me entiende? Ah, pero llevo unos días escribiendo a lápiz y, Jodeos, eso de
tener las hojas por aquí y por allá es algo que estimula más que un Jerez. No,
no: no voy a perder mis señas de identidad, ni se me escurre, sería como perder
el dibujo de mi deliciosa boca y de mi esplendoroso cuerpo y no reconocerme ni
delante del espejo. Pero, hoy, una vez que llevo cuatro días haciendo pinitos
con el lápiz, y antes de que escriba ante el teclado de mi super Mac la página
diaria de mi blog “Dools and More by Julia Springfield”, quiero tentar (del
sustantivo ‘tentación’, que esto me lo enseñó otro Acuña que era letrado y se
había leído la biblia en verso, ‘Tentación’: algo primoroso cuando llega la
primavera y observas que tu cuerpo requeteprimoroso empieza a dar alguna señal
de preforma o preclive o presuración o como se diga, con algunas curvas algo
pronunciadas… pero hacia abajo, y, sobre todo, que ha llegado la primavera,
¡Joded cuánto podáis!, que a mí no me toca, yo me ayuno, es que apenas noto el
volcán primaveril, no hay mensajes en ninguna de mis 18 direcciones de correo,
ni en mis hormonas…, es que estoy… ¡jodida de joder o más bien de nojoder!), en
fin, que quiero intentar protagonizar una media página y decir cómo me iban las
cosas hace diez mil años, allá, en la costa oeste de Irlanda, donde me instalé
durante un par de años para que mis hijos tuvieran un inglés decente con que
poder defenderse de tanto macarrón con cuatro idiomas y diplomas y másteres y
la madre que los parió. No hay decencia ya en este mundo: se debería poner
límites a la capacidad de absorber y aprender tanto y tan rápido. Algo más de
igualdad no estaría de más. Porque si a mí me hubieran dado una oportunidad,
estaría a estas alturas de bibliotecaria jefe en la Nacional de Madrid, o
tendría, que para el caso es mucho mejor, tendría 1.000.000 de seguidores en mi
blog, ¿he dicho ya el titulazo?, “Dools and More by Julia Springfield”, ¿molón,
eh? Continúo mañana porque ha salido el sol y voy a ver si lo recojo en mis
brazos y lo acuno y me da algo de vida, que estoy ya algo peda por el Jerez y
cansada de escribir a mano o mana, como se diga, que les den a los gramáticos…,
yo soy logopeda, sí, he enseñado a mis niños a hablar, que eran mudos de
nacimiento, sí, y también le he tentado a mi exmarido, que lo sigue siendo,
pero es que el muy cabrito es Acuña y no habla por respeto, sí, fundamental el
respeto: “Mercedes: no voy a decir lo que pienso”, decía, y poco más decía, ¿qué
me quería decir? Habla, hijo, habla, le decía yo, y él siempre me respetó y
jamás jamás jamás tuvimos ningún asalto ni pelea. Potente pero Mudito, ya digo.
Ah, pero una no aguanta la mudez ni medio segundo: ¡Hijodetal, qué me estás
diciendo!, con que eso piensas, ¿eh?, y él, mudito y con los ojos como platos
viendo lo que se le venía encima por pensar lo que pensaba aunque no lo dijera.
En fin, que algunas hemos nacido para hacer vibrar el aire con nuestra
presencia y nuestra voz, y otros no lo perturban aunque estén por no salir a
flote porque se están ahogando.
Y la Bloguera se salió mentalmente al
jardín hipando y haciendo alguna que otra estilosa S; en una mano, un cojín de
terciopelo rojo con las plumas de aquel ganso que su Miguel Acuña abatió de una
pedrada certera, en la otra, arrastrada más que sostenida, una colchoneta. No
habían transcurridos dos minutos, y ya dormía y roncaba y ventoseaba como una
bendita hijadelgran… padre Cuchalain.
La Bloguera flotaba, siempre, con buen
tiempo o con borrasca y marejada; el suyo era un mundo real hecho de realidades
tangibles y contables -como la braguita sepia con manchas negras apañada y
cosida por ella misma de una tela de Tapiés que compró a un pordiosero de Las
Ramblas, hasta que supo, y colgó en eBay con el anuncio “Braguita Tapiés de mil
usos apenas usada: 99.000 euracos”-, y cuando quería, se desahogaba, y cuando
no, encontraba siempre un alma de Dios a la que ofrendar con un Jerez. Pero la
Bloguera Rubia tenía su vena mística, y su coraje, y un empujón enorme para
saber en cada momento dónde estaba el más allá y dónde el más acá. Y cuantos la
conocían, o bien se iban al otro mundo, o bien la tenían presente para lo malo
y para lo peor. Así que, por más que Mauricio Acuña no quisiera acordarse de
ella ni en pintura, la tal reaparecía en un horizonte perdurable (era la tal,
la Bloguera, rubia y alta, y con dos prendas minúsculas, mal prendidas con
imperdibles sobre el cuerpo mayúsculo, salió de las olas… Era el Atlántico
Norte, Irlanda Oeste, y no era verano ni primavera ni otoño, era un día fechado:
“En Kinvara Beach, a 22 de enero”).