¿HERALDO O HEREJE?
¿Hereje o Heraldo? ¿Cuál era el mensaje y cuál el
dogma?
Le había tentado. De
eso hacía muchos años, cuando la herejía estaba recluida en las catacumbas y el
dogma resplandecía unánime. Pero la consabida y mayor herejía en el presente era
no sacrificar la honestidad y el pasado deshonesto. Y Mauricio Acuña no estaba
dispuesto. Antes, la muerte.
Y estaba en ello. Y el heraldo de la Muerte,
un fracasado a lo largo de su vida, tenía dos opciones: la primera, llevar un mensajito
a un par de puertas a las que mil años hacía que no había llamado -la de su
amor de adolescencia y la del amigo cómplice y compañero en sus inicios como
policía secreta-:
“Te preguntarás, querida Consuelo, quién
soy a estas alturas de nuestra vida, pero fuiste mi amigo, mi cómplice,
recordarás las claves de nuestra prematura vida como agentes del FBI siguiendo
y persiguiendo a las niñas invioladas que muy pronto iban a dejarse violar…”
Y clica ‘enviar’.
Seguido, recapacita:
“Perdona, tía: es que no sé a quién le
escribía este correo. Olvídame. Quería decirte, querido José Carlos, que fuiste
mi amada durante media vida, y la pena es que hasta hoy no he conseguido
metértela. Responde en cuanto hayas considerado la inocente propuesta…”
Y clica ‘enviar’.
Joer, otra vez había vuelto a confundirlo todo.
Estaba o seguía espeso. Tan fuerte era el resacón, que había desayunado un café
y aliviado la sequía con media docena de Mahou 5* para mantener en pie el sueño
que había tenido con el amigo y la amiga de mil años ha. Vale. Que os den a los
dos. Ya.
Y la segunda opción era hablar consigo mismo y
postularse como un quemado y aspirar
a encontrar una paz olímpica en las breñas y fragosidades y curvas y vericuetos
del Puerto de la Lunada: la herrumbre de la chapa al rojo vivo en el fondo del
valle, las ruedas todavía girando patas arriba, el piloto de rally un
desconocido irreconocible con el carbonizado dedo medio de la mano izquierda en
posición supina (¿Qué? ¿Que que os den qué?).
Les recibió con la puerta entreabierta y él ausente
recogiendo las migajas del desayuno o tal vez de la cena, ya no se acordaba.
-¡Qué tal! ¿Cómo te va,
Juan? Hola, Carmen.
-¡Anda –ella-, has
cambiado el salón!
-Qué vais a tomar. ¿Una
cerveza?, ¿un vino?
-Lo que tú –Juan-. Yo
–ella- una sin, si tienes.
Carmen era enjuta de
cara y tenía el talle esbelto y una melenita rubia y algún parecido difuso con
la ex del amigo. También tenía dos hijas ya creciditas, y la mayor, de 14, era
una gremlin capaz de basurear la vida de la pacífica e inocente madre y del
futuro y bonancible padrastro. La pareja había hecho las primeras migas en los
juzgados, reos de sendos divorcios algo comprometidos. Pero ¿no se conocían?
¡Coño, cómo no iban a conocerse después de trabajar cinco años en la misma
oficina! Ah, se conocían. Y… ¿les toca el mismo día la resolución del divorcio?
¡Ya es casualidad! Y a partir de la casualidad, la fortuna, las chispas cada
vez que se cruzan (aunque ahora algunos compañeros de oficio y oficina piensan
que, como ya están divorciados, pues que se atreven, que se descaran, pero a
saber desde cuándo).
¿Qué coño tendrá ella –Mauricio
Acuña camino de la cocina y ya dentro de la cocina abriendo la nevera- para que
mi amigo le haya propuesto el matrimonio? O había gato encerrado o no acababa
de enterarse de la película.
-Tú ¿a qué te dedicas?
Me dice Juan…
Mauricio Acuña le
entregó la lata sin y seguido buscó un par de copas dentro de la vitrina copero.
-Mira, Carmen,…
-Es constructor –Juan intermediando
y sonriendo pícaramente mientras se servía.
-¿Cómo?
-Construyo –él-. Y
destruyo.
-No te entiendo.
-Tengo palitos, una
montaña de palitos.
-Palitos… ¿de dientes?
–una risa inocente, un intercambio de miradas con su amado.
-Más o menos. –Él: como
siga por ahí, voyle a meter el palazo…
-No, Carmen –Juan-:
hace esculturas con palos. Ya te contaré… Es que cuando va a la cabañuela
recorre las orillas de la laguna Negra…. Cada año las mareas desentierran
decenas de viejas raíces… Es que los árboles que estaban allí antes de que
construyeran el pantano…
-No me entero.
-Explícaselo tú –Juan,
y él levantándose y acertando a pinchar la música de Heroes de David Bowie “I
will be King, And you, you will be Queen…” ¿And me?, pensó Mauricio Acuña, me follow you, my
friend, I’m going to fuck her, too.
Había herejes. Como también había heraldos de un
tiempo nuevo. Y el amor tenía cuatro altavoces y un buffer. Y el heraldo sólo
hacía que pinchar la musiquilla que convenía a su estado de excitación (poético-amoroso
o ripioso-sóbón), y el amado y la amada enloquecían, y el tiempo nuevo era un
dribling de un te quiero y yo también te quiero pero yo mucho y yo mucho más y
yo muuuchísimo más y… Y ya disparataban ambos porque el disco se había rayado y
aquello era ya un escaparse y buscar la portería –meterla o mucho mejor que te
la meterían-. ¿Es que no había portero o portera?, ¿cualquiera podía entrar
allí sin que le preguntaran?, ¿ni siquiera un portero automático?
Y, cómo no, había
también desaforados heraldos de la Muerte –a veces los mismos que los del Amor
y de la Vida en cuanto aparecía un aguafiestas cornudo o fracasado que ponía la
música de ‘¡mecagüen el amor!’ y ‘¡mecagüen la puta vida!’, y es que el heraldo
de la muerte tenía una forma de pronunciarse un poquitín tremenda e
irrespetuosa, y entonces el amor y la vida se encogían un muchito y el cornudo/a
o fracasado/a se hacía fuerte y trataba de meterla en las dos porterías, te
jodo, amigo, porque te quiero, y a ti también, porque no te quiero, grandísima
putilla de los cojonudos ovarios, o viceversa, chulo de la gran puta, capón, te
voy a follar, y a ti, cariño, que te den por defender a este soplapollas, o
viceviceversa, ¡anda y que os den a los dos!, y cuando el trío eran dos hembras
y un macho buscaban los arreboles y puestas de sol del atlántico y, sin dudarlo,
se iban a la costa da Morte y durante la comida se hacían sangre con las pinzas
de la nécora y la centolla.
Pero otras veces el
amor y la vida se hacían fuertes contra la música que el entrometido quería
imponer y el cuervo tristón y majadero tenía que salir por piernas. Y allí
estaban los tres, amantes de un tiempo nuevo que no fue, mal aviniéndose con
los órganos capitales de la pureza y la calentura.
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