La Quema del pasado carcomido
Un banco de niebla cubría la laguna
e iba ganando la pradera cuando a última hora de la tarde salieron a dar un
paseo. Mauricio sentía como un avispero en la cabeza; en apenas horas había
rescatado un buen número de imágenes antiguas: trastadas, caminatas, bailes y
planes, muchos planes para un futuro… Aquel futuro por supuesto que había
quedado estrangulado, pero su sueño de enterrar El Páramo empezaba a parecerle
un imposible. Quizás ya era lo de menos. Lo que de verdad resultaba
inconcebible era la falta absoluta de previsión de lo que estaba sucediendo.
Había contado con la posibilidad de ver a Mamerto, a Lidia tal vez, a mí,
claro, y sabía perfectamente con qué se iba a encontrar: algunas referencias al
pasado, la novedad tal vez de un marido o una mujer estupendos y algún hijo
piando por la teta o el biberón (en mi caso un divorcio al cabo de dos años de
matrimonio y una hija, a la que entregué, por supuesto sin ninguna lucha, a su
madre, feliz de volver a verme solo y con mil novias presuntas y leales). Para
ejemplo, ahí estaba Mamerto, qué nerviosismo y qué sincero, no se podía
imaginar cuánto lo había echado de menos, y lo había cogido del brazo el mismo
día en que llegó y se lo había llevado: había que celebrarlo. Durante el primer
cuarto de hora lo había estado observando, sin parar de hacerle brindis,
rellenando su copa, que dejaran allí la botella. Al final había dejado caer los
brazos a la espera de que Mauricio dijera algo, y media hora después seguía con
los brazos caídos.
Contaba con llegar a tener que ser
despiadado con el que menos culpa tenía, pero nunca con encontrarse con Bea, y
no quería ahora volverse a mirarla, a decirle que por favor le soltara la mano,
que a saber quién los podía ver. No, no quería soltar su mano, y quería volver
a escuchar su voz que le acariciaba los oídos con expresiones que pensaba
pasadas de moda, “Te quiero”, “Amor mío”, quizás sólo porque le parecía
lejanísimo el tiempo en que él las había pronunciado, o susurrado, una vez, o
quizá alguna más, y sorprenderse, un segundo y otro también, de que ella no
fuera un fantasma.
Ahora de nuevo ella le reprochaba
que fuera a su lado como quien va con un palo, ¿en qué pensaba?, habla, di, no
todo iba a ser darse besos, abrazos, y… y poco más, un reprimido es lo que era,
pero a la noche ella le iba a atar las manos, que se fuera preparando.
Llegaban a casa de los Fabianes y
Albertín apareció de pronto a la puerta de la cochera. Beatriz sintió una
opresión en el estómago. Todo había ido tan aprisa, que no había pensado
siquiera en la posibilidad de ese encuentro. Mauricio tal vez no se diera
cuenta de que ella le soltó la mano, o no quiso darse cuenta. Cruzaron un
saludo y con naturalidad siguió adelante.
Iñaqui Acuña no rebusca entre las
libretas pero abre otro paréntesis: (Nota: Alberto Fabián: Para nosotros se
trataba del hijo mayor de los Fabianes, unos advenedizos que en sólo una década
han llegado a hacerse dueños de tres cuartas partes de El Páramo. Federico, el
patriarca, ha hecho ya proposiciones a la abuela. Ya le ha ido también con
quejas: “Entre nosotros, señora Aurelia: anteayer sus nietos me tiraron la
alambrada, sí, la que coloqué junto al portillo para que el ganado no se me desmandase.”
Trabajaba catorce horas y arreglar la alambrada le iba a suponer dos horas
extras. Para nuestra conciencia impía esa maldad estaba más que justificada:
Federico nunca iba a llegar a aceptar que nosotros, unos ‘veraneantes’, tuviésemos nuestro propio punto de vista. Al
contrario que Vicente, el dueño del restaurante ‘La Cabaña’, Federico alentaba
la ruina de las cabañas y la despoblación; cuanta menos gente hubiese menos
problemas y más terreno y más ganado y más dinero. Federico estaba equivocado y
nosotros también: él era bruto, ambicioso, trabajador; nosotros, ociosos,
jugábamos a ser mayores al tiempo que soñábamos con una tierra que no sólo
alimentaba al ganado y a su dueño, sino que también era un lugar donde se
derramaba el vino y de noche palabras en torno a un fuego, más aún, un lugar al
que volveríamos un día para quedarnos, por gusto, por placer, porque era digno
y había allí algo nuestro que nos llamaba desde siempre. Pero Albertín, el
hijo, no parecía mal tipo, tampoco había que hacerle pagar la ambición de su
familia. Mostraba incluso cierta querencia por nosotros).
Yendo por la carretera Bea le preguntó si lo
había visto ya antes. La respuesta de Mauricio la tranquilizó apenas unos
instantes. Se detuvo; sin mirarle a los ojos, dijo que quería irse, al mar o a
cualquier otro sitio, no mañana, no, hoy mismo, El Páramo le iba a traer a él
recuerdos… Qué metedura de pata, que olvidara lo que había dicho. Por cierto
¿había hablado ya con Mamerto?
…Iba a hacer una semana ya que
Mauricio estaba viviendo en mi casa. Trasnochábamos y bebíamos y hablábamos.
Siempre, a última hora de la noche, Mauricio rescataba entre las sombras alguna
escena de aquel encuentro. Juntos, él y Beatriz, por el camino de la excomunión
y el rito de exhumación de la cabañuela y El Páramo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario