martes, 15 de noviembre de 2016

IÑAQUI ACUÑA: TOMA PENÚLTIMA III





-Mañana entra el otoño –dijo-. Parece un contrasentido: mañana estaré allí, y será como si estuviera de nuevas.
Apenas una hora antes había sonado el teléfono. Era Beatriz. A ninguno de ambos le alcanzaba la sospecha de que aquel viaje a El Páramo iba a ser acaso el último (quise hablar, quise pensar en voz alta, quise que nos planteáramos en serio irnos a vivir al Caribe o a la Chimbamba… Decir: Vivir es jodido, tío. Me siento superado, soy débil. A veces he pensado en entrar en una iglesia y confesarme. Como eso no puede ser, trasnocho y bebo y de vuelta a casa echo fuera hasta la comida del día anterior. Debe de ser lo mismo. Confesar: también yo tengo noticias, tío: no tengo voluntad, a la carrera la he mandado al cuerno, me he divorciado y vivo una vida prestada, sólo mis pen-samientos son autónomos; de lo demás, parte es tuyo, hijo de puta, lo siento, te lo mereces, no se puede corregir la vida cada dos por tres y la mía y la tuya llevan camino de tener más tachaduras que renglones. No era eso. Perdona, tío: se me ha acabado el gintonic, enseguida estoy contigo… Ya. Decía que si tienes una idea clara de quién eres y de dónde vienes –Confucio-, pues entonces puedes concederte hasta la duda y pecar y ser débil por un día y levantarte y volver a caer y continuar, sin empezar desde cero cada vez. Somos muchos, el árbol no es el tronco; las ramas te dan sombra, sonido, magia; sin ellas, el tronco encallece y cosifica. Tenía razón Lidia. ¿Y qué? Pues, eso. Tenía que habar hablado, pero no había bebido lo suficiente. En lugar de eso…) pregunté:
-Y Beatriz ¿qué piensa? 
Yo sentía celos, desde luego. Pero también mucha reserva. También a mí me habían alcanzado los rumores y me preguntaba qué podría pasar si un día Mamerto hablaba o si lo hacía cualquier otro que lo quisiera comprometer. La familia ya poca importaba; la emigración había conseguido cerrar un capítulo de la vida de muchos; la ciudad los había acogido, en la ciudad había acabado por apagarse el rumor de la sangre y había nacido el culto banal a la tierra y la familia. Imposible que las cosas retornaran.
-¿Que qué piensa de lo nuestro? Buena pregunta. No tengo ni idea, la verdad. Pero es que tampoco puedo responder por mí.
Se acercó hasta la mesa, volteó la silla, se sentó y cruzó los brazos sobre el respaldo y me miró.
-Supón que te pido quedarme en tu casa un tiempo…
De pronto fue como si estuviera viendo dos imágenes superpuestas y coincidentes, la de Mauricio y la del bisabuelo; su expresión, demasiado la misma, me producía inquietud: era la de un hombre capaz de cualquier cosa -por nada, y por todo-, como si no supiera qué hacer de la vida y buscara desesperadamente algo que le llevara en una u otra dirección. (Cómo explicarlo: conocí al bisabuelo, me creo que mucho mejor que Mauricio, puesto que él apenas tuvo oportunidad de cruzar cuatro palabras en los tres días que estuvo por primera vez en El Páramo cuando tenía siete u ocho años y la Eta explosionó varios artefactos junto a su casa de Madrid, y ya nunca más; conocía al bisabuelo mejor que él y desde luego buena parte de la historia de la familia, porque mi madre, una Acuña de rango, le había contado a mi padre, que era un advenedizo en aquel mundo de Acuñas, y él, cuando bebía -porque le era necesidad, porque su mujer le superaba en todo, salvo en edad, porque la familia de ella también superaba con creces a la suya, tanto en miembros como en misterios y devociones-, cuando bebía, digo, se abismaba siempre en su mujer y el padre de su mujer y el abuelo de su mujer, era así, tenía que ser así, porque todos los veranos no salía de allí, y mi madre, sociable como era, le contaba mil chismes, porque para mi padre aquel mágico mundo de El Páramo era un extravío, una confusión y enredo tan grandes que, o pasabas o te absorbía, y mi madre le explicaba o trataba de explicarle aquellos lazos de sangre tan solidarios y hasta fraternos, y mi padre, achispado, me contaba a mí. Y una vez, una sola vez, vi al bisabuelo delante de mí, a solas, sentado a horcajadas sobre un silla de respaldo alto en la cuadra y mal respirando como si acabara de matar a alguien o fuera a cometer cualquier otra barbaridad). 
-Supón que me quedo en tu casa, que la veo los fines de semana y terminamos agotando esos encuentros idílicos. Supón que ella me pide otra cosa, otro tipo de relación, y que llegamos a pensar en vivir juntos… Supón que me lío la manta a la cabeza y acepto. Y después ¿qué?
En ese momento supe que Mauricio se debatía entre matar el deseo o perderl a Beatriz, ambas equiparables, ambas suicidas. ¿Qué futuro había? ¿Qué iba a hacer ella? ¿Romper con la familia? Y porqué: ¿por él? Y cuánto podía durar lo suyo. ¿Iba él a vivir toda la vida pegado a su culo, como un chulo? ¿Qué sabía hacer él? Si mataba el deseo, la realidad aparecía de pronto desnuda: la vida le empujaba ya en una sola dirección.
 Se levantó, se acercó hasta el balcón y quedó apoyado contra el quicio, las manos en los bolsillos, observando tal vez el cauce del río, sus orillas infestadas de juncos, el estancamiento de aquella agua que procedía en parte de la Laguna Negra.
-A veces pienso que fue ayer cuando abrí la jaula –dijo, sin volverse-. Desde entonces poco o nada tengo que contar si no quiero repetirme.
-Apostar por ‘el todo o nada’ es una locura - dije con un tono de confianza-. ¿Amigo de las medias tintas? Quizás. Una piedra de tamaño medio es para mí una pared; rechazo el esfuerzo de moverla o pasar por encima. Tú, en cambio, ni que se te ponga delante un muro, o lo tiras a la primera o te dejas la cabeza en el intento. De acuerdo, ni lo tuyo ni lo mío; lo propio sería coger una maza y darle dos o cuatro golpes ¿Qué nos iba en ello? Recuerda las palabras de Lidia y Elena: El Páramo no iba a estar esperándonos siempre. Con Bea te puede pasar lo mismo si no cambias.
De manera brusca se dio la vuelta:
-¿Cambiar? –agitaba el puño cerrado-. Esa palabra debe daros de comer a unos cuantos. Cambiar… Es fácil: sólo hay que poner la memoria a buen recaudo y vivir el día a día. Entonces claro que pasan cosas, te dejas sorprender por el chorro de agua de la fuente o por la factura del teléfono, y cambias, hasta cuatro veces al día.
-No, me refería…
-Calla. Deja que acabe. Cambiar. Sí, lo sé; te refieres a evolucionar, en un sentido personal, a la liquidación periódica de una actitud vital con fecha de caducidad, al reconocimiento de que las cosas que te afectan a los veinte son y deben ser diferentes de las que te afectan a los treinta. A los veinte te dan por el culo los atascos, los impuestos, la subida de la gasolina: no tienes coche, no tienes nada, sólo tus santos cojones para hacer tu vida o dejar de hacerla; a los treinta tienes además un piso, quizás por pagar, y una lavadora estropeada y dos críos que se te escurren hasta por debajo de la puerta. Vives en el sobresalto permanente. Un día al año, vas, vienes: cuatro paseítos por la memoria; es tú cumpleaños y eres un afortunado porque te acuerdas todavía de lo que una vez hiciste o pensaste o de la tentativa de aquel proyecto grandioso pero estúpido. El espejo te devuelve una imagen cambiada pero sólo notas que te sienta mal la chaqueta y lo primero que se te viene a la cabeza es: tengo que cambiar… Cambiar ¿qué? ¿o de qué? Te tumbas en el sofá; coges un libro, enciendes el televisor; te gusta y no te gusta lo que ves alrededor: la casa, pequeña o grande, qué más da, te faltan muebles o te sobran, siempre la verás medio vacía o medio llena; el televisor anticuado o quizás nuevo pero excesivo, alguien puede llegar a pensar que no haces otra cosa que estar frente a la pantalla…. Del libro ya no te acuerdas y lo primero que te dices es: tengo que cambiar… ¿Qué?, ¿o de qué? Mala conciencia, primo. No; ni eso es cambiar ni vas a cambiar ya nada. Has olvidado algo fundamental: un día, en un instante, en una decisión, cambiaste. Fue una desafección radical. Y a lo peor sólo cambiaste de chaqueta. A partir de ese día te puedes cambiar hasta el color de los ojos, vas a seguir siendo el mismo. Pero ¿quién?
Dejé pasar unos segundos. Me levanté, coloqué un disco sobre el plato. Volví a la mesa.
-No cambies -dije.
La luz que filtraba la pantalla parecía concentrarse en las hilachas de humo de su pitillo y en los ecos de la voz rota de Tom Waits.


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