martes, 25 de octubre de 2016

Las Raíces


Sobre palé, Raíz orillada en la Laguna Negra


Con ayuda del viento Norte y el deshielo, Mau Acu estaba rescatando las raíces de lo que fue y ya no era. Como hicieran su bisabuelo y tatarabuelo para alimentar el fogón y la chimenea carreteando la turba -que apilaban como ladrillos en el Portalón formando una mampara, turba que era el calor de la vida, el sustento del fuego y la comida caliente, turba producto de la putrefacción y bajo cuyo suelo estaba la arena, milagro de cristales de sílice casi puro de valor incalculable a la que ellos no prestaban ninguna atención-, ahora, como entonces, como hicieran sus antepasados para calentar una vida que era un 'páramo', Mau Acu recogía viejas raíces de árboles muertos hacía ya 90 años, y tan limpias y sólidas como cristales de carbono.


Leña del árbol caído

Como los humanos, los árboles tienen su ciclo vital: nacimiento, crecimiento, plenitud, decrecimiento y muerte. A diferencia de los humanos, cuyas muertes sirven para nada, o como mucho para recomponer la maquinaría averiada de otro humano, los árboles tenían una vida más larga y favorecían a mil especies de dos y cuatro patas y a los alados e invertebrados, y nutrían de una sombra refrescante la paramera, sombra a la que acudían a refugiarse el ganado y los hombres en los tórridos veranos. Pero, ahora, cuando morían, se hacía leña de ellos. En la tierra, no obstante, quedaba una cicatriz, un vacío, que nadie se preocupaba de volver a llenar.

La Bloguera Rubia

  
3
Se le estaba acabando la vida a Mauricio Acuña y estaba feliz y encoñadamente arrejuntado con una soprima tercera o terciaria porque hubo sus más y sus manos sobre quién era quién y ella tenía una mala hostia que vaya. Él, de los Acuña, y ella de los Acuña Cuña Uña. ¿Significados?, ¿polivalencias de aquella regresión?, ¿química algorítmica? 
Podía pensarse que ella era retrasada y que él se había aprovechado al volver de su último viaje con media dentadura y cuarto y mitad de pelo y dos cucharillas de sífilis y un sugar de malaria. Él se estaba pensando dejar su apartamento en Madrid e irse a vivir a El Páramo, a la casa familiar que le pertenecía por derecho y porque sus otros dos hermanos habían emigrado, Meritorio a Panamá, a un jesuítico colegio ya con grado de doctor en Filosofía, y Perejil a un pueblo de las afueras de Granada donde su casa pegaba casi puerta con puerta con la tumba presunta de Lorca a la que se podía entrar sin llamar antes al administrador de la finca. La prima terciaria era un monumento y él entendió que a las dos semanas de arrejuntados empezara a flirtear con un vecino gañán de cuerpo recio y toril y edad indefinida –entre los veinte y los veintidós-: sin meditarlo mucho deliberó que aquel gañán bautizado Lucas como el evangelista estaba en su derecho y cuasi su deber de follar con aquel monumental joyón relicario al que le quedaban dos Semanas Santas para empezar a sentir el calvario del derrumbe físico y anímico. Lo comprendía y aprobaba, pero por mediación de Dios se puso entonces a redactar las “27 Reglas para suicidarse por gusto y con gusto” que tenía pergeñadas desde hace cuatro quinquenios. 
Lo hizo pensando en ella, Mercedes Acuña Cuña Uña, y en una hija imaginaria que había aprendido a gatear y trataba ahora de izarse sobre los cuartos traseros para reclamarle una pensión y un máster en Biotecnología en la Universidad de Stanford, una hija preciosa y aplicada a la que había inculcado el ahorro, el aseo, la caridad con los más necesitados y el compromiso con una vida honesta. Ya le había buscado otro nombre: HijadePuta. 
Por las mañanas, antes de que amaneciera, él estaba ya en pie y había preparado un desayuno suculento para sus dos mujeres a base de huevos, zumo y cereales y café y tostadas. Mientras ellas dos se duchaban y aseaban y la niña preparaba la mochila, él recogía la cocina y hacía las camas y ponía en marcha la lavadora y luego se cambiaba a toda prisa y llevaba a su pareja a la parada del bus y continuaba conduciendo hasta dejar a la pequeña futura Hjadeputa en el colegio. Veinte minutos después y tan pronto cruzaba la puerta de la casa familiar se producía un descenso vertiginoso a un espacio ignoto pero real: el desempleado desdentado y febril con ínfulas de escritor encendía el ordenador y se servía una Mahou 5 estrellas en una copa de balón y, después de meter la contraseña y esperar media hora tres cuartos a que el maltrecho electrodoméstico se calentara sin hacer otra cosa que monear con el plumero quitando la ceniza del teclado, pulsaba donde el anagrama de Internet Explorer y abría tres o cuatro páginas de la Bolsa en pestañas diferentes tales como Invertia, Infobolsa y Ladrones.com y con la calculadora en la mano le daban las 12 de la mañana y ya iba por la quinta Mahou: “Primera Regla”, escribe: “Si estás muerto pero no suicidado, adquiere hábitos que te comprometan y te lleven a la ruina”.

HECHO 6: NACIMIENTO DE AFRODITA:
La Bloguera Rubia esposa de Miguel Acuña habla de cuando tomaba las aguas en el Atlántico Norte (Irlanda) y dice:
-Y digo yo: “¡JOOODER!”
Lo digo ¿y?
Nada. Nada de nada. Pero lo dice Fulanito de Tal que tiene 123.456 seguidores en su blog y al momento hay otros tantos jodiendo como locos. Ya sé, ya sé que la RAE dice que hay que emplear el imperativo para sugerir o dar órdenes. Había que decir “¡Joded!”. Es lo correcto, pero que no me vengan con esas, todo el mundo dice Joder, Voy a joder, Joder con este con el otro, A joder o joderse…, ¡Que te jodan RAE! Yo ronco por las noches. Hace un par de años era un silbido. Y yo creí que la cosa seguía así, hasta que mi vecino de abajo me apuñaló el suelo porque mi apartamento debe estar construido con papel prensado, y, cuando abrí una pestaña, oí: ¡Puta mierda, cómo ronca la tía! ¿Iba por mí? Volvió a apuñalarme el suelo y la mirada cuando nos cruzamos en el ascensor a los dos días. Total: recurrí a my Iphone y me grabé el sueño. A la mañana siguiente todo lo que oí fueron ronquidos (¡Joder, cómo roncaba el bicho!, algunos tan delicados que casi que me salgo corriendo de casa). Total: que cambié de dormitorio: del principal al de los niños que ya se me habían ido a la China o a saber. Digo esto porque soy bloguera de oficio: me gusta divulgar mi voz y mis gustos y hasta mis pajas mentales. Y también porque estoy jodida del verbo Joder, ¿se me entiende? Ah, pero llevo unos días escribiendo a lápiz y, Jodeos, eso de tener las hojas por aquí y por allá es algo que estimula más que un Jerez. No, no: no voy a perder mis señas de identidad, ni se me escurre, sería como perder el dibujo de mi deliciosa boca y de mi esplendoroso cuerpo y no reconocerme ni delante del espejo. Pero, hoy, una vez que llevo cuatro días haciendo pinitos con el lápiz, y antes de que escriba ante el teclado de mi super Mac la página diaria de mi blog “Dools and More by Julia Springfield”, quiero tentar (del sustantivo ‘tentación’, que esto me lo enseñó otro Acuña que era letrado y se había leído la biblia en verso, ‘Tentación’: algo primoroso cuando llega la primavera y observas que tu cuerpo requeteprimoroso empieza a dar alguna señal de preforma o preclive o presuración o como se diga, con algunas curvas algo pronunciadas… pero hacia abajo, y, sobre todo, que ha llegado la primavera, ¡Joded cuánto podáis!, que a mí no me toca, yo me ayuno, es que apenas noto el volcán primaveril, no hay mensajes en ninguna de mis 18 direcciones de correo, ni en mis hormonas…, es que estoy… ¡jodida de joder o más bien de nojoder!), en fin, que quiero intentar protagonizar una media página y decir cómo me iban las cosas hace diez mil años, allá, en la costa oeste de Irlanda, donde me instalé durante un par de años para que mis hijos tuvieran un inglés decente con que poder defenderse de tanto macarrón con cuatro idiomas y diplomas y másteres y la madre que los parió. No hay decencia ya en este mundo: se debería poner límites a la capacidad de absorber y aprender tanto y tan rápido. Algo más de igualdad no estaría de más. Porque si a mí me hubieran dado una oportunidad, estaría a estas alturas de bibliotecaria jefe en la Nacional de Madrid, o tendría, que para el caso es mucho mejor, tendría 1.000.000 de seguidores en mi blog, ¿he dicho ya el titulazo?, “Dools and More by Julia Springfield”, ¿molón, eh? Continúo mañana porque ha salido el sol y voy a ver si lo recojo en mis brazos y lo acuno y me da algo de vida, que estoy ya algo peda por el Jerez y cansada de escribir a mano o mana, como se diga, que les den a los gramáticos…, yo soy logopeda, sí, he enseñado a mis niños a hablar, que eran mudos de nacimiento, sí, y también le he tentado a mi exmarido, que lo sigue siendo, pero es que el muy cabrito es Acuña y no habla por respeto, sí, fundamental el respeto: “Mercedes: no voy a decir lo que pienso”, decía, y poco más decía, ¿qué me quería decir? Habla, hijo, habla, le decía yo, y él siempre me respetó y jamás jamás jamás tuvimos ningún asalto ni pelea. Potente pero Mudito, ya digo. Ah, pero una no aguanta la mudez ni medio segundo: ¡Hijodetal, qué me estás diciendo!, con que eso piensas, ¿eh?, y él, mudito y con los ojos como platos viendo lo que se le venía encima por pensar lo que pensaba aunque no lo dijera. En fin, que algunas hemos nacido para hacer vibrar el aire con nuestra presencia y nuestra voz, y otros no lo perturban aunque estén por no salir a flote porque se están ahogando.
Y la Bloguera se salió mentalmente al jardín hipando y haciendo alguna que otra estilosa S; en una mano, un cojín de terciopelo rojo con las plumas de aquel ganso que su Miguel Acuña abatió de una pedrada certera, en la otra, arrastrada más que sostenida, una colchoneta. No habían transcurridos dos minutos, y ya dormía y roncaba y ventoseaba como una bendita hijadelgran… padre Cuchalain.
La Bloguera flotaba, siempre, con buen tiempo o con borrasca y marejada; el suyo era un mundo real hecho de realidades tangibles y contables -como la braguita sepia con manchas negras apañada y cosida por ella misma de una tela de Tapiés que compró a un pordiosero de Las Ramblas, hasta que supo, y colgó en eBay con el anuncio “Braguita Tapiés de mil usos apenas usada: 99.000 euracos”-, y cuando quería, se desahogaba, y cuando no, encontraba siempre un alma de Dios a la que ofrendar con un Jerez. Pero la Bloguera Rubia tenía su vena mística, y su coraje, y un empujón enorme para saber en cada momento dónde estaba el más allá y dónde el más acá. Y cuantos la conocían, o bien se iban al otro mundo, o bien la tenían presente para lo malo y para lo peor. Así que, por más que Mauricio Acuña no quisiera acordarse de ella ni en pintura, la tal reaparecía en un horizonte perdurable (era la tal, la Bloguera, rubia y alta, y con dos prendas minúsculas, mal prendidas con imperdibles sobre el cuerpo mayúsculo, salió de las olas… Era el Atlántico Norte, Irlanda Oeste, y no era verano ni primavera ni otoño, era un día fechado: “En Kinvara Beach, a 22 de enero”).

jueves, 20 de octubre de 2016

Hecho 14: Mi Negra en Annobón

                


   Mau Acu renovando su suerte y el final de una vida
   Hecho Último o Último Deshecho
Mi Negra habla a sacudidas mientras me estudia. Sus conocimientos de entomología le sacan de dudas: soy un vertebrado con tendencias regresivas, propias del suborden de los insectos. Sácate el chicle de la boca, dice, últimamente no se te entiende na.
Ay, Dios: Las debilidades del hombre son infinitas. Cuando se reniega de la memoria, se es un perro, y para cazarlo sólo hay que sacar la cuenta de todas sus perrerías. Antes o después, volverá a caer en ellas.
Así te cacé yo, niño, dice Mi Negra.
Uno se afloja rebasados los cuarenta y se proyecta sobre ese tapial que separa la Vida y la NoVida. Los fantasmas que viven tras esa pared son para casi todos los mismos: la vejez y la derrota, la derrota y la vejez. El mío, caso de vivirlo, sería un futuro transparedado, agonizante, por la certeza de que pertenezco a otro siglo, de que mi mapa genético está relegado ya a los manuales de historia.
Qué cosas más raras dices, dice Mi Negra. No se te entiende na con chicle ni sin chicle. Pero no te apures. Vamos a follar, niño, pa eso está tu Negra.
Casi le triplico la edad.

10 bis-bis-bis
Oyó el motor de quinientos caballos de la máquina quitanieves. Sabía que en cosa de un par de horas Arturo Fabián se subiría al tractor y con la pala a ras de tierra recorrería los setecientos y pico de metros del camino carretero hasta la cabañuela para seguido torcer a mano derecha hacia los terrenos de su propiedad que era lo que verdaderamente le importaba. Entonces se levantó. Amor propio y apariencia de dignidad. Sabía que si Arturo no lo veía a él o al coche iba a retreparse al muro y pegar la cara al cristal de la ventana. El coche estaba bajo el portalón y Arturo no podía saber si se había ido o no antes de la Gran Nevada. Así que según oyó el ruido del motor se levantó y fue a la cocina y metió la cabeza bajo el grifo del fregadero y se secó malamente con un paño que era tan virtuoso como una tela de Tapiés y se hizo un corte profundo en la mano cuando se preparaba unas sopas de leche y cortaba aquel pan duro como las piedras y salió con su mejor cara a sentarse en el poyete frente al camino carretero para verlo venir y simular que la mala vida y el mal tiempo no podían con él.
Así se recibe, así lo recibió.


EPÍLOGO: Soplando el viento entre las ramas secas sin sombra ya de nieve sin sombra de pasado, el tractor de Arturo Fabián hermano del Albertín difunto empinado otra vez sobre la cuesta soltando nubecitas negras gasoilíticas, Mauricio Acuña repensó que Dios y Alá tenían aún una vigencia, un sentido, y se levantó y adoró por unos segundos el cielo azul que le calentaba la fiebre y le permitía soñar que algún día volvería a la cabañuela para quedarse, ya para siempre, calmo, como un buda de piedra, sin pasado sin futuro, sólo con el presente de habitar lo que ningún otro: los días y las noches de cuatro o veinte generaciones de Acuña, y la presumible propuesta del más allá: “Haznos un sitio a tu lado”.  


El camino de vacas, tan estrecho que un hombre suele tropezar si trata de seguirlo. Animales de 500 kilos lo hacen sin tropezar, cruzando las patas como las modelos de las pasarelas. Ese sendero, esa estrechura, significaba para Mau Acu la imposibilidad de desviarse: su vida estaba ya cantada.

miércoles, 19 de octubre de 2016

Nasceu en un feixe de pallas

                                                   
La mesa de los Acuña en los tiempos del bisabuelo

‘Nasceu en un feixe de pallas / … Morreu un dia calqueira / Quén sabe cómo morreu’ dicen los versos de Rosalía, y Mauricio Acuña los escuchaba en la voz de Amancio Prada y se emocionaba a morrir, sin morrir del todo, porque se había puesto una fecha de caducidad, 13 de enero, que había ya caducado nueve veces. Ocho o diez emociones intensas había en su vida: la tercera lectura de la Biblia en la versión de Casiodoro de la Reina y la primera masturbación, la segunda…, y las dos penúltimas. También algunos sordos fracasos sensacionales: la resurrección incompleta de sus hermanos Perejil y Meritorio en el final de la campaña por una muerte digna de 2002, o el acto de fe ciega en la Divinidad a lo largo y ancho de aquella noche ventosa en que no había tabique por medio entre su vigilia y los ronquidos de la esposa de su primo hermano Miguel Acuña (requeteconocida por todo quisque como La Bloguera, a secas, o como La Bloguera Rubia, por el oro de su preciada cabellera púbica), eso en la Irlanda donde las diosas celtas no se sabe todavía que roncan y ventosean como benditas hijasdelagran…madre.
Solidario y Solipsista, Mauricio Acuña podía viajar a lo largo de su tiempo pasado y requetepasado y encontrar alguna otra emoción no causada por los propios órganos o la cabeza impropiamente dividida en dos: su siamés y él, él y su siamés: alguien decía Dios es Dios o Zapatero es o Rajoy es, y el siamés añadía: Es un mierda y un maricón, y él: ¿Un Mierda?, bueno, sí, pero neutro, por algo será Dios.
La lista de Hechos o emociones impropias que hacen que uno no sea como es y mucho menos como quiere ser es la que sigue, según un orden arbitrario y temperamental:
HECHO 0: EL PÁRAMO:
Enterrado en nieblas, El Páramo subyugaba de noche a los clarividentes, profetas de un destino y un lugar sin estrellas, y, de día, a unos cuantos pobres ilusos que tanteaban el cielo en aquel fondo sin fondo. A mediados del siglo pasado los dos conos de luz de algún vehículo moderno trataban de arañar el velado camino que nunca más perseguiría el insomne bisabuelo Acuña, clavado ahora a un asiento de tres patas y a las cuatro mil y pico piedras que levantó de joven y que ya, más que viejo, habitaba a oscuras, encerrado en la cuadra, víctima de un nublado que lo retrotraía a la luminosidad paradisíaca de una isla de negros cuyas coordenadas aún recordaba de memoria: 1°25′56″S 5°38′20.58″E: Annobón.
Muerto en vida, el bisabuelo Acuña seguía oficiando de paterfamilias (Dios y Señor de sus hijos y nietos y biznietos en cuanto ponían un pie en su reducido e inculto territorio), pero consagrado sobre todo a la política del cariño y del amor: su apuesta era no llegar a merecer nunca un solo recuerdo. Bastante tenía con los suyos. Le apestaban, le hablaban de que llevaba muerto mucho tiempo.


miércoles, 12 de octubre de 2016

¿Heraldo o Hereje?



¿HERALDO O HEREJE?
                          


                       








                         1
¿Hereje o Heraldo? ¿Cuál era el mensaje y cuál el dogma?
Le había tentado. De eso hacía muchos años, cuando la herejía estaba recluida en las catacumbas y el dogma resplandecía unánime. Pero la consabida y mayor herejía en el presente era no sacrificar la honestidad y el pasado deshonesto. Y Mauricio Acuña no estaba dispuesto. Antes, la muerte.
 Y estaba en ello. Y el heraldo de la Muerte, un fracasado a lo largo de su vida, tenía dos opciones: la primera, llevar un mensajito a un par de puertas a las que mil años hacía que no había llamado ­-la de su amor de adolescencia y la del amigo cómplice y compañero en sus inicios como policía secreta-:
“Te preguntarás, querida Consuelo, quién soy a estas alturas de nuestra vida, pero fuiste mi amigo, mi cómplice, recordarás las claves de nuestra prematura vida como agentes del FBI siguiendo y persiguiendo a las niñas invioladas que muy pronto iban a dejarse violar…”
Y clica ‘enviar’.
Seguido, recapacita:
“Perdona, tía: es que no sé a quién le escribía este correo. Olvídame. Quería decirte, querido José Carlos, que fuiste mi amada durante media vida, y la pena es que hasta hoy no he conseguido metértela. Responde en cuanto hayas considerado la inocente propuesta…”
Y clica ‘enviar’.
Joer, otra vez había vuelto a confundirlo todo. Estaba o seguía espeso. Tan fuerte era el resacón, que había desayunado un café y aliviado la sequía con media docena de Mahou 5* para mantener en pie el sueño que había tenido con el amigo y la amiga de mil años ha. Vale. Que os den a los dos. Ya.
Y la segunda opción era hablar consigo mismo y postularse como un quemado y aspirar a encontrar una paz olímpica en las breñas y fragosidades y curvas y vericuetos del Puerto de la Lunada: la herrumbre de la chapa al rojo vivo en el fondo del valle, las ruedas todavía girando patas arriba, el piloto de rally un desconocido irreconocible con el carbonizado dedo medio de la mano izquierda en posición supina (¿Qué? ¿Que que os den qué?).
Les recibió con la puerta entreabierta y él ausente recogiendo las migajas del desayuno o tal vez de la cena, ya no se acordaba.
-¡Qué tal! ¿Cómo te va, Juan? Hola, Carmen.
-¡Anda –ella-, has cambiado el salón!
-Qué vais a tomar. ¿Una cerveza?, ¿un vino?
-Lo que tú –Juan-. Yo –ella- una sin, si tienes.
Carmen era enjuta de cara y tenía el talle esbelto y una melenita rubia y algún parecido difuso con la ex del amigo. También tenía dos hijas ya creciditas, y la mayor, de 14, era una gremlin capaz de basurear la vida de la pacífica e inocente madre y del futuro y bonancible padrastro. La pareja había hecho las primeras migas en los juzgados, reos de sendos divorcios algo comprometidos. Pero ¿no se conocían? ¡Coño, cómo no iban a conocerse después de trabajar cinco años en la misma oficina! Ah, se conocían. Y… ¿les toca el mismo día la resolución del divorcio? ¡Ya es casualidad! Y a partir de la casualidad, la fortuna, las chispas cada vez que se cruzan (aunque ahora algunos compañeros de oficio y oficina piensan que, como ya están divorciados, pues que se atreven, que se descaran, pero a saber desde cuándo).
¿Qué coño tendrá ella –Mauricio Acuña camino de la cocina y ya dentro de la cocina abriendo la nevera- para que mi amigo le haya propuesto el matrimonio? O había gato encerrado o no acababa de enterarse de la película.
-Tú ¿a qué te dedicas? Me dice Juan…
Mauricio Acuña le entregó la lata sin y seguido buscó un par de copas dentro de la vitrina copero.
-Mira, Carmen,…
-Es constructor –Juan intermediando y sonriendo pícaramente mientras se servía.
-¿Cómo?
-Construyo –él-. Y destruyo.
 Crist@ en estado de hibernación de M.A.
-No te entiendo.
-Tengo palitos, una montaña de palitos.
-Palitos… ¿de dientes? –una risa inocente, un intercambio de miradas con su amado.
-Más o menos. –Él: como siga por ahí, voyle a meter el palazo…
-No, Carmen –Juan-: hace esculturas con palos. Ya te contaré… Es que cuando va a la cabañuela recorre las orillas de la laguna Negra…. Cada año las mareas desentierran decenas de viejas raíces… Es que los árboles que estaban allí antes de que construyeran el pantano…
-No me entero.
-Explícaselo tú –Juan, y él levantándose y acertando a pinchar la música de Heroes de David Bowie “I will be King, And you, you will be Queen…” ¿And me?, pensó Mauricio Acuña, me follow you, my friend, I’m going to fuck her, too.
Había herejes. Como también había heraldos de un tiempo nuevo. Y el amor tenía cuatro altavoces y un buffer. Y el heraldo sólo hacía que pinchar la musiquilla que convenía a su estado de excitación (poético-amoroso o ripioso-sóbón), y el amado y la amada enloquecían, y el tiempo nuevo era un dribling de un te quiero y yo también te quiero pero yo mucho y yo mucho más y yo muuuchísimo más y… Y ya disparataban ambos porque el disco se había rayado y aquello era ya un escaparse y buscar la portería –meterla o mucho mejor que te la meterían-. ¿Es que no había portero o portera?, ¿cualquiera podía entrar allí sin que le preguntaran?, ¿ni siquiera un portero automático?  
Y, cómo no, había también desaforados heraldos de la Muerte –a veces los mismos que los del Amor y de la Vida en cuanto aparecía un aguafiestas cornudo o fracasado que ponía la música de ‘¡mecagüen el amor!’ y ‘¡mecagüen la puta vida!’, y es que el heraldo de la muerte tenía una forma de pronunciarse un poquitín tremenda e irrespetuosa, y entonces el amor y la vida se encogían un muchito y el cornudo/a o fracasado/a se hacía fuerte y trataba de meterla en las dos porterías, te jodo, amigo, porque te quiero, y a ti también, porque no te quiero, grandísima putilla de los cojonudos ovarios, o viceversa, chulo de la gran puta, capón, te voy a follar, y a ti, cariño, que te den por defender a este soplapollas, o viceviceversa, ¡anda y que os den a los dos!, y cuando el trío eran dos hembras y un macho buscaban los arreboles y puestas de sol del atlántico y, sin dudarlo, se iban a la costa da Morte y durante la comida se hacían sangre con las pinzas de la nécora y la centolla.          
Pero otras veces el amor y la vida se hacían fuertes contra la música que el entrometido quería imponer y el cuervo tristón y majadero tenía que salir por piernas. Y allí estaban los tres, amantes de un tiempo nuevo que no fue, mal aviniéndose con los órganos capitales de la pureza y la calentura.

viernes, 7 de octubre de 2016

Ocio y Nec-ocio

Mis ocios son los Interiores: Formo parte de esa masa deshumanizada e invertebrada para quienes lo interior es lo exterior: El Paisaje, en lugar de enriquecer nuestro ego, nos sirve para proyectar nuestro vacío: menos es más, y si lo interior es nulo, lo exterior pasa a ser la esencia de nuestra vida.






jueves, 6 de octubre de 2016

Autopsia de Mauricio Acuña





1

            Su nombre es Mauricio Acuña y en su antepenúltima confesión declara haber rebasado el ecuador de la vida, esa línea divisoria cuyo traspaso le inflige a uno resentirse de cualquier esfuerzo o veleidad, tanto más del disparate de una noche de vigilia completa, ajuntando papeles, y fotos, y cedés, y cualesquiera señales de su paso por este mundo, y seguido vaciarlo todo en un sacón negro de plástico con destino al basurero. También acopiando los billetes de 50 y 500 euros que, como buen hijoputa burgués, trocará por armas y bagaje con que empezar una vida nueva.
El vampiro que lleva dentro trata entretanto de arrancar a la noche los últimos destellos de lo que ha sido su vida: la complicidad de un amigo, al que llamaba ‘Mi Negro’ o ‘Campeón’ o ‘Enano’, y un amor, rabioso y estéril, al que le entraba por el culo.
Tiene mala sangre. Desde hace tres quinquenios lleva peleando por no quedarse descolgado de la modernidad. Como hombre y artista ha sido incapaz de reflejar el presente o de asumirlo. Un día colgó en la pared del salón dos cuadros prestados –un Miró y un Tapiés- y se sentó a esperar, paciente y alerta.
Las respuestas que esperaba no vinieron del cielo. El gateo torpe de una niña, la cruzada luciferina por izarse y postular sus derechos, lo conmovieron. Ella le hizo saber que ahora y siempre su vida iba a estar anclada en el siglo pasado, y, para más inri, sin haber hecho la guerra, ni la revolución, ni participar en la liberación de nada: ni mujer, ni homosexual, ni negro, ni discapacitado, ni proletario, ni mal parido…
Quince años más y estará integrado en un grupo de edad señero y mayoritario: el de los viejos. La familia, como se entendía entonces, habrá desaparecido. Todo él formará parte ya de un circuito infernal de lo hecho y dicho por generaciones.
A última hora el vampiro se bate en retirada pero quiere que le acompañe, en su viaje a Dios sabe dónde, un resto de memoria señalado. Elimina del Escritorio del PC todas las carpetas personales, menos una, ‘Eclipse’, que transfiere a una memoria lapicero. Luego la abre, hace un par de añadidos en el primer pasaje y escribe una última línea: “Soy natural de Madrid y tengo 46 años”. Le parecen dos datos incuestionables: lo ubican en un grupo de edad, una geografía y una lengua (sólo un año después, ya no era él: en la geografía de esa Irlanda extraviada a donde se mudó no iba a tener más lengua que una de señas para pedir las cervezas que cayeran en su contra). A continuación, otra línea más: “Al hombre lo que es del hombre, y a Dios…”
Se queda unos segundos en Babia, una media sonrisa, y continúa: “Contigo, Señor, tengo mucho de qué hablar… ¿Señor? La madre que te parió, Dios, no sé cómo tratarte: ¿Señor Dios?, ¿Dios Todo-Poderoso?, ¿Príncipe y Pastor del menguado rebaño espantado ante la cruzada del infiel?, ¿Ubicuo Ventrílocuo Sabedor de todas las combinaciones erróneas de la Primitiva en las me he soplado una pasta gansa?… Dios mío: hazme un sitio a tu derecha y llévame… llévame junto al seno de María de las Mercedes, el derecho, pues el izquierdo tiene el pezón vago y no erupciona como Dios manda­­… Eso, eso: muestra tu poder y levántalo y llévalo junto a mi boca y hazme feliz sentado en tu reino, pero no todo el día sentado ni a tu lado, quiero más cama que asiento, y sábanas limpias a diario porque van a correr ríos de esperma y flujos y reflujos vaginales como olas en la marea alta. Ah, por cierto: ¿a quién tienes encomendado servirme el desayuno y hacerme la cama?, no te pensarás que allá arriba voy a seguir como aquí abajo, ah, no, emplea a los recocidos pecadores del infierno, que se jodan, nosotros a gozarla y ellos como personal de servicio en un exclusivo hotel de 6 estrellas, permite incluso algún contacto entre estamentos diferentes, como el de la becaria y Clinton y la camarera y Kahn, ambos cuatro que se jodan y a joderlos, y si rechistan, doble y triple jodienda vía oral y anal y auricular, que aprendan de una puñetera vez que por toda la eternidad van a estar jodidos y ser jodidos por los buenos porque ya gozaron bastante en vida y los prota somos ahora nosotros. Ah, Dios mío: ¿se podrá ser infiel allá arriba? Yo tengo fe en que por Carnaval y Adviento -¿28 días de Viento dices para celebrar tu venida?, no es poco la verdad, pero has de saber que estos parajes donde he venido ahora a refugiarme son de un viento seco descomunal y continuo, sopla que te resopla y, claro, entretanto los lugareños también soplan de la botella que no veas, y entre el calor insano de la estufa de butano y el suyo propio se calientan y acaban todos en la cuadra que tienen dentro de la vivienda y confunden a la ternera con la cerda…, cómo decírtelo, si en tu reino el verdugo será la víctima y éste le aplicará tormentos imaginables sólo en tu Mente, imagino entonces que la cerda y la ternera se desquitarán y algunos hombres serán corridos por el campo celestial con trabucos como robles centenarios y no hay calculadora capaz hoy por hoy de cifrar el diámetro de ese escatológico orificio que contendrá tamaños arrebatos fieros y sensuales a la vez-, dígote que permitas alguna licencia por Carnaval y Adviento y Viento, o que te ausentes y mires para el otro lado, hacia el izquierdo, donde sientas a esos creyentes mediocres que medio creyeron en ti y a la vez pusieron los medios para hacer feliz a media humanidad -Stalin y Pol Pot y Bush…-, vivían una época convulsa, hijos de su tiempo, no sabían que tú los estabas observando y consintiendo todo el mal que hicieron a unos cientos de cientos de miles por el bien de la medianía. Dios mío, concédeme lo que te pido. Hágase tu Voluntad.
…Ah, una última cosilla: no me resucites como estoy ahora, ¡Dios mío, no me jodas!, concédeme la reposición de la dentadura y álzame un par de centímetros, ya sabes que en tu reino hay que estar de lo más presentable y seductor porque todo lo que hay allí es bueno, qué digo, lo mejor, ah, y ya puesto, alárgame el pene unos 4 centímetros, quita, para qué andarse corto, ponle 20, de modo que cuando esté empalmado pueda manejarlo como un florete o una cachiporra por si el servicio -el Klan y el Clin y la becaria y la camarera- se me soliviantan. Hágase Tu Voluntad”
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