Beatriz había muerto en el otoño de 2009. Un suicidio triunfal pero sin nada de
glamour, un chorreo de sangre que iba del cuarto de baño a su dormitorio.
Seguro que se había mirado por última vez en el espejo y no se había gustado
(aquella chusca decepción habría sido la gota que colmaba el vaso).
Habían transcurrido once meses desde ese asesinato, tan propio de gente tierna pero
descabalada que busca una miaja de paz en un mundo en guerra. Once meses. Mau Acu andaba
olvidado de aquella penúltima cosecha de la parca. La muy puta le había
arrebatado al ser más querido dentro de su pequeño mundo de la cabañuela, pero
también, como consuelo, le había ahorrado el distanciarse de la última persona
que no le despreciaba y le quería sin condiciones (era de imaginar que tarde o
temprano habrían peleado y, al fin, él se habría quedado huérfano, tan sin
habla, tan sin gestos humanos como un gato un perro o una vaca). Once meses
para doce a falta de tres días. A los doce, al cumplirse el año, era su obligación y devoción sentarse a celebrarlo, homenajear a la difunta con una
solemne borrachera cuyo inicio rememoraría el primer beso y la primera caricia,
y luego se abismaría en la contemplación de su cuerpo de leche, de su boca
maliciosa que cada poco vomitaba palabras obscenas ante su absoluta
incredulidad.
Once para doce a falta de tres días. Así que Mau Acu andaba distraído
en su minúsculo mundo de la cabañuela, trajinando con maderas y raíces,
fabricando pequeñas cajas de muerto. No lo sabía. No aún. Trabajaba a destajo, se levantaba a eso de las tres de la madrugada y ya se ponía a colocar raíces
desenterradas y lavadas por las aguas de la Laguna Negra en viejas cajas de vino o
brandy o cajones destartalados; colocaba uno o dos objetos que eran como
destellos de vida en un mundo que seguido lo poblaba de la oscuridad retorcida
de esas raíces humosas porque tenían el color de la ceniza. A media mañana solía
pasearse por las anchurosas orillas para recolectar nuevas flores con que
adornar esos diminutos ataúdes o panteones. Ya no leía. La fiebre de hacedor de
cajas o féretros consumía todo su tiempo y sus energías. Ya no comía. Dos
cafeteras según se levantaba y, a última hora, un trozo de pan entre duro y
revenido acompañado de un pedazo de carne de añojo que tomaba de la cazuela con dos dedos. Apenas cinco minutos con las dos manos ocupadas mientras observaba la
puesta de sol sin sol, la llovizna, la inmensidad de la laguna, las decenas de
manzanas caídas sobre la hierba, redondeces cuasi blancas sobre el verde, sin
memoria, sin arrepentimiento. Y volvía al trabajo, ahora de nuevo con luz artificial, ya le faltaban cajas y
destellos, sólo veía la oscuridad humosa de las raíces. Ya no se conformaba con
cajitas ni cajones, ya imaginaba verdaderos ataúdes. Aún no llegaba a imaginar
algo más colosal: propiciar su propio enterramiento en el cuarto de trabajo ante
el apagón del último destello de vida. Ya no bebía. No bebía agua. Pero sí
bebía ingentes cantidades de cerveza, y, al anochecer, chupitos de un caldo
aguardentoso color esmeralda, cálido y a la vez refrigerante. Ya no había luz.
Ya dejó de consumir un solo vatio. Buscaba las sombras y luces de un pequeño
fuego dispuesto sobre un viejo barreño de zinc. De mañana el cuarto de trabajo
se llenaba de humo: aquellas viejas raíces almacenadas empezaban a respirar, y
también él respiraba y tragaba humo, el pelo y la mirada tapizados de
carbonilla, de filamentos fuliginosos. Veía arder carcomidas maderas, y, a
menudo, se lanzaba sobre el fuego y salvaba una tablilla o una rodaja del ramón
de chopo caído en la última tormenta. Los salvaba, los hacía suyos, los
proyectaba en ese colosal féretro ya no cenizo, sino negrísimo, de una textura
escamosa y un brillo glacial. Tres días para doce, para el año, para el
aniversario y el recordatorio. Ya no meaba en la taza del baño. No perdía el
tiempo ni consumía agua lavando sus orines. Salía al patio y regaba las malas
hierbas. Estaba solo. No solo dentro de la cabañuela. Porque a los pocos paisanos que
había kilómetros a la redonda la vida de Mau Acu les importaba una mierda. Un par de
ganaderos y un mecánico y cuatro viejos a punto de cascarla. Solo dentro y
fuera. Sin memoria a falta de tres días para una muerte de la que se podía
consolar pensando que peor habría sido si la hubiera perdido en vida, por
aquello de la pelea, de querer que nadie le quisiera. Pero que ahora, visto lo
visto, le dejaba más solo, ya nunca iba a imaginar que llegaba el fin de semana
y ella podía aparecer por el sendero y vocear su nombre al traspasar la verja:
-¿Mauricio, estás ahí?, ¡Mauricio, Mauricio!
Se hizo la mañana. Ya a dos días
sólo del recordatorio. Le vinieron ganas de mear. Salió al patio. Como de
costumbre volvió la cabeza hacia el sendero, por ver que algún impresentable no le
viera mientras se desabrochaba la bragueta. ¿El putas de Demetrio con el recibo
del agua?, ¿el putas turista montado en el 4x4 a todo gas para darse el gusto de recorrer espacios invisibles? Nadie. Sólo media docena de
vacas paciendo a poco menos de cien metros junto al peral, que ese año
desfloró más de cien peras de peral salvaje. Mau Acu enfocó la picha a unos hierbajos
ordinarios a los que a diario regaba con la orina para catapultarlos a la nada
donde salieron. En cuanto las vacas oyeron… No eran vacas, sino terneras. Por
eso las tenían aparte, para cebarlas y llevarlas al poco al matadero. En cuanto
las terneras oyeron el chorreo, se volvieron a mirar, observaron, un segundo,
dos segundos… La animalidad: despiertas y atentas al mundo de los sentidos. El pito de Mau Acu no se debía parecer ni poco ni mucho al de un toro. Descartado el enigma
de aquel sonido líquido, volvieron a pacer. Todas, menos una. Esa una levantó
la testuz, la irguió mirándolo de arriba abajo, no sabía si a los ojos o al pito. Aún no lo sabía.
Todavía era grande la distancia. Levantó más y más la cabeza. Como reconociéndolo. A él o a su pito. Desde luego que sería un reconocimiento
bastardo porque el frío y su envergadura tenían aquel pingajo en tamaño
diminuto. Y la muy puta dio un paso. ¡Hostias! Y seguido meneó la testuz arriba abajo y
dio otro paso. ¡Hostias! Prosiguió, ya al trote y afirmando y negando, ya su
testuz arriba abajo izquierdas y derechas. ¡Hostias con la ternera loca! A dos
días de.
La puerta de la antigua bodega estaba abierta y por un momento Mau Acu observó la docena de cajas y cajones que no sabía aún que eran enterramientos o
féretros. Le vino. De pronto le vino a la cabeza esa vieja idea de la
transmigración de las almas, ese antiquísimo querer de no querer la muerte, ese caduco querer de querer ver renacer la vida que se ha muerto. ¿Y cuánto tardaba en parir una
vaca?, ¿podía ser Beatriz esa putísima ternera que del trote había pasado al
galope con la cabeza alzada y algo como…? Una vaca no sonríe. Imposible. Pero
su boca se abría con una mueca horizontal mientras galopaba con desenfreno, y, orgullosa o feliz, le enseñaba las encías manchadas de hierbajos. Se le
cortó el chorreo y, con la picha goteando, corrió hacia la verja a tiempo de
echar el cierre. La ternera echó el frenó. Mau Acu se había arrojado a tierra temiendo la embestida. Se levantó y se guardó la picha manchada de tierra y orines mientras observaba a la
ternera, aquella sonrisa, aquellos gestos de reconocimiento. ¿Qué iba a hacer?, ¿qué tenía que hacer?, y ¿qué podía hacer? Podía reconocerla mamando de sus tetillas, porque era tierna, y,
cuando le llegara la erección, pues a dos manos, con una pajearse y con la otra…, sin querer saber que lo hacía con una
muerta.

