jueves, 20 de octubre de 2016

Hecho 14: Mi Negra en Annobón

                


   Mau Acu renovando su suerte y el final de una vida
   Hecho Último o Último Deshecho
Mi Negra habla a sacudidas mientras me estudia. Sus conocimientos de entomología le sacan de dudas: soy un vertebrado con tendencias regresivas, propias del suborden de los insectos. Sácate el chicle de la boca, dice, últimamente no se te entiende na.
Ay, Dios: Las debilidades del hombre son infinitas. Cuando se reniega de la memoria, se es un perro, y para cazarlo sólo hay que sacar la cuenta de todas sus perrerías. Antes o después, volverá a caer en ellas.
Así te cacé yo, niño, dice Mi Negra.
Uno se afloja rebasados los cuarenta y se proyecta sobre ese tapial que separa la Vida y la NoVida. Los fantasmas que viven tras esa pared son para casi todos los mismos: la vejez y la derrota, la derrota y la vejez. El mío, caso de vivirlo, sería un futuro transparedado, agonizante, por la certeza de que pertenezco a otro siglo, de que mi mapa genético está relegado ya a los manuales de historia.
Qué cosas más raras dices, dice Mi Negra. No se te entiende na con chicle ni sin chicle. Pero no te apures. Vamos a follar, niño, pa eso está tu Negra.
Casi le triplico la edad.

10 bis-bis-bis
Oyó el motor de quinientos caballos de la máquina quitanieves. Sabía que en cosa de un par de horas Arturo Fabián se subiría al tractor y con la pala a ras de tierra recorrería los setecientos y pico de metros del camino carretero hasta la cabañuela para seguido torcer a mano derecha hacia los terrenos de su propiedad que era lo que verdaderamente le importaba. Entonces se levantó. Amor propio y apariencia de dignidad. Sabía que si Arturo no lo veía a él o al coche iba a retreparse al muro y pegar la cara al cristal de la ventana. El coche estaba bajo el portalón y Arturo no podía saber si se había ido o no antes de la Gran Nevada. Así que según oyó el ruido del motor se levantó y fue a la cocina y metió la cabeza bajo el grifo del fregadero y se secó malamente con un paño que era tan virtuoso como una tela de Tapiés y se hizo un corte profundo en la mano cuando se preparaba unas sopas de leche y cortaba aquel pan duro como las piedras y salió con su mejor cara a sentarse en el poyete frente al camino carretero para verlo venir y simular que la mala vida y el mal tiempo no podían con él.
Así se recibe, así lo recibió.


EPÍLOGO: Soplando el viento entre las ramas secas sin sombra ya de nieve sin sombra de pasado, el tractor de Arturo Fabián hermano del Albertín difunto empinado otra vez sobre la cuesta soltando nubecitas negras gasoilíticas, Mauricio Acuña repensó que Dios y Alá tenían aún una vigencia, un sentido, y se levantó y adoró por unos segundos el cielo azul que le calentaba la fiebre y le permitía soñar que algún día volvería a la cabañuela para quedarse, ya para siempre, calmo, como un buda de piedra, sin pasado sin futuro, sólo con el presente de habitar lo que ningún otro: los días y las noches de cuatro o veinte generaciones de Acuña, y la presumible propuesta del más allá: “Haznos un sitio a tu lado”.  


El camino de vacas, tan estrecho que un hombre suele tropezar si trata de seguirlo. Animales de 500 kilos lo hacen sin tropezar, cruzando las patas como las modelos de las pasarelas. Ese sendero, esa estrechura, significaba para Mau Acu la imposibilidad de desviarse: su vida estaba ya cantada.

3 comentarios:

  1. ¡Menudas gilipolleces que dices!

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    1. Joer, tío o tía, han pasado 4 años y leo ahora tu comentario. ¡Qué bueno!

      ¿Sabes si tienes padre y madre o si son de alquiler?

      Lo digo por lo putativo del reconocimiento facial tuyo.

      Abrazo

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  2. Pues estoy totalmente de acuerdo con el anterior comentarista: ¡Una gilipollez!

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