HECHO
9: IÑAQUI ACUÑA: TOMA PRIMERA:
Retirado de la
circulación antes de agotar sus cuarenta páginas, el álbum familiar exhibía a
modo de conclusión una foto en blanco y negro de cantos recortados. La
perspectiva era sin duda halagüeña: aquel verano del 76 tres generaciones de
los Acuña celebran y festejan. Los celebrantes posan delante del portón de la
cabaña; se llega a ver un tramo del cercado de piedra y cuatro retales de la
pradera que circunda la casa; sobre la línea quebrada de los tejados,
emborronado por la fronda de un par de hayas centenarias, asoma un cielo
inadecuado, sin una nube.
Iñaqui Acuña la compara
luego con aquella otra, cuatro años después, en que posan ante la cámara los
cinco Acuñas más jóvenes, y se recuesta en el sillón articulado, un Winston sin
encender en la mano, a ratos en la boca, para aspirar el sabor de las hebras, y
también a mano la botella de ginebra MG y la cubitera y la tónica Heritage de
Schweppes, a ratos moja los labios en el vaso y casi que logra recomponer una imagen, un mundo, que ya
le están vedados, los hielos al cabo se derriten y aquello sabe más a agua que
otra cosa y la boquilla del Winston tiene ya saliva suya y no le gusta. Pero él
pasa de casi todo: además ahora se ha vuelto a medio enamorar: fluye por sus
venas un aliento que no deja lugar a dudas: aquellos veranos, apenas mes y
medio en El Páramo, lo catapultan a la tibieza y hasta calor de una familia:
todos le apreciaban, e iba creciendo enamorado de unas primas que le querían
para confesarse y enamorado también de un futuro retiro en la cabañuela que
estaban resucitando, volviéndola verde y naranja y azul, porque había mil ojos
que la contemplaban y te daban una versión distinta.

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