martes, 27 de diciembre de 2016

La Resurrección de Beatriz





Beatriz había muerto en el otoño de 2009. Un suicidio triunfal pero sin nada de glamour, un chorreo de sangre que iba del cuarto de baño a su dormitorio. Seguro que se había mirado por última vez en el espejo y no se había gustado (aquella chusca decepción habría sido la gota que colmaba el vaso). 
Habían transcurrido once meses desde ese asesinato, tan propio de gente tierna pero descabalada que busca una miaja de paz en un mundo en guerra. Once meses. Mau Acu andaba olvidado de aquella penúltima cosecha de la parca. La muy puta le había arrebatado al ser más querido dentro de su pequeño mundo de la cabañuela, pero también, como consuelo, le había ahorrado el distanciarse de la última persona que no le despreciaba y le quería sin condiciones (era de imaginar que tarde o temprano habrían peleado y, al fin, él se habría quedado huérfano, tan sin habla, tan sin gestos humanos como un gato un perro o una vaca). Once meses para doce a falta de tres días. A los doce, al cumplirse el año, era su obligación y devoción sentarse a celebrarlo, homenajear a la difunta con una solemne borrachera cuyo inicio rememoraría el primer beso y la primera caricia, y luego se abismaría en la contemplación de su cuerpo de leche, de su boca maliciosa que cada poco vomitaba palabras obscenas ante su absoluta incredulidad. 
Once para doce a falta de tres días. Así que Mau Acu andaba distraído en su minúsculo mundo de la cabañuela, trajinando con maderas y raíces, fabricando pequeñas cajas de muerto. No lo sabía. No aún. Trabajaba a destajo, se levantaba a eso de las tres de la madrugada y ya se ponía a colocar raíces desenterradas y lavadas por las aguas de la Laguna Negra en viejas cajas de vino o brandy o cajones destartalados; colocaba uno o dos objetos que eran como destellos de vida en un mundo que seguido lo poblaba de la oscuridad retorcida de esas raíces humosas porque tenían el color de la ceniza. A media mañana solía pasearse por las anchurosas orillas para recolectar nuevas flores con que adornar esos diminutos ataúdes o panteones. Ya no leía. La fiebre de hacedor de cajas o féretros consumía todo su tiempo y sus energías. Ya no comía. Dos cafeteras según se levantaba y, a última hora, un trozo de pan entre duro y revenido acompañado de un pedazo de carne de añojo que tomaba de la cazuela con dos dedos. Apenas cinco minutos con las dos manos ocupadas mientras observaba la puesta de sol sin sol, la llovizna, la inmensidad de la laguna, las decenas de manzanas caídas sobre la hierba, redondeces cuasi blancas sobre el verde, sin memoria, sin arrepentimiento. Y volvía al trabajo, ahora de nuevo con luz artificial, ya le faltaban cajas y destellos, sólo veía la oscuridad humosa de las raíces. Ya no se conformaba con cajitas ni cajones, ya imaginaba verdaderos ataúdes. Aún no llegaba a imaginar algo más colosal: propiciar su propio enterramiento en el cuarto de trabajo ante el apagón del último destello de vida. Ya no bebía. No bebía agua. Pero sí bebía ingentes cantidades de cerveza, y, al anochecer, chupitos de un caldo aguardentoso color esmeralda, cálido y a la vez refrigerante. Ya no había luz. Ya dejó de consumir un solo vatio. Buscaba las sombras y luces de un pequeño fuego dispuesto sobre un viejo barreño de zinc. De mañana el cuarto de trabajo se llenaba de humo: aquellas viejas raíces almacenadas empezaban a respirar, y también él respiraba y tragaba humo, el pelo y la mirada tapizados de carbonilla, de filamentos fuliginosos. Veía arder carcomidas maderas, y, a menudo, se lanzaba sobre el fuego y salvaba una tablilla o una rodaja del ramón de chopo caído en la última tormenta. Los salvaba, los hacía suyos, los proyectaba en ese colosal féretro ya no cenizo, sino negrísimo, de una textura escamosa y un brillo glacial. Tres días para doce, para el año, para el aniversario y el recordatorio. Ya no meaba en la taza del baño. No perdía el tiempo ni consumía agua lavando sus orines. Salía al patio y regaba las malas hierbas. Estaba solo. No solo dentro de la cabañuela. Porque a los pocos paisanos que había kilómetros a la redonda la vida de Mau Acu les importaba una mierda. Un par de ganaderos y un mecánico y cuatro viejos a punto de cascarla. Solo dentro y fuera. Sin memoria a falta de tres días para una muerte de la que se podía consolar pensando que peor habría sido si la hubiera perdido en vida, por aquello de la pelea, de querer que nadie le quisiera. Pero que ahora, visto lo visto, le dejaba más solo, ya nunca iba a imaginar que llegaba el fin de semana y ella podía aparecer por el sendero y vocear su nombre al traspasar la verja:
-¿Mauricio, estás ahí?, ¡Mauricio, Mauricio! 
Se hizo la mañana. Ya a dos días sólo del recordatorio. Le vinieron ganas de mear. Salió al patio. Como de costumbre volvió la cabeza hacia el sendero, por ver que algún impresentable no le viera mientras se desabrochaba la bragueta. ¿El putas de Demetrio con el recibo del agua?, ¿el putas turista montado en el 4x4 a todo gas para darse el gusto de recorrer espacios invisibles? Nadie. Sólo media docena de vacas paciendo a poco menos de cien metros junto al peral, que ese año desfloró más de cien peras de peral salvaje. Mau Acu enfocó la picha a unos hierbajos ordinarios a los que a diario regaba con la orina para catapultarlos a la nada donde salieron. En cuanto las vacas oyeron… No eran vacas, sino terneras. Por eso las tenían aparte, para cebarlas y llevarlas al poco al matadero. En cuanto las terneras oyeron el chorreo, se volvieron a mirar, observaron, un segundo, dos segundos… La animalidad: despiertas y atentas al mundo de los sentidos. El pito de Mau Acu no se debía parecer ni poco ni mucho al de un toro. Descartado el enigma de aquel sonido líquido, volvieron a pacer. Todas, menos una. Esa una levantó la testuz, la irguió mirándolo de arriba abajo, no sabía si a los ojos o al pito. Aún no lo sabía. Todavía era grande la distancia. Levantó más y más la cabeza. Como reconociéndolo. A él o a su pito. Desde luego que sería un reconocimiento bastardo porque el frío y su envergadura tenían aquel pingajo en tamaño diminuto. Y la muy puta dio un paso. ¡Hostias! Y seguido meneó la testuz arriba abajo y dio otro paso. ¡Hostias! Prosiguió, ya al trote y afirmando y negando, ya su testuz arriba abajo izquierdas y derechas. ¡Hostias con la ternera loca! A dos días de. 
La puerta de la antigua bodega estaba abierta y por un momento Mau Acu observó la docena de cajas y cajones que no sabía aún que eran enterramientos o féretros. Le vino. De pronto le vino a la cabeza esa vieja idea de la transmigración de las almas, ese antiquísimo querer de no querer la muerte, ese caduco querer de querer ver renacer la vida que se ha muerto. ¿Y cuánto tardaba en parir una vaca?, ¿podía ser Beatriz esa putísima ternera que del trote había pasado al galope con la cabeza alzada y algo como…? Una vaca no sonríe. Imposible. Pero su boca se abría con una mueca horizontal mientras galopaba con desenfreno, y, orgullosa o feliz, le enseñaba las encías manchadas de hierbajos. Se le cortó el chorreo y, con la picha goteando, corrió hacia la verja a tiempo de echar el cierre. La ternera echó el frenó. Mau Acu se había arrojado a tierra temiendo la embestida. Se levantó y se guardó la picha manchada de tierra y orines mientras observaba a la ternera, aquella sonrisa, aquellos gestos de reconocimiento. ¿Qué iba a hacer?, ¿qué tenía que hacer?, y ¿qué podía hacer? Podía reconocerla mamando de sus tetillas, porque era tierna, y, cuando le llegara la erección, pues a dos manos, con una pajearse y con la otra…, sin querer saber que lo hacía con una muerta.

martes, 20 de diciembre de 2016

La Laguna Chica 


La Muerte hacía tiempo que había saldado sus deudas.
Las nuevas lagunas -lagunitas- tenían encanto y cierto empaque. Eran meros aliviaderos de La Laguna Negra, y ahí, en espacio tan chico, las muertes eran producto de la seca o de los pescadores de carpas y cangrejos. Mau Acu visitaba esos espacios y constataba la reducción de las aguas hasta límites jamás conocidos. 
A mediados de diciembre la vida ya casi se había retirado del agua: las aves viajaban hacia regiones más cálidas, y el ganado, perezoso, no tenía necesidad de recorrer más de tres kilómetros para saciar la sed: la humedad alcanzaba la cota 89% y el frío y las cuatro gotas de las últimas lluvias alimentaban las charcas que en primavera desaguaban en la laguna. 
El retiro, en su pleno sentido, estaba a punto de alcanzar la cota máxima: cielos azules que absorbían todo el calor de la tierra, y ésta escarchada de frío a lo largo de casi todo el día. Y los hombres y animales, quietos.

Carpa descomunal en la seca

Así la muerte, por asfixia, por falta de espacio vital, empezó a mostrarse a las claras.También reaparecieron los cimientos de puentes y caminos, y torres de iglesias sumergidas y nunca vistas desde hacía decenios. Mau Acu pudo entonces rescatar la empuñadura de una espada romana, una talla de arcángel con un resto de policromía, y, sobre todo, redescubrió su amor por los paseos en solitario, el fuego al aire libre, y, la cruz de la gloria, la templanza y la soberbia: "Se acabaron las contemplaciones".  


El Arcángel se desahoga



El Arcángel bajó los veinte metros de la cuesta al garaje y se desabrochó los botones del pantalón y sacó la picha y meó. Su estampa era negra, salvo el cráneo menguante y blanco vestido con sombrero también negro. Sacó la picha del ataúd y orinó por largos 30 segundos. Había una luz extraña frente a él, Había una firma dibujada en el muro frontero en lo alto de la tapia. Lo vi darse la vuelta... Reconocí al arcángel cuando observé el dibujo de su boca sonriendo:labios y dientes tan negros como la noche.

El Nacimiento compartido sin Facebook


Todo empezó… al ser engullido por la luz y el agua sucia del rebosadero.
-Ya le tengo buscado nombre -dijo el padre a Perejil, su hijo mayor y único varón-: se va a llamar como mi abuelo: Mauricio.
-Joer, papá, eso no es nuevo, lo llevas diciendo… -Y el padre dudó entre darle un cachete o quedarse mudo.
Ya la manija de la puerta giró y la hoja empezó a abanicarse. Iba a ser el sexto. Hasta ese momento su hermana gemela lo había tenido protegido y alimentado, era ella la fuerte, y de pronto sentía pánico: no quería ser la primera. Así que en lugar de buscar la puerta y adelantarse, meneó a su gemelo, sal tú el primero, y trató de sacarlo del plácido rincón de la cueva lacustre donde convivían felices.
Y cuando un resquicio de luz penetró hasta aquel fondo, ella, de espaldas a la salida, volvió a menearlo, y él, que tampoco quería salir, que no, que no no no…, y la puerta se abrió ya entera y la gemela fue succionada por la corriente de aire. Salió de culo, y los gritos de dolor de la mujer resonaron en la antesala. ¡Niña! ¡Ha sido niña! Y ya iban cinco seguidas, y el padre, que se había acercado a última hora con el hijo mayor, Perejil, se resignó:
-¡Otra niña!
-¿Otra niña? Papá, ponle Mauricia, que se joda.
Y el médico, señora, usted ha parido una ratita, no pesa ni dos kilos, pero, no se preocupe, está sana, y, dicho eso, se dio la vuelta y fue a lavarse las manos mientras el futurible Mauricio permanecía de incógnito en el fondo de la cueva. Al cabo de quince minutos la mujer ya se incorporaba, y la comadrona la ayudó y acompañó al servicio, y según se sentaba sobre la taza le vino un fuerte dolor y se le escapó un grito y él salió escupido y fue engullido por la luz y el agua del rebosadero. No había dicho ni pío. He echado algo, dijo la parturienta en estado de trance. Enseguida la comadrona la levantó y rescató del agua sucia una cosa diminuta y silente. Señora, dijo el médico de vuelta, vaya parejita, ahora un ratón, éste no pesa ni kilo y medio, ¿qué hacemos con él? Perdone, era una broma; está vivo, que ya es mucho, veremos…
-¡Un niño!, ¡un niño!
-¿Qué? –el padre de la criatura-. ¿Es mi mujer? Pero ¿no decían que era una niña?
-Papá -Perejil, que ya tenía sus ocho años y medía casi uno cincuenta y seis porque de niño se había tragado quince chupetes y todavía seguía mamando del pecho de la madre-, eso es que no se la han visto porque la tiene muy corta. Papá: un mariquita.
Y el padre al fin le dio el cachete: -¡Que te calles!
-¡Dos! –una voz desconocida-. ¡Es que han sido dos!
-Ah, bueno. Ya era hora de que hubiera otro hombre en la casa. Ah, ya le tengo buscado el nombre, Mauricio, como mi abuelo.
-Papá, joer, qué pesao. Yo le llamaría Cojoncio -y otro cachete a Perejil-. Pero, papá, míralo, no tiene ni cara, o le echa cojines o no llega a mañana.
Y ya no un cachete, una patada en el culo: -¡Vete de mi lado!
Ah, Mauricio, pensaba el padre, por fin voy a reconciliarme con el abuelo, ese misántropo al que no hay Dios que le aguante, le va a gustar, mañana mismo le envío un telegrama: “Querido Abuelo, te ha nacido otro hijo, guapo y grande y no ha dicho ni pío al nacer (de tu índole y talla, querido abuelo), así que le pongo tu nombre”. Y de pronto se oyó otro grito, ¡La niña habla! ¿Qué?, ¿qué ha dicho? “Miá… miá…” Hasta ese momento ni padre ni hijo habían hecho puto caso de la niña. ¿Que ha dicho qué? ¡Ha dicho ‘Miá…miá…’.
-No se lo creen ni ellos –Perejil.
Y tenía toda la de razón, porque la precoz oratoria nunca pudo confirmarse y en los siguientes cinco años la gemela no dijo ni miau.
Y por días barajaron ponerle de nombre ‘Miamiá’ o ‘Minina’ porque decía la enfermera (única oidora del sobrenatural balbuceo) que aquello semejaba el llanto pausado de una gatita. Pero aquello estaba prohibido por la Iglesia, y le buscaron otro nombre muy parecido elegido por la mujer: Micheline.
-¿Y eso, papá?
- Mi jefe de Cristalería Francesa, que le ha dicho a tu madre que es bonito.
-Joer, papá, ¿tú no serás gabacho?
-¡Vete!, ¡Sal de aquí, ya, ya…!
Y también estaba prohibido. Así que buscaron en el santoral del día y le pusieron Aniceta.
-Joer, papá, qué cojinetes le echas, qué maravilla. Si sale marimacho van a llamarla Ano, y si no Zeta. O Eta. Papá, tú fuiste a la Legión, eras fascista ¿no?
Y todo acabó… cuando la luz fue engullida por la oscuridad.

¿Y eso cuándo fue?, ¿cuándo iba a ser?

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Iñaqui Acuña: Final




Iñaqui Acuña celebra el final: vacía el vaso tallado sobre el tiesto de una orquídea en flor que le trae a menudo ecos de mujeresflor con el sexo desnudo y abierto y perfumado, y se sirve tres hielos y un largo chorro de ginebra MG y toma un Winston y lo prende con el Zippo y bebe un trago largo… Cerca de veinte minutos permanece reposando, un pitillo tras otro, un trago y otro trago. Luego se levanta medio mareado, va al baño y retoma la navaja con autoridad, inapelable ahora ante su imagen barbada. Hasta ahí podíamos llegar, se dice, despreciativo. Terminada la faena vuelve a cambiar el gesto: se ve la calvicie: no sé de quién habré heredado este puñetero pelo, refunfuña, no es de la familia, desde luego, parezco de clase obrera o un hospiciano años cincuenta. Crecepelo, frotación y cepillado. Un último chequeo frente al espejo lo sorprende con la caricatura de un conocido al que no veía desde hacía semanas.
Vuelve al dormitorio, alcanza una maleta mediana bajo la cama. Ni la abre. Dentro del vestidor, entre el revoltijo de ropa, elige una camisa de doble puño para usar con gemelos, un par de zapatos negros y lustrosos y unos tejanos con la raya torcida. La puta de la asistenta, maldice. Los pantalones se los pone  tumbado en la cama, no porque fuera vago, que lo es, sino por las putas piernas. Vive en un bajo y tiene hasta un ascensor privado para bajar al trastero y garaje también privados. Todo a la medida de un señorito tullido. Allá vamos, se dice. Es el coche de la hija, que está de viaje y utiliza la plaza desocupada desde el accidente. Una vez a la semana Iñaqui Acuña baja y se sienta al volante y enciende el motor. Son sólo tres o cuatro minutos para recargar la batería. Pero hoy, aun en punto muerto, pedalea, y ve curvas y rectas delante. Dale gas, Iñaqui Acuña, dale. Una curva, Iñaqui Acuña, freno, a poquitos, no, esta vez no, freno a fondo, qué más da si quemas los neumáticos, ahora una recta, la de El Páramo, kilométrica, dale gas, cuatro mil revoluciones, has cogido ya los 140, dale más gas, Iñaqui Acuña, cinco mil revoluciones, 166, un poco más de gas… Ahora abre el portón y conduce, como Dios, porque eras un mago conduciendo, hasta que la cagaste.
Como hay Dios que te ibas, que te salías. Como hay Dios que Dios estaba reconviniéndote con soplete de carburo. Dale gas, Iñaqui Acuña, plántate y dile que estás ya de vuelta y consientes que te diga lo que quiera decirte pero que no vas a cambiar de idea, que el Paraíso estuvo en El Páramo y allí los vivos no tenían ni campo santo ni copón bendito, así que, por más cielo que te pinte el capullo…, y que si se ponía tonto, ibas a gasearlo y mandarlo al infierno. Como hay Dios que te fuiste y desapareciste. Esta vez sin estrellarte. Y llegaste a El Páramo, Iñaqui Acuña, visto y no visto.