martes, 20 de diciembre de 2016

La Laguna Chica 


La Muerte hacía tiempo que había saldado sus deudas.
Las nuevas lagunas -lagunitas- tenían encanto y cierto empaque. Eran meros aliviaderos de La Laguna Negra, y ahí, en espacio tan chico, las muertes eran producto de la seca o de los pescadores de carpas y cangrejos. Mau Acu visitaba esos espacios y constataba la reducción de las aguas hasta límites jamás conocidos. 
A mediados de diciembre la vida ya casi se había retirado del agua: las aves viajaban hacia regiones más cálidas, y el ganado, perezoso, no tenía necesidad de recorrer más de tres kilómetros para saciar la sed: la humedad alcanzaba la cota 89% y el frío y las cuatro gotas de las últimas lluvias alimentaban las charcas que en primavera desaguaban en la laguna. 
El retiro, en su pleno sentido, estaba a punto de alcanzar la cota máxima: cielos azules que absorbían todo el calor de la tierra, y ésta escarchada de frío a lo largo de casi todo el día. Y los hombres y animales, quietos.

Carpa descomunal en la seca

Así la muerte, por asfixia, por falta de espacio vital, empezó a mostrarse a las claras.También reaparecieron los cimientos de puentes y caminos, y torres de iglesias sumergidas y nunca vistas desde hacía decenios. Mau Acu pudo entonces rescatar la empuñadura de una espada romana, una talla de arcángel con un resto de policromía, y, sobre todo, redescubrió su amor por los paseos en solitario, el fuego al aire libre, y, la cruz de la gloria, la templanza y la soberbia: "Se acabaron las contemplaciones".  


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