La Poza de los Ahogados a 4 de enero de 2017
4/1/2017
Son la una y treinta y tres de la madrugada.
Hace como media hora que Mau Acu ha llegado a la cabañuela.
Ahora
mismo la temperatura en el interior del dormitorio marca 8’8 grados.
Cuando
llegó y sacó la estación meteorológica de la bolsa marcaba 16’5 grados.
Enseguida se desplomó hasta los 5’3. Ahora 8’8. Eso a pesar de que ha
conseguido arrancar la catalítica y la mantiene al máximo. Siente las
extremidades congeladas. Lleva puesto un pasamontañas y en los pies dos pares
de calcetines de lana y encima cuatro capas de abrigo: la chaqueta de pijama con
la que se levantó el día anterior, un jersey de lana, más un polar y el tres
cuartos. Estornudos, moqueos… Las ideas se le empiezan a helar. Siente
escalofríos. Pero no se va a meter en la cama. Lleva levantado desde las tres y
veinte del día anterior, y está sin desayunar, sin comer, sin cenar… El cuerpo
le pide a gritos que se tumbe y recupere. Algo de calor tampoco le vendría mal. Pero no va a
ser. Si ha llegado hasta aquí, si ha recorrido trescientos cincuenta kilómetros
de noche sin hacer una sola parada –los últimos 85 sin cruzarse con un solo
coche y sin ver un alma-, si se ha atrevido a dar este paso y hace como cuatro
horas bajó al garaje con 5 pesadas bolsas y una silla y la mochila y la maleta,
si se subió al coche y lo arrancó siendo consciente de que llevaba en el cuerpo
tan sólo el líquido espumoso de una docena de cervezas Mahou, si a veinte
kilómetros de Madrid se desvió para cargar en el pueblo de la familia de la
Dueña una montaña pesada de bártulos y herramientas, si ya entonces el cuerpo le
pedía descanso –el pie y la rodilla de la pierna derecha le dolían una
barbaridad por culpa de no sabe qué, imagina una patada a la pared del pasillo del apartamento o algo así-,
si ha llegado hasta aquí sin que un puto coche lo adelantara en todo el
recorrido hasta Burgos, si en Burgos ya se resentía de la pesada carga del viaje de
dos horas a 140 con la cabeza jugando a pares y nones, pendiente de la
carretera y a la vez dibujando el mapa de las horas anteriores y de las del
porvenir -aquello que lo ha lanzado a buscar la cabañuela como último refugio-,
si paró dos minutos en Burgos para hacer un par de llamadas, la primera a su primo
Iñaqui Acuña, que no cogió el teléfono, y lo mismo con su prima Beatriz (eran
las doce pasadas y estaba muerto de cansancio, y supuso que ellos en el primer
sueño porque quería olvidar que estaban verdaderamente muertos), si recorrió los últimos 85 kilómetros a ciento veinte por hora en una
carretera estrecha de doble sentido trazando curvas como un mago, si no volcó
ni se salió de la carretera para salvar la vida de un conejo y un zorro que se le cruzaron y quedaron pasmados
porque llevaba puestas las largas, si en el momento en que detuvo el coche frente a la verja y miró en la
pantalla del salpicadero la temperatura en el exterior marcaba -4 grados, si cuando abrió la portezuela y se bajó y se paró un momento a
observar las ramas iluminadas del viejo chopo que se entrelazaban con las del
haya y vio colgadas en ellas un rosario de luces blancas y se quedó atónito,
si tardó unos segundos en darse cuenta de que aquella serpentina de brillantes
estrellas que iluminaban la noche prendidas entre las ramas no eran las luces
de un árbol de navidad cualquiera, si ahora está aquí, sentado frente a esta puta computadora que ha tenido que reiniciar cuatro veces para que no se quedara colgada... Y sí, sin condiciones, fue entonces que
supo que había hecho el viaje de su vida, y volvió a recordar de dónde venía y
cuál era su designio.
Todo
empezó hace muchos años por un trozo de rama de eucalipto mientras las niñas y él estaban
sentados a la mesa pendientes de que la Dueña hiciera lo propio y gustaran el
guiso y mataran el hambre. Todo empezó a eso de las dos de la tarde de aquel lejano día,
cuando ella encontró ese desecho en el tacho de la basura. Encontró la Dueña
ese despojo, veinte centímetros del cabo inferior de la rama que Mau Acu había
cortado para ella el día anterior en el transcurso de un paseo por la Ruta
Foramontana de la Cantabria interior: era un despojo, seco e inservible. Y
ella, la Dueña, puso el grito en el cielo, y le maldijo, y lo tildó de inútil, dijo que se acabó, que ella lo quería todo, lo seco y lo no seco,
que quién era él para decidir qué estaba sano, y que ya estaba bien, que se fuera de casa. Era la
décimo novena vez en los últimos doce meses que ella se daba el gusto de pedirle lo mismo. Mau Acu sabía perfectamente que no se lo exigía, que era sólo una petición, una
sugerencia de quien posee todas las prerrogativas por tener un trabajo y un sueldo. Así que
estuvo esperando una hora y otra hora, y, mientras tanto, tomaba una cerveza
Mahou cinco estrellas, una tras otra, incrédulo. Y cuando al fin ella volvió a
dirigirle la palabra y lo acusó de dictador –por el pedazo de rama que había
tirado al tacho-, y seguido lo tildó de incapaz y ocioso y señorito, Mau Acu supo el camino que tenía que tomar.
Y ahora ¿qué?
Lo
propio sería despedirse. Sí: era un inútil. También un dipsómano. También era
él. Y eso ya no había quien lo cambiara. Y en cierta manera le enorgullecía
saber que todavía era él y no el rabo o cabo de la puta rama de eucalipto.
Y
ahora ¿qué?
Son las dos y
cuarenta y cinco. Media hora más, y llevará veinticuatro sin
dormir y sin comer. Apura lo que hay que apurar, el trago. El trago espumoso de la copa y el trago de la
mala vida. Son lo mismo. O se parecen una barbaridad. Hoy es 4 de enero. Mañana
cumplirá años su hija menor. Doce añitos. Mañana ni nunca estará
en el apartamento para celebrar su vida pujante, esa juventud que a ella la
adorna y a él lo trastorna.
Y
ahora, ¿qué?
Salvo
el calzado y el tres cuartos, se mete en la cama a las cuatro y media de la mañana con el
mismo vestuario. La temperatura ha descendido siete décimas: 7'9. Tarda en
dormirse. Despierta a las ocho y media. Es casi de día. La niebla desdibuja la
paramera: ni rastro de Laguna Negra. El coche está disfrazado de novia frígida
al que un manto helado de medio centímetro lo cubre de pies a cabeza. El
dispositivo exterior de la estación meteorológica marca menos ocho. Va
al baño y se refresca la cara con contadas cuatro gotas y toma la vara y coge
el camino carretero. Cuando llega a El Gallinero, único bar que ha sobrevivido
al paso de los años, se entera de que el día de Año Nuevo la temperatura mínima
alcanzó -13 grados. Mientras se toma el café con leche y abraza la taza con las
manos ateridas de frío, la patrona se entera de que en la cabañuela no hay
chimenea ni más calefacción que una catalítica del siglo antepasado. Lo mira
con cara de pena. Pensaba que el ‘señorito’ que aparece cuando quiere en Los
Altos de la Paramera y se tira cuatro o cinco días recorriendo las orillas de
la Laguna Negra o perdiéndose en el monte que cierra el valle por el este,
pensaba que ese señorito habitaba la cabañuela en mangas de camisa, con su
lumbre y su buena calefacción de gasóleo, y que por eso cuando salía a pasearse
vestía cinco y hasta seis capas de abrigo para aliviar el frío que lo asaltaba
tan pronto abría la puerta de la casa. Lo mira, incrédula, ya Mau Acu no es el
que ella pensaba que era. Ahora empieza a entender que el señorito nunca busque
conversación con los parroquianos que toman café a su lado buscando ese calor
de la complicidad de los iguales, hombres que huyen de la casa para aliviar la
carga de la soledad y compartirla con otros hombres de su misma catadura. El señorito
viene a calentarse, porque en la cabañuela entrar en la cocina que está fuera
de la vivienda y es más gélida que un pedazo de hielo supone cruzar el patio y
prepararse para lo peor: la bombona que está en el exterior a veces se queda
gélida, a veces los tres minutos de hervir el agua son un infierno. La patrona se llama Pilar y cuando Mau Acu pregunta
qué te debo se queda un instante dubitativa antes de responder hoy invita la
casa.
Y
ahora… ¿Qué?
También
en El Gallinero se ha enterado Mau Acu de que el Puerto de la Lunada ya está
permanentemente cerrado durante todo el invierno. Las avalanchas de nieve sobre
esa carretera zigzagueante y talada a
pico en la ladera con una pendiente del setenta por ciento propiciaron la
medida. Hacía ya como cuatro años que un vehículo fue arrastrado por una
avalancha y se precipitó al fondo del valle. Su dueño y único ocupante no murió
en el acto. La capa de nieve blanda lo salvó de aquella tremenda caída de casi
cien metros. El coche quedó patas arriba. Las heridas del ocupante no eran mortales. Así que, una vez que recuperó la conciencia, lo
primero que trató de hacer fue recurrir al móvil, pero lo llevaba colocado
sobre el salpicadero y después de
buscarlo y rebuscarlo no fue capaz de encontrarlo. Lo iba a matar el frío. Así
que trató de salir por la ventana de la portezuela trasera. Lo consiguió no se
sabe cómo. Y ahí se acaba todo: sin fuerzas para escalar la
pendiente, volvió a arrastrarse hasta el vehículo. Tal vez llegara a escuchar
los aullidos. Tal vez llegó a ver de frente los ojos fríos de la muerte. Las
huellas de la manada de lobos estaban frescas cuando la guardia civil acudió a
su rescate al día siguiente. Así que a Mau Acu, tanto si estaba abierto como
cerrado, se le acabaron las ganas de probar su suerte en el Puerto de la
Lunada.
Y
entonces ¿qué?
Después
de comer, dio un largo paseo por las orillas de la Laguna Negra, que de su
inmensidad había recortado tres cuartos: tres cuartos de arena desértica y un
cuarto de agua. Luego se acercó hasta la pequeña laguna de Los Ahogados. No
había agua. Ni una gota. Parecía un chiste. Se acordó de que siempre había
imaginado verla vacía y tratar de hacer memoria de los pasos que dieron los
ahogados antes de que la asfixia los precipitara al fondo. Pero estaba tan
colmatada, que ya era imposible ver los fondos trazados por la pala de las
escavadoras. Ahora era una superficie plana y verdinegra que había sido hollada
por las vacas y caballos montaraces. Pero en el margen izquierdo de la gran olla,
una diminuta charca conservaba un manto de agua oscura porque su fondo estaba
absolutamente colonizado por las plantas y no era fácil adivinar su
profundidad. La contorneó. No acababa de hacerlo cuando se detuvo. Entre las
plantas acuáticas brillaba algo. Se acercó hasta casi meter los pies en el
agua. Lo reconoció: un coche. Aquello era un coche. Los agarradores de las
puertas y el perfil de las ventanas eran plateados. Era un coche grande, alargado. De pronto supo: en el
año de… No se acordaba, claro. Pero sí recordaba los dos atracos en el mismo
día a las sucursales bancarias de dos pueblos próximos. El coche que habían
utilizado los atracadores era un Seat 131. Para aquella época era un coche
especial, grande y de un perfil aerodinámico singular. Lo recuerda, porque allá
dónde iban sus primos y él aquel verano se fijaban en la marca y modelo de los
coches. Jamás se descubrió a los atracadores ni el paradero del vehículo. Aquella
había sido la época en que Mau Acu se juntó con un par de descerebrados como él
y durante días y semanas planearon algo parecido. Dejó de verlos. Y treinta
años después, la memoria se lanzaba a la búsqueda de más pistas.
Seat 131 colonizado por plantas acuáticas en la charca
Se
había echado la noche y de nuevo empezó a estornudar y moquear. Los cristales chorreaban. Dejó el dormitorio y fue a la antigua
bodega y sacó del armario una manta y volvió y la colocó sobre la tabla de
roble que hacía de sujeta cortinas y la pinzó con cuatro pinzas de tender la
ropa. Morirse de frío era casi peor que morirse de soledad o vejez. Por los
altavoces de la computadora seguía y seguía sonando la mítica canción de Eric
Clapton ‘River of Tears’: “It’s three miles to the river… It’s four miles to my lonely room… Oh, how long I have
to running in a river of tears (¿lágrimas o mocos y escalofríos y estornudos…?)”
Entonces
Mau Acu supo que la vida a partir de los cincuenta años, la suya y la de los
demás, tenía un par de sentidos: recuperar el tiempo perdido –en plan
monumental como Proust, o bien en plan amigable y jovial convidándose cada poco
con los escasos amigos que habían sobrevivido a la plaga de la bebida y la
drogadicción y el fracaso (lo último a veces lo primero). Eso para saber quién era uno frente al espejo
desigual de los que envejecían con peor o mejor fortuna y mantenían la memoria
de los pasos y tropiezos nunca compartidos del todo. Y el segundo sentido: la capacidad
virtual de sumarse a generaciones y generaciones de hombres y mujeres que
se habían ido y ya nadie sabía de ellos.
Imposible. Del todo imposible colocarse en el pellejo de los otros. Del todo imposible no vomitar o caer de rodillas ante el escalofrío de esa virtual apariencia de lo muerto y para siempre olvidado. La verdadera agonía se sufría en el ante post morten, cuando uno estaba entero y sabía ya lo que iba a suceder en el momento en que su cuerpo apareciera comido por los lobos o medio enterrado en la nieve o destrozado en la carretera en la que volcó toda su furia y todo su anhelo.
Imposible. Del todo imposible colocarse en el pellejo de los otros. Del todo imposible no vomitar o caer de rodillas ante el escalofrío de esa virtual apariencia de lo muerto y para siempre olvidado. La verdadera agonía se sufría en el ante post morten, cuando uno estaba entero y sabía ya lo que iba a suceder en el momento en que su cuerpo apareciera comido por los lobos o medio enterrado en la nieve o destrozado en la carretera en la que volcó toda su furia y todo su anhelo.
Escribes demasiado la letra muy chica
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